sábado, 16 de julio de 2011

LAS TRES PREGUNTAS DEL EMPERADOR

de León Tolstoi

Un cierto emperador pensó un día que si se conociera la respuesta a las siguientes tres preguntas, nunca fallaría en ninguna cuestión. Las tres preguntas eran:

¿Cuál es el momento más oportuno para hacer cada cosa?
¿Cuál es la gente más importante con la que trabajar?
¿Cuál es la cosa más importante para hacer en todo momento?

El emperador publicó un edicto a través de todo su reino anunciando que cualquiera que pudiera responder a estas tres preguntas recibiría una gran recompensa, y muchos de los que leyeron el edicto emprendieron el camino al palacio; cada uno llevaba una respuesta diferente al emperador.

Como respuesta a la primera pregunta, una persona le aconsejó proyectar minuciosamente su tiempo, consagrando cada hora, cada día, cada mes y cada año a ciertas tareas y seguir el programa al pie de la letra. Sólo de esta manera podría esperar realizar cada cosa en su momento. Otra persona le dijo que era imposible planear de antemano y que el emperador debería desechar toda distracción inútil y permanecer atento a todo para saber qué hacer en todo momento. Alguien insistió en que el emperador, por sí mismo, nunca podría esperar tener la previsión y competencia necesaria para decidir cada momento cuándo hacer cada cosa y que lo que realmente necesitaba era establecer un “Consejo de Sabios” y actuar conforme a su consejo.

Alguien afirmó que ciertas materias exigen una decisión inmediata y no pueden esperar los resultados de una consulta, pero que si él quería saber de antemano lo que iba a suceder debía consultar a magos y adivinos.

Las respuestas a la segunda pregunta tampoco eran acordes. Una persona dijo que el emperador necesitaba depositar toda su confianza en administradores; otro le animaba a depositar su confianza en sacerdotes y monjes, mientras algunos recomendaban a los médicos. Otros que depositaban su fe en guerreros.

La tercera pregunta trajo también una variedad similar de respuestas. Algunos decían que la ciencia es el empeño más importante; otros insistían en la religión e incluso algunos clamaban por el cuerpo militar como lo más importante.

Y puesto que las respuestas eran todas distintas, el emperador no se sintió complacido con ninguna y la recompensa no fue otorgada.

Después de varias noches de reflexión, el emperador resolvió visitar a un ermitaño que vivía en la montaña y del que se decía era un hombre iluminado. El emperador deseó encontrar al ermitaño y preguntarle las tres cosas, aunque sabía que él nunca dejaba la montaña y se sabía que sólo recibía a los pobres, rehusando tener algo que ver con los ricos y poderosos. Así pues el emperador se vistió de simple campesino y ordenó a sus servidores que le aguardaran al pie de la montaña mientras él subía solo a buscar al ermitaño.

Al llegar al lugar donde habitaba el hombre santo, el emperador le halló cavando en el jardín frente a su pequeña cabaña. Cuando el ermitaño vio al extraño, movió su cabeza en señal de saludo y siguió con su trabajo. La labor, obviamente, era dura para él, pues se trataba de un hombre anciano, y cada vez que introducía la pala en la tierra para removerla, la empujaba pesadamente.

El emperador se aproximó a él y le dijo:

- “He venido a pedir tu ayuda para tres cuestiones:

“¿Cuál es el momento más oportuno para hacer cada cosa?
¿Quienes son las personas más importantes con las que uno debe trabajar?
¿Qué cosa es la más importante que hacer en todo momento?"

El ermitaño le escuchó atentamente pero no respondió. Solamente posó su mano sobre su hombro y luego continuó cavando. El emperador le dijo:

- “Debes estar cansado, déjame que te eche una mano”.

El eremita le dio las gracias, le pasó la pala al emperador y se sentó en el suelo a descansar.

Después de haber acabado dos cuadros, el emperador paró, se volvió al eremita y repitió sus preguntas. El eremita tampoco contestó sino que se levantó y señalando la pala y dijo:

- “¿Por qué no descansas ahora? Yo puedo hacerlo de nuevo”.

Pero el emperador no le dio la pala y continuó cavando. Pasó una hora, luego otra y finalmente el sol comenzó a ponerse tras las montañas. El emperador dejó la pala y dijo al ermitaño:

- “Vine a ver si podías responder a mi tres preguntas, pero si no puedes darme una respuesta, dímelo, para que pueda volverme a mi palacio”.

El eremita levantó la cabeza y preguntó al emperador:

- “¿Has oído a alguien corriendo por allí?”.

El emperador volvió la cabeza y de repente ambos vieron a un hombre con una larga barba blanca que salía del bosque. Corría enloquecidamente presionando sus manos contra una herida sangrante en su estómago. El hombre corrió hacia el emperador antes de caer inconsciente al suelo, dónde yació gimiendo. Al rasgar los vestidos del hombre, emperador y ermitaño vieron que el hombre había recibido una profunda cuchillada. El emperador limpió la herida cuidadosamente y luego usó su propia camisa para vendarle, pero la sangre empapó totalmente la venda en unos minutos. Aclaró la camisa y le vendó por segunda vez y continuó haciéndolo hasta que la herida cesó de sangrar.

