Mostrando entradas con la etiqueta experiencias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta experiencias. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de abril de 2012

ACÁ Y MÁS ALLÁ

El juicio en presencia de Osiris
Manuscrito de Tebas, Egipto.
Cerca del 1275 a.C.

Los cuentos tradicionales, en su gran mayoría, son anónimos.  Algunas veces encuentran un relator famoso, pero su origen es desconocido. 

Cuando los relatos son puestos por escrito ya han tenido una larga transmisión de boca en boca.  Fueron probados en sus enseñanzas, corregidos y adaptados a las innumerables comunidades por las que circularon. 

El siguiente cuento tiene origen en el folklore egipcio.  Por su contenido, pudo haber existido en las dinastías antiguas, que nacen alrededor del 3.100 a.C. y luego adaptarse a las distintas civilizaciones del norte de África.  Pero son suposiciones sin ninguna prueba contundente.

El relato suele ser presentado con distintos títulos.  El más adecuado es el más simple: “El hombre, su caballo y su perro”.

“Un hombre, su caballo y su perro caminaban por una calle. Después de mucho caminar, el hombre se dio cuenta de que él, su caballo y su perro habían muerto en un accidente. Es que a veces los muertos tardan un tiempo antes de darse cuenta de su nueva condición.

La caminata era muy larga, cerro arriba, el sol estaba fuerte y ellos estaban transpirados y con mucha sed. Necesitaban desesperadamente agua.

En una curva del camino divisaron un portón magnífico, todo de mármol que conducía a una plaza pavimentada con bloques de oro, en el centro de ella había una fuente de donde emanaba agua cristalina. El caminante se dirigió al hombre que en una garita custodiaba la entrada.

- Buen día, dice él.
- Buen día, respondió el hombre
- ¿Qué lugar es este tan lindo?, preguntó.
- Esto es el Cielo - fue la respuesta.
- ¡Qué bueno que llegamos al Cielo! Estamos con mucha sed - dijo el hombre.
- Puede entrar a beber agua cuando quiera - dijo el guardia, indicando la fuente.
- Mi caballo y mi perro también están sedientos.
- Lo lamento - dijo el guardia. Aquí no se permite la entrada de animales.

El hombre quedó desconcertado, pues su sed era grande. Pero él no estaba dispuesto a beber dejando a sus amigos con sed. Así que prosiguió su camino.

Después de mucho caminar cerro arriba, con la sed y el cansancio multiplicados, llegaron a un sitio cuya entrada estaba señalada por una puerta vieja semiabierta. La puerta conducía a un camino de tierra, con árboles a ambos lados haciendo sombra. A la sombra de uno de los árboles había un hombre acostado.

- Buen día - dijo el caminante.
- Buen día - dijo el hombre.
- Estamos con mucha sed yo, mi caballo y mi perro.
- Hay una fuente entre aquellas piedras - dijo el hombre. Pueden beber cuanto quieran.

El hombre, el caballo y el perro fueron hasta la fuente y saciaron su sed.

- Muchas gracias - dijo al salir.
- Vuelvan cuando quieran - dijo el hombre.
- A propósito - dijo el caminante, ¿cuál es el nombre de este lugar?
- El Cielo - respondió el hombre.
- ¿Cielo? Pero si el hombre de la garita de más abajo, al lado del portón de mármol, dijo que ese era el Cielo.
- Aquello no es el Cielo, eso es el Infierno.
- Pero entonces, dijo el caminante, esa información falsa debe causar grandes confusiones.
- De ninguna manera, respondió el hombre. En realidad, ellos nos hacen un gran favor porque allá quedan las personas que son capaces de abandonar a sus mejores amigos”.


Los dos ámbitos de la vida.

            Los elementos del cuento tienen una gran riqueza de significados.  Cada situación de este relato nos abre a inmensos espacios de sabiduría, como las dos entradas que se describen en el mismo.

El matrimonio
entre el Cielo y el Infierno

Max Ernst (alemán, 1981-1976)
            A primera vista se hacen evidentes las imágenes representativas: los caminantes, la sed, las entradas, el mármol y el oro, los árboles, los porteros.  Dominando toda la acción está el símbolo del cielo, que ha sido una inquietud constante en todas las civilizaciones.

            Resalta, en primer lugar, la continuidad entre la vida terrestre y el más allá.  Esto es permanente en las narraciones tradicionales.  Es un eco de dos expresiones del Evangelio.  Por un lado, lo que se reza en el popular Padrenuestro: “así en la tierra como en el cielo”.  Por otro, lo que repite el Maestro de Nazaret: “todo lo que aten en la tierra quedará atado en el Cielo”.

            Hay un constante fluir entre lo alto y lo bajo, entre la Tierra y el Cielo.  Por eso el protagonista del relato tarda en darse cuenta que ha pasado al más allá, insinuando que el tema de la muerte no está en el pasaje de un lado a otro, sino más bien en el modo de vivir antes de esa situación.  El ejercicio de nuestra vida, lo que se denomina “ética”, nos va a dar las capacidades necesarias para vivir en el más allá con plenitud.

            El cuento presenta en el “más allá” los dos lugares clásicos: el Infierno y el Cielo, pero con características llamativas.  Según el relato, solamente el que entra en el Cielo sabe que hay Infierno.  En cambio, el que entra en el Infierno nunca sabrá que hay otro ámbito en donde los otros pueden también saciar su sed, no le interesa más que la necesidad propia.  Es quedar sumergido en el egoísmo.

            Bajo este punto de vista, el Infierno no es un castigo tortuoso, sino una limitación.  El que allí quede ni siquiera sospechará que podría haber algo mejor.  No siente nada.

            El protagonista principal, por su lado, puede satisfacer su necesidad en unión con sus compañeros, como una imagen de la solidaridad con el universo.  El Cielo es para él un inmenso horizonte abierto, formando parte de la naturaleza plena e ilimitada.  No hay nada artificial, como paredes de mármol, o fuentes de oro, sino lo que las cosas son en su auténtica belleza. Así el hombre es plenamente hombre.


Un significado del Cielo

            El Cielo, entre sus múltiples significados, es el símbolo de un aspecto de la conciencia.  En ella, representa lo más alto de las aspiraciones humanas.  En el caso del cuento, es presentado cuando el protagonista logra saciar su sed junto a sus inseparables amigos.

            En el cuento, se nota que el más allá se define acá, en nuestra vida.  Es una invitación a traer el Cielo a la tierra.  Es abrir la conciencia a una dimensión ilimitada.
           
El Cielo está en la Tierra, cuando buscamos la plenitud de nuestro interior.  Está tan cerca nuestro que a veces no nos damos cuenta.

            La narración “El hombre, su caballo y su perro” nos permite entender mejor qué significa esta plenitud de conciencia, este Cielo que tenemos a mano.  Es muy simple: el hombre pleno es el que no abandona a sus mejores amigos.   


El árbol del paraíso
Séraphine Louis (francesa, 1864-1942)



martes, 20 de marzo de 2012

JUAN, UN NIÑO

Los cuentos se llaman infantiles cuando requieren al auditorio una actitud de niño.  Ser como niños es una plenitud del ser humano.  Es cierto que hay enfermedades, psíquicas y físicas, llamadas “infantilismos”, pero lo que requieren los cuentos está bien lejos de estas dolencias.

            En la tradición la actitud de niño tiene varias características.  Es espontánea, en tanto natural y sincera en el comportamiento y en la manera de pensar.  También es apacible, lo que significa mansa y agradable en la forma de ser y en el trato.  El pensamiento es concentrado, sin intención ni reserva mental.

            Mirando con atención, nos damos cuenta que ser como niños es una larga tarea.  Para alcanzar la plenitud es necesario conservar características naturales de la infancia, desarrollar otras que no fueron elaboradas en la etapa de formación, renovar algunas características perdidas y buscar toda la ayuda que nos puedan dar, porque la tarea es inmensa.

Gurú Nanak y seguidores.
Autor anónimo.
Punjab, India (1870)
            Jesús de Nazaret, de quien no podemos dudar de la seriedad de sus enseñanzas, que han marcado civilizaciones durante 2.000 años, dice:  "Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Evangelio de Mateo 18,3).  Y para que no nos desaliente la dificultad del camino, agrega cuál es el premio: “Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos”.

            Otro maestro, Guru Nanak (pakistaní, 1469-1539), recomendaba refiriéndose a la búsqueda del Absoluto, de la Plenitud, lo siguiente:

“Con el pensamiento no podrás conocerle,
Ni aunque cien mil veces pienses en él;
Tampoco le descubrirás por el silencio,
Ni aunque permanecieras mudo vidas enteras.

Mil destrezas podrás obtener en este mundo,
Pero sólo con un corazón de niño podrás alcanzarle.”

            Algunas de estas cosas explican la razón por la que los ancianos se llevan bien con los niños, un encuentro entre la plenitud y la fuente. 

Para el camino hacia el tiempo de la vejez tenemos, como una ayuda, los cuentos infantiles.


Desde tierra adentro.

            Los cuentos infantiles están en todos lados.  El que citamos ahora, “Juan y el gigante”, fue contado por Vera Ríos, de 48 años, en un lugar de la provincia de Misiones, Argentina, llamado Picada San Javier, Km. 26.  El testimonio fue recolectado en el año 1963 por Guillermo Perkins Hidalgo (argentino, 1902-1975), quien solía citar la siguiente frase: “Siempre hay leyendas y cuentos cerca de la cuna de los pueblos y de los niños”.

            El texto está en la segunda serie de Cuentos Folklóricos de la Argentina, de Susana Chertudi, Instituto Nacional de Antropología (1964).

“Cuando Juan era chico, vivía con su mamá, que tenía una vaca y tres bolsas de oro.

Un día, cuando su madre no estaba, apareció un viejo que le ofreció cambiar la vaca por una muda de yerba que él traía.  Juan aceptó y esperó a su madre muy contento.

La mujer se enojó mucho y lo mandó tirar la planta que no servía para nada;  pero él la plantó en una esquina de la casa.  Al otro día vieron asombrados que la planta de yerba había crecido tanto, tanto, que parecía toca el cielo.  Desde la noche de ese día la gente de los alrededores empezó a desaparecer y a la madre de Juan le robaron las bolsas de oro, una cada noche.  El muchacho, que la última noche se había quedado espiando, vio que el ladrón era un enorme gigante que después de cometer sus robos subía por la planta de yerba.  Entonces Juan subió también y se encontró con un enorme castillo.
Retrato de un niño.
Annie Swynnerton
(inglesa, 1844-1933)

Allí lo recibió la mujer del gigante, que era muy buena y prometió ayudarlo.  Mientras conversaban ella vio que volvía su marido y se escondió, loca de miedo.  El ogro pidió de comer y se acostó.  Aprovechando su sueño, Juan llevó a su casa una bolsa de oro; lo mismo hizo las dos noches siguientes.

Cuando andaba por el castillo, Juan se enteró que el gigante tenía un acordeón y un ovillo de hilo con poderes mágicos, y resolvió quitárselos; así que la cuarta noche volvió para eso: pero antes le pidió a su madre que lo esperara con un hacha al pie de la gran planta de yerba.  Cuando estaba robando las cosas, el acordeón se abrió y al sostenerlo, Juan hizo sonar unas notas que despertaron al gigante, que se levantó en seguida y al ver lo que estaba haciendo el muchacho, empezó a correrlo.  Juan tomó de la mano a la mujer del ogro y escapó también con ella.  No podía dejarla; el ogro la mataría.  Empezó a bajar por la yerba y con él, ella.  El gigante los siguió.

Entonces Juan le gritó a su madre diciéndole que cortara el tronco con el hacha.  Cuando la planta cayó, el gigante que era muy pesado no pudo sostenerse y cayó con ella desde lo alto.  Pero Juan y la mujer no se hicieron nada, porque cuando vieron que el tronco se rompía, largaron el hilo que como era mágico se sostenía solo y por él bajaron tranquilamente.

Vivieron felices muchos años los tres juntos, disfrutando del oro, del acordeón y del hilo mágico.”


Muchas resonancias.

            Al leer el cuento, surgen muchas resonancias.  Algunas tienen que ver con símbolos universales, otras con elementos locales.  En este caso, el árbol de yerba es una referencia indudable al suelo misionero, donde abunda este cultivo.  También hay una vinculación con el acordeón, si recordamos que la música litoraleña usa mucho este instrumento.

            No es posible hacer un análisis detallado, pues se perdería la intencionalidad del cuento.  Se recomienda leerlo varias veces y dejar que la propia intuición nos guíe.  Es importante tener confianza en el propio criterio, una sabiduría que de muchas maneras, conocidas e ignoradas, ha ido configurando nuestra persona.
            Veamos dos símbolos que tienen amplio alcance en el mundo: el ogro y el hilo mágico.

            Los ogros siempre recuerdan a los gigantes y a los titanes.  Tienen necesidad de ración cotidiana de carne fresca, por eso en el cuento empieza a desaparecer gente cuando crece la planta de yerba.  Es una de las características del tiempo, que pasa inexorablemente, como devorando las vidas. 

El ogro juguetón.
Jean Miró (español, 1893-1983)
            Otro aspecto negativo del ogro tiene que ver con una imagen atrofiada del padre, que no quiere que sus hijos crezcan, porque lo hace perder su omnipotencia en la familia, y no soporta la idea de repartir su poder o de renunciar a él.  Un dato interesante del cuento es el de su esposa, que decide ayudar al niño audaz, porque ella se siente aterrada ante el marido.

            Entre muchas cosas, también se puede señalar que el ogro representa los terrores del sueño.  Vive en el cielo, donde reside y duerme.  El cielo es el lugar de descanso, y también el lugar de los sueños.  Casi siempre son apacibles, pero si se despierta algún monstruo, aparece la pesadilla en forma de terror que pone a prueba nuestra valentía, o nos purifica de tensiones de la vida cuando estamos despiertos.

            De muchas maneras aparece el miedo en la vida.  Los ogros del tiempo o del poder simbolizan las amenazas que se manifiestan cuando estamos despiertos.  Pero el cuento no nos deja solamente en el susto, o en la angustia, sino intenta brindar respuestas que nos permitan salir de la situación apremiante.


El hilo salvador.

            En relatos antiguos, el hilo sirvió para salir de lugares complicados, de los laberintos en los cuales parece que nunca va a aparecer la salida.  El hilo permite que uno ingrese en esas complicaciones y pueda salir a la luz luego de una travesía por la oscuridad. 

            El hilo es la vida de cada hombre que mantiene la coherencia, que sabe de dónde viene y sigue el camino que ese hilo le indica, confiando que lo lleva a la luz.  Se dice que hemos recibido la vida, ese hilo mágico que nos guía a través del laberinto de la existencia.