El herido recuperó la conciencia y pidió un vaso de agua. El emperador corrió hacia el arroyo y trajo un jarro de agua fresca. Mientras tanto se había puesto el sol y el aire de la noche había comenzado a refrescar. El eremita ayudó al emperador a llevar al hombre hasta la cabaña donde le acostaron sobre la cama del ermitaño. El hombre cerró los ojos y se quedó tranquilo. El emperador estaba rendido tras un largo día de subir la montaña y cavar en el jardín y tras apoyarse contra la puerta se quedó dormido. Cuando despertó, el sol asomaba ya sobre las montañas.

Durante un momento olvidó donde estaba y lo que había venido a hacer. Miró hacia la cama y vio al herido, que también miraba confuso a su alrededor; cuando vio al emperador, le miró fijamente y le dijo en un leve suspiro:

- “Por favor, perdóneme”.

- "Pero ¿qué has hecho para que yo deba perdonarte?", preguntó el emperador.

- "Tú no me conoces, Majestad, pero yo te conozco a ti. Yo era tu implacable enemigo y había jurado vengarme de ti, porque durante la pasada guerra tú mataste a mi hermano y embargaste mi propiedad.

Cuando me informaron de que ibas a venir solo a la montaña para ver al ermitaño decidí sorprenderte en el camino de vuelta para matarte. Pero tras esperar largo rato sin ver signos de ti, dejé mi emboscada para salir a buscarte. Pero en lugar de dar contigo, topé con tus servidores y me reconocieron y me atraparon, haciéndome esta herida. Afortunadamente pude escapar y corrí hasta aquí. Si no te hubiera encontrado seguramente ahora estaría muerto. ¡Yo había intentado matarte, pero en lugar de ello tú has salvado mi vida! Me siento más avergonzado y agradecido de lo que mis palabras pueden expresar. Si vivo, juro que seré tu servidor el resto de mi vida y ordenaré a mis hijos y a mis nietos que hagan lo mismo. Por favor, Majestad, concédeme tu perdón."

El emperador se alegró muchísimo al ver que se había reconciliado fácilmente con su acérrimo enemigo, y no sólo le perdonó sino que le prometió devolverle su propiedad y enviarle a sus propios médicos y servidores para que le atendieran hasta que estuviera completamente restablecido.

Tras ordenar a sus sirvientes que llevaran al hombre a su casa, el emperador volvió a ver al ermitaño. Antes de volver al palacio el emperador quería repetir sus preguntas por última vez; encontró al ermitaño sembrando el terreno que ambos habían cavado el día anterior.

El ermitaño se incorporó y miró al emperador.

- “Tus preguntas ya han sido contestadas”.

- "Pero, ¿cómo?", preguntó el emperador confuso.

- "Ayer, si su Majestad no se hubiera compadecido de mi edad y me hubiera ayudado a cavar estos cuadros, habría sido atacado por ese hombre en su camino de vuelta. Entonces habría lamentado no haberse quedado conmigo. Por lo tanto el tiempo más importante es el tiempo que pasaste cavando los cuadros, la persona más importante era yo mismo y el empeño más importante era el ayudarme a mí...

Más tarde, cuando el herido corría hacia aquí, el momento más oportuno fue el tiempo que pasaste curando su herida, porque si no le hubieses cuidado habría muerto y habrías perdido la oportunidad de reconciliarte con él. De esta manera, la persona más importante fue él y el objetivo más importante fue curar su herida...

Recuerda que sólo hay un momento importante y es ahora. El momento actual es el único sobre el que tenemos dominio. La persona más importante es siempre con la persona con la que estás, la que está delante de ti, porque quién sabe si tendrás trato con otra persona en el futuro. El propósito más importante es hacer que esa persona, la que está junto a ti, sea feliz, porque es el único propósito de la vida”.


Breve noticia sobre el autor del cuento: León Tolstoi.

 Escritor ruso nacido en Yásnaya Poliana el 9 de septiembre de 1828 y fallecido en Astapovo el 20 de noviembre de 1910. Su verdadero nombre fue Lev Nikoláyevich Tolstói. Es considerado como uno de los escritores más importantes de la historia de la literatura. Nacido en una familia noble, se trasladó a Kazán tras la muerte de sus padres, estudiando en dicha ciudad y en la Universidad de San Petersburgo, en donde se licenció en Derecho. Pudo observar junto a uno de sus hermanos la guerra entre Rusia y Turquía, que le sirvió para hacerse una buena idea del ambiente marcial del ejército zarista. Tuvo gran influencia en el anarquismo de Kropotkin y en la resistencia no violenta de Gandhi, con el que mantenía contacto epistolar, siendo también un pacifista convencido. Algunas de sus obras más importantes son Los cosacos (1863), Guerra y Paz (1865-1869), Anna Karénina (1875-1877), Confesión (1882), La muerte de Iván Ilich (1886) y Resurrección (1899). 


domingo, 10 de julio de 2011

LA QUEJA POTENTE

Vamos a referirnos al libro de Job.  Está en la Biblia, que en realidad es una biblioteca de más de 70 libros, puestos por escrito a lo largo de más de 1000 años, con tradiciones que se remontan, en algunos casos, a más de 2000 años antes de Cristo.  Leídos en conjunto, presentan intereses y miradas muy variadas, según los contextos y regiones geográficas de origen.  También se nota que cada uno de los libros tiene varios autores, incluso de diferentes épocas, que fueron recopilados por un redactor final, a veces juntando despreocupadamente una parte con otra.