            Las tejedoras saben mucho de este símbolo de la vida.  Por ejemplo, en los ponchos hilados se encuentran las señales de la creación, los símbolos de la fecundidad y de los campos cultivados.  Las tejedoras saben que el hilo de la vida nos une al centro de donde surgen todos los seres. 

            La magia del hilo es la sabiduría de entender que nuestra vida no está aislada.  Formamos parte de la inmensa manifestación de los seres, una urdimbre sorprendente.  Saberse parte de la grandeza de la vida de los seres, admirar la existencia, nos da el trasfondo necesario para las soluciones en nuestro camino.


Niña leyendo.
María Gutiérrez Blanchard (española, 1881-1932).

lunes, 20 de febrero de 2012

El loro conocedor

“Aquí estoy siguiendo las huellas de aquellos que se fueron…
Estoy caminando por la senda que dejaron aquellos que se fueron…
Sigo el rastro de sus pisadas…
Las huellas de aquellos que se fueron están aquí (…)”
Fragmento de un canto chamánico selk’nam.


Habitantes de Tierra del Fuego.

No se conoce cuándo llegaron los primeros habitantes de Tierra del Fuego.  Se piensa que hubo vida humana en la isla hace 10.000 años y quedaron aislados con la última glaciación hace 6.000 años.

Selk´nam. (1923)
Cuando los exploradores llegaron a la zona por primera vez la encontraron dividida entre cuatro tribus:  los yaganes, también llamados yámanas, de las costas del sur, individuos bajos y fuertes que vivían fundamentalmente del pescado y moluscos, buenos canoeros.  Otros, bastante más altos y relativamente hermosos, que vivían en las montañas, conocidos como los ona o también como selk´nam, en la zona isleña al norte de los yaganes, que se sustentaban de la caza.  Al oeste y este respectivamente, los alacaloof  y los aush, los primeros como los yaganes, gente de canoa, y los últimos, como los ona, una raza de cazadores, claramente emparentados con los tehuelches patagónicos.


Los selk´nam, popularmente ona.

Pintura corporal de los ona.
            ¿Cómo hablaban los selk´nam?  El lenguaje de los selk'nam era áspero, con muchos sonidos oclusivos y guturales; en este sentido era similar al de los tehuelches de Patagonia continental. Para oídos no acostumbrados, una conversación amistosa sonaba como un violento altercado.  Hoy no existen quienes hablen y practiquen el selk'nam como lengua madre; es una fortuna que la Dra. Anne Chapman (franco-norteamericana, 1922-2010) alcanzara a efectuar grabaciones de voces y cantos que pueden permitir una apreciación de esa lengua.

            Los selk'nam creían en la existencia de espíritus de los bosques, las montañas, los lagos, los animales y los hechiceros ya muertos. Aceptaban que los seres humanos tenían un ánima (que llamaban kashpi) y que había una vida post-mortem detrás de las estrellas, pero los muertos no tenían ulterior contacto con los vivos a menos que se tratara del espíritu de algún xo'on o chamán.

Selk´nam, 1923.
            Hoy la cultura y el estilo de vida tradicionales selk'nam han desaparecido. No hay quien tenga el selk'nam como lengua madre. Esta desaparición es una triste historia plagada de asesinatos, secuestros y desarraigos.


Una leyenda ona.

            Se conservan varias leyendas de los selk´nam, muy delicadas, mostrando una relación tan profunda entre la vida humana y la naturaleza, que es como si formasen una realidad continua.  La que citamos se la conoce como “Kamshout y el otoño”.

Hubo un tiempo en que las hojas del bosque eran siempre verdes. En ese entonces el joven selk’nam Kamshout partió en un largo viaje para cumplir con los ritos de iniciación de los klóketens (era una ceremonia de iniciación de la  sociedad secreta de los hombres).

El joven iniciado tardó tanto en volver que el resto del grupo lo dio por muerto.

Cuando nadie lo esperaba, Kamshout volvió completamente alterado y empezó a relatar su sorprendente incursión en un país de maravillas, más allá en el lejano norte.

Otoño en Tierra del Fuego
En ese país los bosques eran interminables y los árboles perdían sus hojas en otoño hasta parecer completamente muertos. Sin embargo, con los primeros calores de la primavera las hojas verdes volvían a salir y los árboles volvían a revivir.

Nadie creyó la historia y la gente se rió de Kamshout quien, completamente enojado, se marchó al bosque y volvió a desaparecer.

Luego de una corta incursión por el bosque, Kamshout reapareció convertido en un gran loro, con plumas verdes en su espalda y rojas en su pecho. Era otoño y Kamshout -a partir de entonces llamado Kerrhprrh por el ruido que emitía, volando de árbol en árbol fue tiñendo todas las hojas con sus plumas rojas. Así coloreadas, las hojas empezaron a caer y todo el mundo temió la muerte de los árboles. Esta vez la risa fue de Kamshout.

En la primavera las hojas volvieron a lucir su verdor, demostrando la veracidad de la aventura vivida por Kamshout.

Desde entonces los loros se reúnen en las ramas de los árboles para reírse de los seres humanos y así vengar a Kamshout, su antepasado mítico.


Verde es el despertar de la vida.

El verde es un valor medio entre el azul del cielo y el rojo infernal.  Es mediatriz entre el calor y el frío, lo alto y lo bajo, es un color tranquilizador, refrescante, humano.

Durante el invierno el ser humano descubre su soledad y su precariedad, pues la tierra que lo contiene se desnuda y se hiela.  Y en cada primavera, un nuevo manto verde vuelve a traer la esperanza, y la tierra vuelve a ser nutritiva.

La venida de la primavera, que es tibia, verde, como el hombre, se manifiesta por el derretimiento de los hielos y la caída de las lluvias que fertilizan la tierra.

Verde es el color del reino vegetal, que se reafirma con las nuevas aguas de la primavera.

Luego de la vida del hombre, hay un regreso al oasis, a la tranquilidad.  Como símbolo se dice que es el regreso al útero materno, al lugar del reposo.  Ese puerto de paz y reconstituyente también es el verde.  De aquí quedó el verde como el color de los farmacéuticos, los que elaboran los medicamentos que dan paz en la enfermedad.

La reacción de los selk´nam ante el anuncio de la extinción de lo verde fue de burla, aunque en realidad escondía una alarma, una tristeza, ante el posible final de la vida, pese a la esperanza que el héroe les daba, es decir, que finalmente todo vuelve a revivir.


Descubriendo al verde.

            El lenguaje de los símbolos no se aprende, sino que se descubre.  Es anterior a toda especulación, se lo encuentra en la realidad.  El hombre pone su inteligencia, su capacidad de observación a lo largo de generaciones, y se da cuenta de que este lenguaje simbólico abarca a todos los hombres.

            Podemos comprender el lenguaje simbólico observando el ejemplo del verde, símbolo de la vida en la naturaleza, sea que se manifieste en una planta, una piedra, o en los lugares de refugio del ser humano. 

            También lo vemos en culturas muy distintas.  San Juan, en el Apocalipsis de la Biblia, habla del trono de gracia en color verde.  Los aztecas, para curar las enfermedades del pecho, pronunciaban esta invocación: “Yo el sacerdote, yo el señor de los encantamientos, busco el dolor verde, busco el dolor leonado”.  Muchos siglos más tarde escribió Van Gogh: “He intentado expresar con el rojo y el verde las terribles pasiones humanas”.

            Es la misma inspiración que resuena en los selk´nam, los extinguidos onas, que siguen presentes con su sabiduría.

Bosque Verde
Natalia Goncharova
(franco-norteamericana, 1922-2009)

martes, 20 de diciembre de 2011

¡Que la inocencia te valga!

¿Qué te pasó, Adán?

Cuando pensamos en la inocencia perdida, nos acordamos de Adán, de su extravío y de su responsabilidad ante toda la humanidad. Después de aquella situación, nuestra vida parece instalada en la desconfianza y sin rumbo.

Es cierto que todavía reconocemos algo de esa inocencia en los niños, pero de una manera velada y transitoria.  Esto nos alivia, porque la inocencia es peligrosa, nos vuelve vulnerables, y esta condición hace que los niños queden expuestos a ser víctimas de cualquiera.  A pesar de todo, extrañamos la inocencia.

Dicen que Adán estaba muy bien el paraíso.  Se encontraba con Dios cuando quería, como amigos en el jardín. Vivía en paz con su mujer, admiraba la naturaleza y los días transcurrían tranquilos. 
El jardín de las delicias (detalle)
Jerónimo Bosch
(holandés, 1450-1516)

Un día se dio cuenta de algo que cambió su vida para siempre.  Hasta ese día, Adán conocía las cosas, las admiraba y les ponía nombre.  Si le faltaba algo, preguntaba y en seguida lo atendían.  Nadie le ocultaba nada.  En el paraíso había cosas sencillas y otras inmensas.  Adán no tenía miedo a nada, aunque siempre obraba con prudencia.  Entonces, ¿qué pasó?

Los textos sagrados cuentan los acontecimientos que ya hemos oído muchas veces.  El resultado de los mismos fue que Adán se dio cuenta de que era conocedor.  No solamente conocía las cosas, sino que tuvo conciencia que él era el que conocía a las cosas.  Sabía mucho, y al verse tan conocedor, se creyó importante. 

“Conocer que él era conocedor” lo hizo especial, distinto del resto de los seres.  Y esta conciencia de su conocimiento provocó que empezara a determinar “la verdad”, el “debería ser”, lo “mejor o peor”, lo “permitido o prohibido”.  Empezó a juzgar la realidad, a volverse un hombre de juicio.  Y sabemos, por propia experiencia, que un hombre demasiado juicioso, serio, ha perdido la alegría de la libertad.

La pérdida de la inocencia no está en saber, en conocer.  Tampoco está en saber mucho ni en aprender.  El drama está cuando creemos que nuestro saber es absoluto, que sabemos todo.  Y también el problema es grave cuando juzgamos absolutamente la realidad, decimos qué es lo bueno y qué es lo malo, y que estamos del lado de los buenos.


No se puede volver.

Ya no hay manera de recuperar la inocencia perdida.  Estamos sumergidos en el mundo de los conocedores.  Muchas veces nos pasa que entramos en discusiones sobre “quién tiene razón”.  Andamos buscando, días enteros, que es lo mejor o lo peor para nuestra vida, y para la de los demás.  Una parte de nuestra agenda diaria se determina a través de lo que está “permitido o prohibido”, sea en la vida cotidiana y más aún en la vida en sociedad.
La creación y la expulsion del Paraíso
Giovanni di Paolo
(Italiano, 1403-1482)

Si la vida humana fuese nada más que conocer y juzgar no estaría tan mal.  La dificultad está en que ese conocimiento y juicio nos lleva a hacer daño.  La violencia está arraigada en ese “saber que sé”, en ese ponerme en el centro de la escena.  La palabra “inocente” significa “el que no hace daño”.

Cuando se define una verdad de forma absoluta, cuando se divide a los seres humanos entre buenos y malos, cuando el único criterio de la acción es lo permitido o lo prohibido, entonces se instala la violencia, tanto física como psicológica.

Acá es cuando queremos volver al paraíso, pero no se puede.  Nos enojamos con Adán, pero él es solamente el hombre primordial, el hombre totalmente hombre, lo que significa que él es el símbolo de todos. No es que Adán hizo algo y luego todos los hombres pagan los platos rotos, sino que él hizo lo que nosotros hacemos.  Como un espejo, refleja lo que hacemos.

No se puede recuperar la inocencia perdida. Pero, ¿no habrá otra?


Esperanza de lo invisible.

Hay algunos que nos dicen que si obramos de tal o cual manera vamos a llegar a un nuevo paraíso.  No nos alcanza.  Esperar tiempo significa que muchos de los que hoy están vivos no lo van a experimentar.  Patear las cosas al futuro, pensando que todo va a ser cada vez mejor, es un pensamiento muy piadoso y consolador, pero no convence a nadie.

Busquemos hoy en lo invisible.  Nuestra realidad tiene siempre dos caras, lo que vemos y lo que no vemos.  Y en aquello que no vemos, hoy mismo, está ese lugar de la otra inocencia.

A lo invisible se lo reconoce con la aceptación de la condición humana como es ahora.  No se puede volver al paraíso a buscar la primera inocencia, ya está perdida.  Además, gracias a Dios, hay dos ángeles en la puerta que no nos van a dejar a entrar.
Adán
Hans Baldung Grien
(Alemán, 1484-1545)

Aceptar la condición humana como es ahora, es asombrarse.  Es mirar al sol como si fuese la primera vez, al amigo como la primera vez, es mirar las cosas de otra manera.  Es conocer espontáneamente, pero no juzgar ni calificar.

Si tenemos que juzgar, es intentar ser justo en el juicio, sabiendo que nuestra sentencia es precaria y provisoria.  Es aceptar que nuestras creencias y nuestras ideas no son definitivas ni absolutas, que siempre hay mucho más.  Tener fe es confiar que lo que nos mueve a hacer nuestras cosas es la felicidad.

La nueva inocencia está ya disponible.  No es fácil, pero ahí está, al alcance de la mano. 
Viene de lo invisible.  No hay que hacer nada.  Nace en nosotros desde un lugar invisible.  Tenemos que cuidarla en nuestro interior.  Este cuidado es la “no violencia”, una actividad inmensa.


El ejemplo del cantor.

Es una narración tomada del Matnawi, un libro con las enseñanzas de Yalal ad-Din Muhammad Rumi (persa, 1207-1273).  Nos acerca a la realidad invisible del presente.  Como muchos cuentos, la enseñanza está en las últimas palabras.  En el texto, las actitudes del protagonista tal vez se parezcan a las nuestras.

EL VIEJO MUSICO

En tiempos del califa Omar, había un viejo músico que amenizaba las reuniones de hombres de buen gusto. Con su hermosa voz, incluso al ruiseñor embriagaba. 

Pero pasaba el tiempo y el halcón de su alma se transformaba en mosquito. Su espalda se curvaba como la pared de una cántara. Su voz, que en otros tiempos acariciaba las almas, empezaba a arañarlas y a aburrir a todo el mundo. ¿Hay en esta tierra alguna mujer hermosa que no haya sufrido al deteriorarse su belleza?¿Hay algún techo que no haya terminado por venirse abajo?

Así cayó nuestro hombre en la penuria y hasta el pan llegó a faltarle. Un día, dijo:

"¡Oh, Señor! Me has concedido una larga vida y me has colmado de tus favores. Durante setenta años, no he dejado de rebelarme contra ti, pero tú siempre me has ofrecido con qué subsistir. Hoy, ya no gano nada y soy huésped tuyo. Por tanto, cantaré y lloraré por ti."