El tema de Job.

El texto de Job se basa en un cuento anterior y de carácter popular.  Esta historia presenta al protagonista como un hombre recto e íntegro, temeroso de Dios y alejado del mal.  También se dice que era un hombre muy rico, pudiente.

Resulta que en otro plano de la realidad, al cual Job no tiene acceso, se presenta uno llamado El Adversario, ante el trono de Dios.  El Adversario es un personaje siniestro que seduce al Señor para que ponga a prueba al justo Job.  Así, nuestro protagonista se ve privado en un instante de hijos y de bienes.  Todos mueren y todo se destruye.  No contento con esto, El Adversario logra el permiso para herir a Job en su carne, con una úlcera maligna de los pies hasta la cabeza.  La intención es que Job abandone su rectitud e integridad, a causa del dolor.

A partir de allí, los padecimientos pasan a las relaciones humanas.  Primero, con su mujer y luego con tres amigos.  Las discusiones de Job con los tres amigos son la parte más larga del relato.  Incluso aparece un cuarto amigo, que no había sido mencionado como integrante del encuentro.  El autor coloca al final dos discursos pronunciados por Dios mismo.  El cuento original abarca tres capítulos, los dos primeros y el último.  Las discusiones se reparten en los 39 capítulos restantes.

El cuento tendrá un final feliz.  Job superará la prueba y recuperará toda su fortuna con creces.  También le nacerán otras hijas e hijos.

¿Quién es Job?

Job es el hombre común, igual a cualquier varón o mujer de  todo tiempo y lugar.  Podemos decir que es el que siente, piensa, hace, sueña y contempla, algunos verbos que comparte con los animales y otros con los ángeles.  Así somos.

Se parece a nosotros también en lo doliente, cuando no sabemos de dónde viene la desgracia.  Como a Job, lo que nos hiere viene de un mundo o plano de la realidad habitado por poderosos, lejano a nosotros y en el que no tenemos injerencia. Dios y El Adversario nos tratan como mercadería de cambio para sus propios intereses.  Para nosotros queda miseria, enfermedad y muerte.  Tomemos como ejemplo a los hijos de Job.  Ellos mueren a causa de la prueba a la que es sometido su padre.  Al final nacen otros diez hijos de Job, pero de los primeros no queda ni rastro.



Los prójimos de Job.

No perdamos de vista que estamos leyendo un cuento, por lo que los personajes son necesariamente esquemáticos, con actitudes muy definidas sin los matices de cordura que tiene la vida diaria.

Al comienzo, los amigos se portan bien.  Se acercan a Job y permanecen con él durante siete días completos.  Están en silencio, luego de haber llorado mucho por el gran dolor de su amigo.

Pasado este primer tiempo, abren la boca y todo cambia.  Empiezan con un llamado a la aceptación incondicional del sufrimiento, con un argumento bastante débil, que sería como decir:  “siempre que llovió, paró”.  También le hablan de un premio futuro por los padecimientos que contemplan de afuera.

A medida que quieren responder a las quejas de Job, sus amigos se vuelven cada vez más ofensivos, buscando la culpa de los males en los hijos y luego en el sufriente mismo.  Lo tratan de burlador y charlatán.  Después le dirán que él mismo es un malvado y que está recibiendo el castigo que merece: “un diluvio se lleva su casa, una correntada, en el día de la ira. Esta es la porción que Dios asigna al malvado, la herencia que le tiene destinada.”  Finalmente, llegarán a despreciar a todo hombre: “Si hasta la luna no tiene brillo ni las estrellas son puras, ¡cuánto menos el hombre, ese gusano, el hijo del hombre, que es sólo una lombriz!”.

La mujer de Job representa la reacción que a veces se da en los cónyuges ante el dolor del otro: “maldice a Dios y muérete”.  No es fácil soportar el dolor del ser querido, por lo que no hay que interpretar una reacción así como desprecio.  La desgracia suele destruir las mejores actitudes.

Las quejas de Job.

Ha quedado indicado un escenario que puede ponerse en cualquier lugar donde se desarrollan nuestras vidas.  Ahora citaremos algunas pocas frases del protagonista de este texto.  No nos angustiemos por la dureza del planteo.  Nuestro tiempo, la civilización que vivimos es la hace evidente la crueldad del cuento.

¡Desaparezca el día en que nací y la noche que dijo: "Ha sido engendrado un varón"!