Tomó el camino del cementerio. Allí tocó el laúd y cantó, vertiendo amargas lágrimas. Luego, el sueño se apoderó de él y, tomando su instrumento como almohada, se durmió. Su cuerpo quedó liberado de las vicisitudes de este mundo. Era tan feliz en su sueño que se decía:

"¡Ah! ¡Si pudiera quedarme aquí eternamente!"

Pues bien, en aquel mismo instante, el sueño se apoderó también de Omar, el califa del Islam, que se dijo:

"No es desde luego hora de dormir, pero acaso haya una razón para esto."

Entonces, una voz de lo Desconocido se dirigió a él y le dijo:

"¡Oh, Omar! ¡Ve a socorrer a uno de mis servidores! Ese pobre está en este momento en el cementerio. Ve a darle setecientos dinares. Y dile que recobre el reposo del corazón. Ruégale que acepte esta suma y que vuelva a verte cuando se haya agotado."

Al despertar, Omar puso la suma indicada en una bolsa y se trasladó al cementerio. Al no encontrar allí sino a un anciano dormido, se dijo:

"Dios me ha hablado de un hombre puro, de un elegido. No puede ser este viejo músico."

Y, como un león cazando, dio varias veces la vuelta al cementerio. Viendo que no había nadie, aparte el anciano, se dijo:

"Hay corazones iluminados en los más olvidados rincones."

Se acercó al músico y tosió para despertarlo.

El músico, al ver ante él al califa del Islam, quedó atemorizado y se puso a temblar pero Omar le dijo:

"¡Oh, anciano! No tengas miedo. Te traigo una buena noticia de parte de Dios. Él te ha considerado digno de sus favores. Aquí hay algún dinero. Gástalo y vuelve a verme."

A estas palabras, el anciano se puso a llorar y, tirando su instrumento al suelo, lo rompió diciendo:

"¡Tú eras el velo entre Dios y yo!"

Omar le dijo:

"Son tus lágrimas las que te han despertado. Es bueno recordar el pasado. Pero para ti, en adelante, el pasado y el futuro son velos. Tú te has arrepentido de tu pasado y debes ahora arrepentirte de tu arrepentimiento."

El viejo jardinero
Paul Cézanne (francés, 1839-1906)

domingo, 30 de octubre de 2011

BUSCANDO AYUDA

Nadie sabe el origen de los cuentos, quién los inventó o en qué lugar nacieron.   Seguramente fueron atesorados porque a quienes los escucharon las primeras veces, les produjo algún deslumbramiento, o les ayudó a entender algo de las propias vidas.

Formaban parte de tradiciones, o eran conservados en pequeños círculos para formación y entretenimiento. Es probable que fueran relatos orales durante largos siglos.  Hasta que alguna vez, un cronista o un escriba, los anotaran en algún lado. 

Con pequeños detalles o algunas palabras fueron alcanzando su actual configuración.  Algunos nacieron en lugares remotos, por lo que pasaron por varias traducciones hasta llegar a nuestra lengua.  Y cada traducción es necesariamente una interpretación.

Respetar los cuentos no es solamente venerar su vejez, sino alimentarse de su vitalidad.  . 

Bebamos la frescura y el vigor del cuento que presentamos.  Está tomado de la tradición budista zen, de una selección realizada por el arqueólogo Guido Tavani (1938-2003).


La moneda de oro.

En cierta oportunidad, un joven acudió a un Maestro a causa de un profundo descontento consigo mismo producto de las burlas y censuras que sus vecinos de la aldea no cesaban de proferirle.

-  Maestro, dijo el joven -,he venido a solicitar su ayuda porque en mi aldea, todos dicen que soy torpe y débil, y que no tengo fuerzas ni valor para emprender nada. ¿Cómo puedo mejorarme a mí mismo? ¿Qué puedo hacer para obtener la estima de los que me desprecian por mi condición?
El leñador
Casimir Malévich
 (ruso, 1878-1935)

El maestro, que se encontraba cargando leña, le dijo sin mirarlo:

-  Ah… cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, primero debo resolver el grave problema que me aqueja. Y una vez que lo resuelva, tal vez… pueda hacer algo por ti.

El Maestro permaneció en silencio algunos segundos y agregó:

-  Mira, si acaso me ayudas tú a mí a resolver mi problema ahora mismo, después tal vez pueda ayudarte a resolver el tuyo.

La respuesta inopinada del Maestro desconcertó al joven quien creyó escuchar en aquel extraño pedido los ecos del mismo desprecio que suscitaba en su aldea.  Vaciló en la respuesta y dijo con un tono resignado y algo renuente:

-  Sí… sí… claro… puedo ayudarlo… si usted me lo pide…

-Bien, muchacho.

Inmediatamente el Maestro se quitó un anillo que llevaba en su mano izquierda y se lo entregó al joven con la siguiente recomendación:

-  Toma mi caballo, dirígete rápidamente al mercado y procura venderlo hoy mismo pues debo honrar una deuda que ya no admite más tardanza.  Mi acreedor es un ser despiadado y cruel y está dispuesto a tomar mi casa en pago de lo que debo.  Deberás obtener por el anillo una moneda de oro y así podré pagar mi deuda.  Recuerda que no debes aceptar menos de una moneda de oro.  Ahora vete, y regresa lo más rápido que puedas con aquella moneda y así me ayudará a librarme de mi indigno acreedor.

El joven tomó el anillo y partió rápidamente hacia el pueblo.

Tan pronto como llegó al mercado, comenzó a ofrecer el anillo a los mercaderes.  Allí se topó primero con un tendero quien inspeccionó el anillo con algún interés y mientras lo examinaba le preguntó:

-  ¿Cuánto quieres por él?

-  Una moneda de oro.

-  ¿¿Una moneda de oro??, preguntó azorado el tendero.
-  Imposible, muchacho, apenas puedo darte tres monedas de plata, y si regresas más tarde, tal vez ni siquiera pueda darte dos monedas.  Mi oferta es ésta: tres monedas de plata ahora mismo.

El joven pudo advertir que no le sería fácil conseguir la moneda exigida por el Maestro.  En cada tienda que reparaba obtenía los mismos resultados hasta que un anciano viendo al desafortunado joven ofrecer sin éxito su mercancía le dijo:

-  Mira, muchacho, una moneda de oro es una paga excesiva por un simple anillo, y con ella se podrían comprar cientos como el que tú tienes.  Trata de ofrecer tu anillo a los que visitan el mercado, ningún tendero va a ofrecerte lo que pides, ya los conoces.

El joven que vio muy razonable el consejo del anciano, comienza a ofrecerlo a los transeúntes, pero la oferta no lograba mejorar sustancialmente.  De pronto, alguien que acertaba a pasar por allí vestido con lujosas ropas y secundado por un pequeño séquito, viendo que el joven ofrecía un anillo, se detiene frente a éste y envía a uno de sus sirvientes.  Súbitamente y sin perder el tiempo, el joven se dirige al elegante señor y le ofrece el anillo quien lo examina con cierto desdén y le pregunta:

-  ¿Cuánto quieres por él?

-  Una moneda de oro, señor.

-  Es mucho dinero por este anillo.  Puedo darte quince monedas de plata y dos vasijas de cobre.

Pero la oferta del poderoso señor no podía ser aceptada.  Así, el joven continuó ofreciendo el anillo del Maestro a los cientos de transeúntes que pasaban por allí, ya fueran éstos humildes o ricos, sin que nadie pudiera pagar por él más que unas cuantas monedas de plata o cambiarlo por algunos enseres viejos e inútiles.