¿Para qué dar a luz a un desdichado y la vida a los que están llenos de amargura,
a los que ansían en vano la muerte y la buscan más que a un tesoro,
a los que se alegrarían de llegar a la tumba y se llenarían de júbilo al encontrar un sepulcro,
al hombre que se le cierra el camino y al que Dios cerca por todas partes?
Los gemidos se han convertido en mi pan y mis lamentos se derraman como agua.

¿No es una servidumbre la vida del hombre sobre la tierra?
¿No son sus jornadas las de un asalariado?
Como un esclavo que suspira por la sombra,
como un asalariado que espera su jornal,
así me han tocado en herencia meses vacíos,
me han sido asignadas noches de dolor.

Cuando pienso: "Mi lecho me consolará, mi cama compartirá mis quejidos",
entonces tú me horrorizas con sueños y me sobresaltas con visiones.

¿Cuándo dejarás de mirarme? ¿No me darás tregua ni para tragar saliva?

¿Por qué me sacaste del seno materno? Yo habría expirado sin que nadie me viera,
sería como si nunca hubiera existido, me habrían llevado del vientre a la tumba.
¡Duran tan poco los días de mi vida! ¡Apártate de mí!
Así podré sonreír un poco, antes que me vaya, para no volver, a la región de las tinieblas y las sombras, a la tierra de la oscuridad y el desorden, donde la misma claridad es tiniebla.

(A sus amigos)
Pero yo quiero hablarle al Todopoderoso, mi deseo es discutir con Dios.
¡Ustedes lo encubren todo con sus mentiras, médicos inútiles son todos ustedes!
¡Si se callaran de una vez, darían una prueba de sabiduría!
Escuchen, entonces, mi defensa; presten atención a mi querella.

Pero si hablo, no se alivia mi dolor; si me callo, tampoco se aparta de mí.
Porque ahora, él me ha extenuado y desolado, todos sus terrores
me tienen acorralado;
se levanta contra mí como testigo, mi debilidad me acusa en mi propia cara.

¡Oigan, oigan bien mis palabras, concédanme al menos este consuelo!
Tengan paciencia mientras hablo yo, y una vez que haya hablado, se podrán burlar.
¿Acaso yo me quejo de un hombre o no tengo motivo para estar indignado?

¿Cómo es posible que vivan los malvados,
y que aun siendo viejos, se acreciente su fuerza?
Su descendencia se afianza ante ellos, sus vástagos crecen delante de sus ojos.
Sus casas están en paz, libres de temor, y no los alcanza la vara de Dios.
Su toro fecunda sin fallar nunca, su vaca tiene cría sin abortar jamás.
Hacen correr a sus niños como ovejas, sus hijos pequeños saltan de alegría.
Entonan canciones con el tambor y la cítara y se divierten al son de la flauta.
Acaban felizmente sus días y descienden en paz al Abismo.

Uno muere en la plenitud de su vigor, enteramente feliz y tranquilo,
con sus caderas repletas de grasa y la médula de sus huesos bien jugosa.
Otro muere con el alma amargada, sin haber gustado la felicidad.
Después, uno y otro yacen juntos en el polvo y los recubren los gusanos.
¡Por el Dios viviente, que me priva de mi derecho, y por el Todopoderoso, que me llenó de amargura; mientras haya en mí un aliento de vida y el soplo de Dios esté en mis narices, mis labios no dirán nada falso ni mi lengua pronunciará una mentira! ¡Lejos de mí darles la razón a ustedes: hasta que expire, no renunciaré a mi integridad! Me aferré a mi justicia, y no la soltaré. Mi corazón no se avergüenza de ninguno de mis días.

(Última apelación de Job a Dios)
¡Soy tan poca cosa! ¿Qué puedo responderte? Me taparé la boca con la mano.
Hablé una vez, y no lo voy a repetir; una segunda vez, y ya no insistiré.


 Atiende a tu queja, hombre común.

Ante semejante queja del hombre común, ante los llamados de auxilio del dolor que se nos presenta sin saber de dónde viene, el mismo Job se queda en silencio.  No hay más para decir.

Es importante quejarse, y hacerlo bien.  Hay que ser auténticos, aferrados a los fundamentos de nuestros planteos.  Ante el dolor propio o ajeno, de nada nos sirve mirar hacia otro lado o hacerse el distraído, apelar a una insensibilidad que no es verdadera, porque entendemos muy bien lo que Job dice.

La queja alcanza toda su potencia cuando se la contrasta con la plenitud del universo.  Sin opuesto, el dolor crea costumbre.  La ignorancia, en este sentido, es la peor forma de esclavitud.

El final del libro de Job presenta claves significativas del universo para que el protagonista encuentre la profundidad de su dolor y tal vez, algo de sentido. Está compuesto por dos discursos de Dios. Inicia su itinerario en el camino de la luz.  Luego nos hace ver los astros, nombrando a las Pléyades y las cuerdas del Orión.  Entre los animales, menciona al avestruz, que bate sus alas alegremente.  También se refiere a la fuerza del caballo y a las crines de su cuello.