Su corazón se había llenado de congoja y de pesar, y una vez más había fracasado en su empresa.  Regresó a la casa del Maestro con su alforja vacía y con el anillo en su dedo.

El maestro que lo aguardaba expectante le preguntó:

-  ¿Traes la moneda de oro contigo?

-  No, respondió el joven, he fracasado, no he podido obtener lo que me pediste.  Lo he ofrecido en todas las tiendas y aún a todos los transeúntes, y la máxima paga que se puede obtener por su anillo no supera las quince monedas de plata.  Pero nadie parece engañarse respecto del verdadero valor de este anillo.

El momento de Iluminación 
del Sexto Partriarca Zen
Kano Tan´yu (Japonés, 1602-1674)
-  Acabas de decir algo muy importante, dijo el Maestro mientras sonreía.  -  Antes de fijarle un precio, debemos saber primero el verdadero valor del anillo.  Regresa al pueblo y ve a la tienda del joyero Ling a quien conozco desde hace muchos años.  ¿Quién mejor que él para tasarlo en su verdadero valor?  Dile que quieres vender el anillo y pregúntale cuanto te ofrece por él.  Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas.  Vuelve aquí con mi anillo, evaluaré su oferta y tomaré luego la decisión.

El joven se dirigió nuevamente al pueblo llevando el anillo en su mano, pero esta vez, confiando que obtendría, por fin, lo que el Maestro le había pedido.

El joyero tomó el anillo entre sus manos, lo examinó detenidamente a la luz del candil, lo inspeccionó con su lupa y lo pesó.  Durante algunos tensos segundos permaneció en silencio y mientras miraba directamente a los ojos encendidos del muchacho, le dijo con un gesto de desaprobación:

-  Dile al Maestro que no puedo ofrecerle más que 60 monedas de oro por su anillo.

-  ¡¿¿ 60 monedas de oro??!, exclamó sorprendido el joven que apenas pudo contenerse.

-  Así es, -replicó el joyero-  Si el Maestro puede aguardar un tiempo, podríamos obtener hasta unas ochenta monedas, pero, si la venta le urge, todo lo que puedo ofrecer ahora son 60 monedas de oro.

El joven, visiblemente perturbado por la oferta del joyero, montó el caballo y obligándolo a un sostenido galope se dirigió a la casa del Maestro con su alforja colmada ahora por la buena nueva.  Se diría que un dios le había infundido velocidad divina a ese jinete.  Sin poder esperar a descender del caballo y voceando eufórico repetidas veces: ¡¡Maestro!! ¡¡Maestro!!, lo puso al corriente de los hechos.

-  ¡Su anillo vale más de sesenta monedas de oro!

-  Ven, muchacho, desciende, deja que el exhausto caballo recupere sus fuerzas y escúchame:

-  Tú eres como este anillo; una joya valiosa y única.  Y como tal, tu tesoro sólo puede ser evaluado y apreciado por un experto.  ¿Por qué pretendes exponerlo ante los necios que sólo pueden ver el barro en el oro y el oro en el barro?

Y tan pronto como terminó de decir esto, le pidió el anillo y volvió a colocárselo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

-  Regresa ahora a tu aldea, muchacho.

Blanco con cuatro caras.
Jasper Johns (estadounidense, n. en 1930)

lunes, 24 de octubre de 2011

Circunstancias de la edad


Dijo Jesús: “No se inquieten
por el día de mañana;
el mañana se inquietará por sí mismo.
A cada día le basta su aflicción”.
Evangelio según San Mateo, capitulo 6, versículo 34.


Cada vida humana es incomparable.  Tiene una cantidad tal de pensamientos, acciones, búsquedas, hallazgos y pérdidas, que hacen imposible trazar una síntesis que pueda abarcar muchas personas. 

Las tres edades del hombre.
Giorgio Barbarelli da Castelfranco, Giorgione
(italiano, 1477-1510)
La tradición respeta esta riqueza, y no deja de proponer caminos para comprender más este tesoro de vida.  Entre las propuestas que ha hecho sobre la vida humana están las clasificaciones según las circunstancias de la edad.  Las vidas son todas distintas, pero las etapas que recorren las personas presentan circunstancias parecidas, con sus ventajas y sus desafíos generales.

La experiencia cotidiana nos habla de cuatro etapas: infancia, juventud, madurez, ancianidad.  A veces se han relacionado estos períodos con las estaciones del año: primavera, verano, otoño e invierno.  También se han marcado vinculaciones con los humores corporales: sangre, bilis amarilla, bilis negra, flema.  Estos humores fueron clasificados por Hipócrates (griego, 460 a.C.-370 a.C.) y posteriormente utilizados por Galeno (griego, 130 d.C-200 d.C.) en sus propuestas médicas.

En la tradición también se proponen sistematizaciones más complejas, como las que relacionan las edades de la vida con los planetas del sistema solar, hasta las modernas clasificaciones de la evolución psicosocial del ser humano, propuesta por Erik Ericsson (estadounidense de origen alemán, 1902-1994).


Hace mucho tiempo.

La Biblia ha marcado la historia de Occidente hasta nuestros días.  Estas Sagradas Escrituras fueron atesoradas por el pueblo de Israel, quienes las estudiaron con detenimiento y generaron unos de los sistemas más antiguos de enseñanza popular sistemática.

El Talmud es un texto de la tradición judía que contiene comentarios a los textos bíblicos, especialmente a la Ley (Torá), unidos a los comentarios jurídicos de los primeros siglos del judaísmo (Mishná).

Sorprende la cantidad de temas que son abordados y la sabiduría con que los expone.  Junto a un sentido delicado de humanidad presenta, cuando la circunstancia lo permite, un fino humor.

Se pueden citar muchos textos.  En el siguiente se toma la vida del rey Salomón, a quién se atribuye una gran sabiduría y el haber escrito varios libros de la Biblia.

Tres obras – Tres edades.

Dijo Rabí Ionatán:
Salomón escribió primero el Cantar de los Cantares, luego Proverbios y al final Eclesiastés.
(El Cantar es libro de amor y dulzura, corazón, sentimiento, pasión.
Proverbios es un libro de meditada y fría sabiduría.
Eclesiastés es un libro triste, desesperado, pesimista.
Se plantea la pregunta: ¿cómo tres libros tan disímiles, incluso contradictorios entre sí, pudieron salir de una misma pluma?).
Cuando el hombre es joven – canta al amor.
Cuando es maduro – extrae axiomas de sabiduría.
Cuando es viejo – piensa que nada tiene sentido.
(Tres libros que corresponden a tres edades de Salomón).

Otro texto nos presenta una visión más completa, siguiendo las costumbres judías en los primeros años de infancia y juventud. 

Las edades del hombre.

A los cinco años hay que comenzar a estudiar la Biblia.
A los diez años – la Mishná.
A los trece es el bar mitzvá (el joven se vuelve responsable por el cumplimiento de los preceptos).
A los quince – estudiar el Talmud.
A los dieciocho hay que casarse.
A los veinte – se tiende a gozar de los placeres del mundo.
A los treinta, es la plenitud.
A los cuarenta, madurez del entendimiento.
A los cincuenta, la reflexión.
A los sesenta, comienza la vejez.
A los setenta, cabellos grises.
A los ochenta, la fuerza (del dominio de sí mismo).
A los noventa, se encorva.