Sorprenden las descripciones de dos monstruos de la época del redactor.  Uno es Behemot, el hipopótamo, y otro es Leviatán, el cocodrilo.  Este último fue usado, en épocas modernas, para alegorías políticas.  Así, el dolor de Job que, como dijimos, es el del hombre común, alcanza toda la profundidad y calidad dramática.  La queja, por contraste, nos muestra la grandeza de la vida.

La súplica del hombre común.

La relación de Job con sus amigos, es una alegoría de la relación del hombre común con la civilización contemporánea. ¿Qué les pide Job?  Que tengan misericordia de él, que le tengan compasión.  Estas dos actitudes, misericordia y compasión, resumen la plenitud de la sabiduría del hombre.

Clyfford Still: "Jamais" (1944)
La crueldad de nuestro tiempo hace dura y revulsiva la lectura del texto de Job.  Es el sufriente que no sabe de dónde viene lo que le sucede.  Y lo que le ocurre no es causa natural o de su negligencia, sino que es originado en una conversación ajena a su vida y lejos de su alcance.  Si Job preguntase “¿por qué me pasa esto a mí?”, no hay ninguna respuesta lógica.  Si continúa con su interrogatorio llegaría a entender con cuánto desprecio y desaprensión unos pocos deciden por muchos.

La misericordia y la compasión nacen de la sabiduría, que es cuando el conocimiento obra tan unido al amor, que finalmente no se puede distinguir uno de otro. Por eso, lo que pide Job, en nombre del hombre común, es algo elevado y un cambio profundo en la civilización que nos ha tocado.  Y así como el dolor es causado en todos los hombres comunes con desaprensión, así también entendemos que la compasión y la misericordia serán reales si vienen desde ese hombre común. 

Queda un interrogante.

Esta lectura de Job nos deja una inquietud.  Está referida a la imagen de Dios.  Es claro que en este libro hay distintas concepciones de la divinidad.  En el caso del protagonista y sus amigos, las propuestas son contradictorias. 

Recordemos que el libro de Job se fundamenta en un cuento antiguo, y que además se nota que han intervenido distintos redactores.  Y cada uno tendría su propia idea de Dios, con rasgos comunes y también con aspectos muy divergentes.

Cuando tomamos este tipo de escrito, conviene tomar en cuenta todos los aspectos falsos de la divinidad que la narración hace evidente, para no caer en ellos.  A la vez es bueno considerar la posibilidad de que el misterio de Dios sea tan inmenso, que no nos quede otra cosa que hacer silencio. En esta vida presente, esto es lo que aceptamos.

Las citas bíblicas.

Pasados muchos siglos, se aplicó a la Biblia un sistema de referencia, consistente en dividir cada libro en capítulos, y éstos en versículos.  Cada versículo abarca aproximadamente una o dos oraciones y, en el caso de la poesía, uno hasta tres versos.  Para citar un texto se indica primero el nombre del libro, luego el capítulo y finalmente el versículo.  De aquí que Job 6,8 significa: el libro de Job, en el capítulo seis, el versículo ocho.  Cuando se quiere citar varios versículos seguidos se los divide con un guion medio, como por ejemplo 8-12, que significa del versículo ocho hasta el doce inclusive.  A veces se quiere poner versículos salteados, entonces se los relaciona con un punto, por ejemplo 8.11, que significa versículo ocho y versículo once.

En el apartado “Las quejas de Job”, los versículos citados son los siguientes:

3,3  /  7,1-2  /  7,19  /  10,18-22  /   12,15-16  /  13,3-5  /  16,6-7  /  21,2  /  21,7-13  /  21,23-26  /  27,2-5  /  40,4-5.  



jueves, 30 de junio de 2011

EL HOMBRE DEL CUATRO.

¿Qué es el hombre
 para que pienses en él,
 el ser humano
 para que lo cuides?
(Salmo 8,5)

“Después a los cuatro vientos
Los cuatro se dirigieron;
Una promesa se hicieron
Que todos debían cumplir;
Mas no la puedo decir
Pues secreto prometieron.”
(José Hernández, “Martín Fierro”, Canto XXXIII)


Queremos introducirnos en el conocimiento de nosotros mismos, de una manera práctica.  Antes de hacer esto, veamos la herramienta que utilizaremos, el pensamiento, y el símbolo que nos guiará en este camino, el número cuatro.

El riesgo de pensar.

El pensamiento es una herramienta valiosa con la que siempre contamos.  Es muy buena compañía si no estamos demasiado apretados por las necesidades básicas.   Mediante el lenguaje intentamos expresar a ese pensamiento, ordenarlo y usarlo de la mejor manera posible.  Por eso la educación se dirige especialmente a él.

La propuesta es usar esta poderosa herramienta para mirarnos a nosotros mismos.  Cada uno de nosotros es “el hombre del cuatro”.  Alimentaremos el pensar con algunas señales y veremos si nos lleva adonde queremos ir.

Uno de los más grandes asombros surge cuando empezamos a vislumbrar una sencilla respuesta a la pregunta: ¿qué es el hombre? Más profunda todavía: ¿quién soy yo?  Es un tema grande y conmovedor.  No depende de la edad que tengamos, si somos mujeres o varones, si vivimos en una ciudad o estamos en un pequeño poblado. Es una pregunta potente que puede despertar pensamientos que resultarán riesgosos.

Antes de abrir la puerta a esta perspectiva, tenemos que advertir sobre un riesgo que se corre.  La amenaza no viene de ninguna enfermedad posible.  A nadie le da fiebre por pensar, nadie se ha muerto de pensamiento.  Por este lado podemos estar tranquilos.

El peligro viene de algunas formas organizadas a las que no les gusta que se piensen ciertas cosas.  No son enemigos del pensamiento en general, sino de algunos temas en particular.  Años atrás, al que se quedaba asombrado ante algún pensamiento se lo solía llamar “abriboca”.  No era un elogio por la capacidad de asombro, sino una burla ante una súbita quietud.

No tengamos ningún temor. Los que busquen respuestas a estas preguntas no encontrarán otra cosa más que una sencilla alegría que da el ejercicio de la libertad.




  
¿Qué es el cuatro?

Todo el día estamos con los números.  La fecha, la temperatura, una llamada telefónica, nuestro código de identificación, las monedas, la hora de los encuentros de trabajo, el año en que vivimos, nuestra edad, el canal de la televisión, y así de manera constante.

El cuatro es un número.  Forma parte del conjunto de símbolos que usamos para contar cosas.  Y contar es un aspecto importante de la forma que le damos a la realidad.

Los números permiten también jugar.  Es la manera como marcamos quiénes ganan y quiénes pierden.  A veces los juegos son de combinaciones sencillas y otras veces alcanzan formulaciones maravillosas.  Hace miles de años una escuela de filosofía se fundamentó en los números y, entre otras cosas, tenía como importante la tetraktys.  Llamaban así a la suma de los primero cuatro números naturales (1+2+3+4) que resulta diez. 

Con el cuatro podemos estar todo el día.  No nos hace falta papel y lápiz para pensar en él.  Una forma es relacionarlo con figuras geométricas y buscarlas en lo que nos rodea.  ¡Cuántas cosas cuadradas y rectangulares hay! El cuadrado tiene cuatro lados iguales y cuatro ángulos rectos.  Si no encontramos un cuadrado perfecto, entonces están los cuadriláteros y los rectángulos.  Por ejemplo, los campos para la práctica de varios deportes se hacen en rectángulos combinados.

Si trazamos las diagonales de nuestro cuadrado nos encontramos con la figura de una cruz, reiterando el cuatro en sus brazos.  La cruz nos permite descubrir el centro del cuadrado, el punto de la encrucijada.  Sin la cruz, ese centro permanece invisible, aunque existe siempre.  Tan potente es el centro, que si desde allí hacemos girar el cuadrado a mucha velocidad, éste se transforma en un círculo.  Y en la tradición el círculo es el símbolo y el modelo de la actividad creativa.

Volviendo al cuatro, lo vemos en la orientación para movernos en la tierra.  Es el número de los puntos cardinales: norte, sur, este y oeste.  Y visto desde cada persona, hay cuatro direcciones básicas del movimiento en el plano: adelante, atrás, izquierda y derecha. 

El maravilloso cuatro nos lleva a la forma tradicional de dividir el día: mañana, mediodía, tarde y noche.  Y nos sigue sorprendiendo con las estaciones del año: primavera, verano, otoño e invierno. 

Aprovechemos la oportunidad para ver algunas versiones del cuatro en la tradición bíblica.  Allí se presentan cuatro animales simbólicos: el toro, el león, el hombre y el águila. Se ha relacionado a estos animales con los cuatro Evangelistas: Mateo, Marcos, Lucas y Juan.  Un libro lleno del número cuatro es el Apocalipsis. Por ejemplo, en él se habla de los cuatro jinetes montados en caballos de cuatro colores distintos.

Las tantas referencias al número cuatro que encontramos en la vida, nos garantizan que esto no es una casualidad, ni un acuerdo entre sabios y poderosos.  El cuatro atraviesa toda la realidad y contiene una verdad equivalente para las distintas culturas humanas.




El cuatro habla sobre nosotros. 

Ahora veamos qué nos muestra el cuatro sobre nosotros.  Más adelante, pensaremos más a fondo sobre cada orientación que surja de esta introducción.  Nuestra búsqueda será saber algo más sobre nosotros mismos, con la pretensión de colaborar con la libertad de pensamiento. 

Cuando llegue el momento, nos vamos a referir a algunos cuaternarios (conjunto de cuatro cosas) que mencionamos aquí.  El más elemental de ellos, que está en la base de la mayoría de las culturas, es el siguiente: tierra, agua, fuego y aire.  De estos cuatro elementos se dice que están hechas todas las cosas.  No solamente en el aspecto material, sino también en el aspecto simbólico.

En otra civilización, cuando se habla del ser humano, se le aplica este cuaternario: cuerpo, alma, ciudad y cosmos.  No son partes, sino aspectos de la única realidad humana.  Es lo que somos siempre y simultáneamente.