En una primera mirada, los temas religiosos marcan la infancia y la juventud, mientras que el resto de la vida es aplicable a cualquier cultura.


A nuestro gusto.

William Shakespeare (inglés, 1564-1616) escribió, entre muchas obras, una comedia titulada As you like it (normalmente traducida Como gustéis), cuando estaba en el medio de su producción literaria.  Se presenta una sencilla historia pastoril, con todas las características del género.

Un personaje melancólico, secretario de un duque poderoso de la obra, expone en un soliloquio, lo que el autor consideraba las edades de la vida (Acto II, escena VII).  Algunos ven en Jaques, al mismo Shakespeare hablándonos desde el escenario.

El mundo es un gran teatro,
y los hombres y mujeres son actores.
Jacques, de "As you like it".
Robert Smirke (inglés, 1752-1845)
Todos hacen sus entradas y sus mutis
y diversos papeles en su vida.
Los actos, siete edades. Primero, la criatura,
hipando y vomitando en brazos de su ama.
Después, el chiquillo quejumbroso que, a desgano,
con cartera y radiante cara matinal,
cual caracol se arrastra hacia la escuela.
Después, el amante, suspirando como un horno
y componiendo baladas dolientes
a la ceja de su amada. Y el soldado,
con bigotes de felino y pasmosos juramentos,
celoso de su honra, vehemente y peleón,
buscando la burbuja de la fama
hasta en la boca del cañón. Y el juez,
que, con su oronda panza llena de capones,
ojos graves y barba recortada,
sabios aforismos y citas consabidas,
hace su papel. La sexta edad nos trae
al viejo enflaquecido en zapatillas,
lentes en las napias y bolsa al costado;
con calzas juveniles bien guardadas, anchísimas
para tan huesudas zancas; y su gran voz
varonil, que vuelve a sonar aniñada,
le pita y silba al hablar. La escena final
de tan singular y variada historia
es la segunda niñez y el olvido total,
sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada.

La obra completa presenta la vida tal como los espectadores desearían, de allí el título que muestra la intención de Shakespeare. Si bien presenta el final de la vida de un modo triste, tal como muchas tradiciones lo manifiestan, hay en toda la comedia una mirada llena de humor y de confianza en el hombre sencillo, en su capacidad de amor, y su alianza con la naturaleza.


Una sátira.
 
Algunos consideran a Francisco de Quevedo (español, 1580-1645) como el maestro de la sátira, dentro de una filosofía pesimista. Su obra literaria es numerosa, y se destaca por el dominio del idioma. 

Junto a una obra poética, también hay obra narrativa y dramática, como varios escritos políticos.  Su mirada sobre la vida del hombre responde a su modo de pensar.  El siguiente soneto muestra su mordacidad y burla.


PRONUNCIA CON SUS NOMBRES LOS TRASTOS
Y MISERIAS DE LA VIDA

La vida empieza en lágrimas y caca,
luego viene la mu, con mama y coco,
síguense las viruelas, baba y moco,
y luego llega el trompo y la matraca.

En creciendo, la amiga y la sonsaca:
con ella embiste el apetito loco;
en subiendo a mancebo, todo es poco,
y después la intención peca en bellaca.

Llega a ser hombre, y todo lo trabuca;
soltero sigue toda perendeca;
casado se convierte en mala cuca.

Viejo encanece, arrúgase y se seca;
llega la muerte, y todo lo bazuca,
y lo que deja paga, y lo que peca.

Hay palabras en el poema que eran muy vulgares en la época de Quevedo pero, bien utilizadas como en este caso, nos llevan a una reflexión sobre el ser humano y su destino, sin perder la jocosidad.  La sátira, como género, tiene la virtud de burlarse de algunas cosas menos importantes, para que cada uno busque lo más valioso de la propia vida.  Es una forma de dar libertad, de no imponer.


Naturaleza y presente.

Los ciclos de la vida humana nos muestran que estamos vinculados a la naturaleza, y que compartimos el destino de todas las cosas.  Vemos reflejadas nuestras circunstancias en nuestro entorno y en lo que sabemos del universo. 

Hay corrientes de pensamiento más optimistas que otras, pero ninguna de ellas deja de resaltar la interrelación del hombre con el mundo.  El ciclo de la vida humana es nuestra medida personal del ciclo de todas las cosas.

La impresión es que todo se mueve, nada está quieto en el mismo lugar.  Los días se suceden sin que vuelvan a repetirse jamás.  Cada fecha es única.  Este continuo cambio nos lleva a buscar cuál es el punto fijo desde el cual nos damos cuenta que todo está en movimiento. Necesitamos una referencia que, casi sin pensarlo, nos muestre la situación.

Lo que está fijo es lo que somos, nuestro presente.  Lo que es ahora, lo que vivimos en este momento, es como la puerta de entrada al continuo presente.  Es prestar atención al adverbio “ahora”, a lo que soy y a lo que es el universo en ese preciso instante, a lo que es el entramado de lo existente ya.

Un filósofo Arthur Schopenhauer (alemán, 1788-1860), en su libro de sentencias y escritos sueltos, llamado Parerga y Paralipómena, dice:

“En todo el transcurso de nuestra vida, no poseemos sino el presente y nada más.  La única diferencia está en que, al principio, vemos un largo porvenir ante nosotros y, hacia el fin, un largo pasado detrás; en segundo lugar, en que nuestro temperamento, pero jamás nuestro carácter, recorre una serie de modificaciones conocidas, que dan cada una un tinte diferente al presente”.

En el presente está todo lo que somos en vinculación con todo lo que es, desde lo más sutil hasta lo más concreto.  Lo que no podemos hacer es guardarlo como una posesión, porque pasa. 

La sabiduría de la tradición nos dice que vivamos el presente, que lo disfrutemos.  En esa entrega al tiempo presente podemos deshacer el nudo del devenir humano.  Alguien gracioso decía: “No te quejes, recuerda que naciste desnudo, entonces ese pantalón y esa camisa que llevas, ya son ganancia. Cuida el presente, porque en él vivirás el resto de tu vida”.  O como enseñaba Jesús: “Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón”.

Las tres edades de la mujer.
Gustav Klimt (austríaco, 1862-1918)


domingo, 9 de octubre de 2011

Adivina, adivinador


El enigma sin fin
Salvador Dalí (español, 1904-1989)

Las adivinanzas ayudan a manejar la complejidad de las cosas.  También son una herramienta pedagógica para la relación entre personas.  Por lo general, se han transmitido en forma oral, en encuentros familiares.  Otras ocasiones propicias fueron los momentos de conversación después de un día de cosecha, o cuando la gente se refugiaba alrededor de un fogón en los días fríos o tormentosos.  Se conocen algunas prácticas en los velatorios de difuntos.

La adivinanza como texto está escrita en verso, y encierra una descripción o caracterización de un objeto o persona envuelta en una expresión problemática a la que el interlocutor debe dar respuesta.

Esta figura nos muestra la riqueza de la realidad y la infinidad de vinculaciones que hay entre las personas y las cosas.  Poder disfrutarlas y aprender de ellas es parte de la sabiduría de la vida presente.  El nombre “adivinanza” nos relaciona con lo divino, pues se cree que el poder para resolver los enigmas es un don otorgado por los dioses.

Miguel de Cervantes Saavedra (español, 1547-1616), en La Galatea, la define de esta manera:

"Es muy oscura y es clara,
tiene mil contrariedades,
encúbrenos las verdades,
y al cabo nos las declara.
Nace a veces de donaire,
otras de altas fantasías,
y suele engendrar porfías
aunque trate cosas de aire.