También nos será de utilidad otro cuaternario que ha sido mencionado con frecuencia en la civilización occidental, pero que tiene resonancias bien claras en otras partes.  Es el conformado por bien, verdad, ser y nada.

Hay muchos otros.  Con el pensamiento como herramienta, y el cuatro como orientación simbólica, podemos descubrir cosas sobre nosotros mismos.  Tengamos la confianza de hacerlo en cualquier lado: viajando en colectivo o en auto, en el hogar o en el trabajo, caminando o acostados.

De esta manera, a lo mejor conquistamos un poco más de libertad o, al menos, algunos momentos de alegría.  Tomados de la mano del cuatro, vayamos al encuentro de nosotros mismos.



sábado, 18 de junio de 2011

BIEN FÁCIL

No hace falta nada para meditar en la vida presente.  No es una obligación, ni una necesidad.  Forma parte de nuestro ser, como respirar.

Por eso meditar no tiene nada de aburrido, ni de pesado.  Por el contrario, como respirar, es algo placentero, ajustado, adecuado a nuestro caminar,  a nuestro estar en el mundo.

Se puede hacer en cualquier momento, en cualquier situación.  No hace falta una determinada edad, ni ningún conocimiento especial.

¿Alguien me puede enseñar a meditar? No hace falta, como no hace falta enseñar al corazón a latir.  En esto no hay maestros, ni escuelas, ni fórmulas.  Si alguno reclama para sí mismo esta docencia, se coloca en el lugar de un maestro de nada.

¿Se puede evitar la meditación?  Si lo comparamos con respirar, sería como retener la respiración.  Lo podemos hacer, por muy poco tiempo.  Si lo hacemos, volvemos enseguida a meditar.

Lo que sí podemos hacer siempre es estimular la meditación, ayudarla para una mayor plenitud, o simplemente, para sentir más de cerca la emoción de la belleza, o la conmoción de lo profundo. 

Siendo tan fácil, la meditación nos lleva a estar atentos a la vida.  Nos hace muy sensibles al gozo y al dolor, a la juventud y a la vejez, a la luz y a la oscuridad, a la salud y a la enfermedad.  Es una actividad sencilla pero profunda.  Es una aventura, novedosa y peligrosa, nunca sabemos adónde nos lleva.

Por esto a veces le tenemos miedo, pero todos la ejercemos.

Ahora queda a consideración de cada uno, un poema de Antonio Colinas, escritor y poeta español, nacido en La Bañeza (León) en 1946.  Una poesía, una música, una frase, un consejo, una imagen, una obra de arte, un amigo, o miles de cosas o personas son signos que nos alientan en nuestra meditación.

En este caso, conviene leer la poesía lentamente, a media voz o en voz alta.  Luego de varias lecturas aparecerán las palabras que nos importan o las imágenes que nos mueven.  Cuando se lee poesía, poco a poco, el pronunciar se transforma en una música personal, que suele dejarnos quietos, al menos por unos instantes.  Y después, la aventura de vivir.



Me he sentado en el centro del bosque a respirar...

Me he sentado en el centro del bosque a respirar.
He respirado al lado del mar fuego de luz.
Lento respira el mundo en mi respiración.
En la noche respiro la noche de la noche.
Respira el labio en labio el aire enamorado.
Boca puesta en la boca cerrada de secretos,
respiro con la sabia de los troncos talados,
y, como roca voy respirando el silencio
y, como las raíces negras, respiro azul
arriba en los ramajes de verdor rumoroso.
Me he sentado a sentir cómo pasa en el cauce
sombrío de mis venas toda la luz del mundo.
Y yo era un gran sol de luz que respiraba.
Pulmón el firmamento contenido en mi pecho
que inspira la luz y espira la sombra,
que recibe el día y desprende la noche,
que inspira la vida y espira la muerte.
Inspirar, espirar, respirar: la fusión 
de contrarios, el círculo de perfecta consciencia.
Ebriedad de sentirse invadido por algo
sin color ni sustancia, y verse derrotado,
en un mundo visible, por esencia invisible.
Me he sentado en el centro del bosque a respirar.
Me he sentado en el centro del mundo a respirar.
Dormía sin soñar, mas soñaba profundo
y, al despertar, mis labios musitaban despacio
en la luz del aroma: «Aquel que lo conoce
se ha callado y quien habla ya no lo ha conocido».

Antonio Colinas ofreciendo unos objetos.

sábado, 11 de junio de 2011

OJALÁ SEA UNA PARÁBOLA


Conviene leer el cuento “El hombre de vida inexplicable” antes de este comentario.



La sabiduría envió a sus servidoras a proclamar sobre los sitios más altos de la ciudad:
"El que sea incauto, que venga aquí".
Y al falto de entendimiento, le dice: "Vengan, coman de mi pan,
 y beban del vino que yo mezclé.  
Abandonen la ingenuidad, y vivirán,
y sigan derecho por el camino de la inteligencia".

Proverbios 9,3-6.

Lo que nos sorprende de Moyut.