Sabe su nombre cualquiera,
hasta los niños pequeños:
son muchas y tienen dueño
de diferente manera.
No hay vieja que no se abrace
con una de esas señoras:
son de gusto algunas horas,
cuál cansa, cuál satisface.

Sabios hay que se desvelan
por sacarles los sentidos,
y algunos quedan corridos
cuanto más sobre ello velan.
Cuál es necia, cuál curiosa,
cuál fácil, cuál intrincada,
pero sea o no sea nada,
decidme qué es cosa y cosa"
Miguel de Cervantes

Los actuales estudios dicen que las adivinanzas reflejan estructuras arcaicas de pensamiento y a la vez una prolongada y compleja elaboración tradicional.  No podemos olvidar que las adivinanzas constituyen un juego lingüístico del que no
está ausente la inteligencia y que se puede relacionar con la poesía lírica más antigua, pues como indica Johan Huizinga (holandés, 1872-1945): "Toda poesía antigua es al mismo tiempo culto, diversión, festival, juego de sociedad, proeza artística, prueba o enigma y enseñanza, persuasión,
encantamiento, adivinación, profecía y competición" .


Algunos ejemplos.

La falsa adivinanza es la que contiene la respuesta en el enunciado.

Blanca por dentro,
verde por fuera,
si quieres saber mi nombre
espera.
(La pera).

Soy santa y no voy a misa,
soy redonda y colorada
y llevo conmigo el día.
(La sandia).

Otra modalidades de falsa adivinanza son las que comienzan con una pregunta:

¿Qué le dice el chorizo a la sartén?
Morena, me tienes frito.

¿Cuál es el colmo de los colmos?
Que un mudo le diga a un sordo que un ciego lo está mirando.

Hay adivinanzas que son clásicas.

Me raspan el pupo
Y me muero de gusto.
(La guitarra).

Palito liso,
Cuando te veo
Me atemorizo.
(La víbora).

Pelo con pelo se juntan
Y el pelado queda adentro.
(El ojo).


Unos dicen que soy lento,
otros, más fugaz que el viento,
que borro las penas
o las doy a manos llenas.
(El tiempo).

En el campo me crié
cubierta de verdes lazos,
la que llorará por mí
es la que me hará pedazos.
(La cebolla).
Para algunas cosas hay más de una adivinanza.

Fui al huerto
y antes de entrar,
ya estaba dentro.

Cuando me siento, me estiro,
cuando me paro, me encojo;
entro al fuego y no me quemo,
entro al agua y no me mojo.
(La sombra).

Los casos difíciles.

Por temática o por formulación, ciertas adivinanzas nos invitan a un pensamiento más profundo de la realidad, sea por que se toquen asuntos primordiales, sea porque las comparaciones que se usan tienen muchos sentidos posibles.

Qué es más grande que Dios,
más maléfico que el Diablo,
los pobres lo tienen,
los ricos lo necesitan,
y si lo comes morirás.
(Nada).

Vence al tigre y al león,
vence al toro más bravío.
Vence a señores y reyes,
y a todos deja vencidos.
(El sueño).


Muchas de las adivinanzas más sutiles se basan en paradojas, como en el siguiente ejemplo.

A pesar de tener patas
yo no me puedo mover.
Llevo la comida a cuestas
y no la puedo comer.
(La mesa).

En algunos casos de adivinanzas los textos se alargan en descripciones y relaciones, mostrando que la resolución de un enigma semejante es muy valiosa para entender el complejo mundo de las personas y las cosas.

"¿Quién es quien pierde el color
donde se suele avivar,
y luego torna a cobrar
otro más vivo y mejor?
Es pardo en su nacimiento,
y después negro atezado,
y al cabo, tan colorado,
que su vista da contento.
No guarda fueros ni leyes,
tiene amistad con las llamas,
visita a tiempo las camas
de señores y de reyes.
Muerto, se llama varón,
y vivo, hembra se nombra;
tiene el aspecto de sombra;
de fuego la condición".

(El carbón).

Yo soy una prisionera
Que está siempre en la prisión;
Solo de mi habitación
Saco medio cuerpo afuera.
Soy pesada, soy ligera,
Árbitro de todo soy;
Y así, atada como estoy
Y tan bien encadenada,
Hiero como una espada
Y muchos disgustos doy.
(La lengua).

Los pueblos enseñan, en sus cuentos y tradiciones, a resolver enigmas.  En los relatos tradicionales, la adivinanza ha llegado a ser la protagonista.  El siguiente ejemplo está tomado de  Cuentos Folklóricos de la Argentina”; Introducción, clasificación y notas por Susana Chertudi.  Instituto Nacional de Antropología.  Buenos Aires, 1964.



TOME, MI REY, ESTE VINO…

Cierto rey tenía encerrado al marido de una señora; ésta se presentó ante su soberano para implorar el perdón de su esposo, pero el rey contestó a las súplicas de la mujer en la forma siguiente:

            -Si me traes una adivinanza que yo no pueda resolver, tendrás a tu marido en libertad.

            Toda llorosa, la mujer se marchó pensando en el modo de encontrar la adivinanza que su rey no pudiese encontrar satisfactoriamente la respuesta.

            Después de varios días, se presenta nuevamente en el palacio del rey y pide ser llevada a  presencia de éste.  Cuando fue introducida a las cámaras del soberano, díjole la siguiente adivinanza:

Tome, mi rey, este vino,
Pájaro trajo a su nido;
La madre traigo en las manos
Y en el que vengo no es nacido.

Respuesta.

            Cuando el rey propuso a la señora trajese la adivinanza, ésta se volvió tristemente, pensando, o mejor dicho, recordando, todas las adivinanzas que ella supo en su juventud, pero las que le venían a su memoria no le satisfacían.  Marchaba por el camino, cabalgando en una yegua preñada, pero la desgracia llega, muriéndose el animal; la mujer por no perder todo, resuelve partir la panza al animal, y sacar el hijo.  Así lo hace, separando además el cuero para sacarle alguna utilidad.

            Una vez llegada a su casa, ve en un árbol cercano a ésta, un nido con varios pichones dentro y a la madre que traía en su pico granos de uva como alimento de su prole; al ser picados estos granos, caía el jugo al suelo.  La señora colocó una taza debajo para recogerlo; después hizo vino con él.

            Fijándose en todo lo que había sucedido, nuestra señora creyó haber encontrado lo que tanto buscaba, y formó la adivinanza.  El vino que ofrecía al rey era el traído por los pájaros al nido; la madre que traía en las manos, eran las riendas hechas con el cuero de la yegua muerta, madre del potrillo, en el cual montaba, que no era nacido, pues había sido sacado antes de tiempo.

            En vano se esforzó el rey por solucionar tal adivinanza, teniendo que dar libertad al marido de la señora del cuento.
  
Informante: Crecencia A. de Lucero, 48 años.  Fortuna (San Luis).
Recolector: maestro Teótimo Centeno, Esc. Nº 11.  Año 1921.

Preludio a una Civilización
Victor Brauner (Rumano, 1903-1966)



La adivinanza de la invitación.

Hace un momento un reloj de pared que tengo colgado en mi salón dio 13 campanadas. ¿Qué hora dirían que puede ser en este momento?

Respuesta:
Hora de llevarlo a arreglar, ya que como mucho puede dar 12.