Era un hombre instalado en su ámbito, con buenas perspectivas.  Su final hubiese sido, nada menos, que el de inspector de pesas y medidas.  Un puesto bien moderno, si cabe la comparación. Era el más alto logro de su especialización, la cumbre de nuestro tiempo,  porque en nuestros días se consideran notables y grandes pensadores a los que saben clasificar, es decir, pesar y medir.

En el cuento, la fama de Moyut estaba dada por su codiciado puesto.  No había nada de reconocimiento hacia su persona, o de valoración de las virtudes e idoneidad.  Nada de eso.  Solamente la resonancia del cargo y el peso de un buen ingreso estable.  Renunciar a esto es volverse loco.

Lo que siguió tuvo la impronta de la primera experiencia del misterio: fue arrastrado por el río de la vida.  Es la imagen de la pobreza, tal como decían sus paisanos: “Pobre Moyut”.

Pero la nueva condición encerraba un inmenso tesoro: la sabiduría.  Ella no puede ser elegida, es otorgada.  Tampoco conviene oponérsele.  Queda sumergirse, desnudo, en ella.

En Moyut, la sabiduría provoca distintas acciones.  Con el pescador aparece el instructor, el que enseña a leer y a escribir.  Estos son los signos de la civilización.  El paso de la prehistoria a la historia se suele marcar con el comienzo de la escritura.

Luego viene el tiempo del aprendizaje específico.  Aprende del agricultor lo único que éste le puede enseñar, agricultura, y ninguna otra cosa.  Algunos ven una referencia a la cultura, que nos abre el panorama pero que a la vez nos impide otras cosas.  La cultura revela y oculta.

Después, el río arrastra a Moyut hasta el mundo del comercio.  Se trata, en su caso, de comercio de alto valor como es el de las pieles.  Comercio es intercambio, relación entre personas y pueblos.  Cuando el comercio tiene escala humana, hace referencia a lo sagrado.  Hay un sagrado comercio (sacrum commercium) en la vida.  Fuera de esto y lejos de la escala humana están los desbordes de grandes capitales monetarios y las especulaciones desorbitadas de las bolsas.

Por eso, Moyut, luego de pasar por ser instructor, después de la etapa del aprendizaje y habiendo practicado el comercio, empieza a revelar signos de iluminación. 

Son conmovedores los signos que describen esta situación de plenitud que empieza a manifestarse.  En primer lugar, la curación de enfermos; luego, el servicio a los conciudadanos y, durante el tiempo libre, cuando hacía lo que quería, los misterios se iban profundizando en él.

Sorprende la respuesta de Moyut cuando le hablan de mortificación.  No la tiene en cuenta.  Sus decisiones no han sido las de alguien que se somete a ciertas privaciones por sistema, con el fin de alcanzar alguna meta específica: triunfar en algún deporte, purificar el cuerpo o la mente, bajar de peso.    Nada de eso le interesa, sino solamente seguir el misterioso consejo y sumergirse en el río.

Una comparación.

Una forma de enseñanza que la tradición nos brinda es a través de comparaciones.  Es el caso de las parábolas.

Comparar, poner de a pares, supone dos términos.  En este caso, el de Moyut, su historia es uno de los términos.  ¿Cuál es el otro? El único término posible para ocupar ese lugar es nuestra propia vida. 

En el relato que estamos considerando, casi al final se pone una especie de juicio, realizado por hombres prejuiciosos, como los biógrafos.  Y dice que no atienden a las realidades de la vida, que deberían ser sus propias vidas, sino que se dejan deslumbrar por los gustos de supuestos oyentes, que no son otros más que ellos.

Lejos de estos inventores de fábulas están los términos de comparación de esta parábola: Moyut y nuestra vida.  De nuestro admirado Moyut no tenemos nada, no sabemos si vivió alguna vez y quizás ni haya existido.  Porque su certeza no está en la historia, sino en el otro término de la comparación: nuestras propias vidas. 

Moyut es cierto en nosotros.  Constantemente nos sumergimos en el río de la vida y, nos guste o no, somos llevados corriente abajo.

Nunca sabemos adonde vamos.  Si intentamos fijar una rutina, o tener un punto de vista definitivo, inamovible, entonces empezamos a sentir angustia y tristeza.  Lo fijo nos duele, nos hace daño y deja marcas dolorosas en otros.

La parábola de Moyut es la voz íntima que nos dice que el cambio está en nuestras vidas.  Miremos por un instante los verbos que utiliza Moyut para describir su itinerario: “salté”, “me convertí”, “me fui”, “me volví”, “cambié”, “fui”, “ahorré y dejé”, “vine”.

No tenemos la intención de ser biógrafos de nadie.  Cada uno sabrá de los verbos que describen el propio itinerario.

La intención es compartir un puñado de certezas.  Seguramente compartimos el mismo destino: no sabemos adonde vamos.  También compartimos el hecho de que el relato de Moyut deja una señal en nuestras vidas.  Y también tenemos en común que el miedo y el gozo son ineludibles en nuestro camino.

Para esto último alcanza con no sentir vergüenza cuando tenemos miedo o cuando estamos gozosos.

Reafirmamos el final de “El hombre de vida inexplicable”: nadie puede hablar del Jádir directamente.