lunes, 2 de julio de 2012

Consulta con la almohada


La antigua Corea fue influenciada por corrientes religiosas llegadas de China, con sus costumbres y enseñanzas.  Entre ellas, están la de los funcionarios religiosos que recorrían los caminos, peregrinando a distintos santuarios y compartiendo la vida de la gente en las posadas y aldeas.  De estos ambientes surgieron valiosos cuentos, como el titulado “ La almohada maravillosa”.

“Cierto día una anciano sacerdote se detuvo en una posada situada a un lado de la carretera. Una vez en ella extendió su esterilla y se sentó poniendo a su lado las alforjas que llevaba.

Poco después llegó también a la posada un muchacho joven de la vecindad. Era labrador y llevaba un traje corto, no una túnica como los sacerdotes o los hombres entregados al estudio. Se sentó a corta distancia del sacerdote y a los pocos instantes estaban los dos charlando y riéndose alegremente.

Labradores arando el campo de arroz.
Kim Hong-Do
Coreano (1745-1806)
De vez en cuando el joven dirigía una mirada a su pobre traje y, al fin, dando un suspiro, exclamó:
-¡Mira cuán miserable soy!

-Sin embargo – contestó el sacerdote –, me parece que eres un muchacho sano y bien alimentado. ¿Por qué, en medio de nuestra agradable charla, te quejas de ser un pobre miserable?

-Como ya puedes imaginarte – contesto el muchacho –, en mi vida no puedo hallar muchos placeres, pues trabajo todos los días desde que sale el sol hasta que ha anochecido. En cambio, me gustaría ser un gran general y ganar batallas, o bien un hombre rico, comer y beber magníficamente, escuchar buena música o, quizá, ser un gran hombre en la corte y ayudar a nuestro soberano, sin olvidar, naturalmente, a mi familia que así gozaría de prosperidad. A cualquiera de estas cosas llamo yo vivir digna y agradablemente. Quiero progresar en el mundo, pero aquí no soy más que un pobre labrador. Y, si mi vida no te parece miserable, ya me dirás qué concepto te merece.

Nada le contestó el sacerdote y la conversación cesó entre ambos. Luego el joven comenzó a sentir sueño y, en tanto que el posadero preparaba un plato de gachas de mijo, el sacerdote tomó una almohada que llevaba en sus alforjas y le dijo al joven:

-Apoya la cabeza en esta almohada y verás satisfechos todos tus deseos.

Aquella almohada era de porcelana, redonda como un tubo y abierta por cada uno de sus dos extremos. En cuanto el joven hubo acercado su cabeza a ella, empezó a soñar: una de las aberturas le pareció tan grande y brillante por su parte inferior, que se metió por allí, y en breve, se vio en su propia casa.

Transcurrió algún tiempo y el joven se casó con una hermosa doncella. No tardó en ganar cada día más dinero, de modo que podía darse el placer de llevar hermosos trajes y de pasar largas horas estudiando. Al año siguiente se examinó y lo nombraron magistrado.

Dos o tres años más tarde y siempre progresando en su carrera, alcanzó el cargo de primer ministro del Rey. Durante mucho tiempo el monarca depositó en él toda su confianza, pero un día aciago se vio en una situación desagradable, pues lo acusaron de traición, lo juzgaron y fue condenado a muerte. En compañía de otros varios criminales lo llevaron al lugar fijado para la ejecución. Allí le hicieron arrodillarse y el verdugo se acercó a él para darle muerte.

De pronto, aterrado por el golpe mortal que esperaba, abrió los ojos y, con gran asombro por su parte, se encontró en la posada. El sacerdote estaba a su lado, con la cabeza apoyada en la alforja, y el posadero aún estaba removiendo las gachas cuya cocción aún no había terminado.

El joven guardó silencio, comió sin pronunciar una palabra y luego se puso en pie, hizo una reverencia al sacerdote y le dijo:

-Te doy muchas gracias por la lección que me has dado. Ahora ya sé lo que significa ser un gran hombre.

Y dicho esto, se despidió y, satisfecho, volvió a su trabajo, que ya no le parecía tan miserable como antes.”


Materiales de almohada.

            Sorprende en el cuento que la almohada esté hecha de porcelana.  Durante siglos, los artesanos chinos usaron variados materiales para crear llamativos ejemplos de este objeto para dormir.  Crearon verdaderas maravillas con madera, bambú, cerámica, cuero, jade, piedra, vidrio, algodón y seda.
Almohada de porcelana
(China, s. VI d.C.)

            No todos eran objetos blandos para poner la cabeza al momento de dormir. Buscaban que el material fuese adecuado para el clima del lugar y la estación del año.  Otras veces tenían usos prácticos.  Como la almohada “caja”, que podía cerrarse con candado.  En ella se guardaban documentos importantes, joyería y otros objetos de valor.  Cuando el dueño dormía, la almohada era una caja fuerte a prueba de robos.  En los viajes, servían para transportar cómodamente los valores.

            En otros lados del mundo se siguieron también estos criterios.  En Egipto, debido al calor constante, se usaban reposacabezas.  Eran instrumentos rígidos.  Podían adornarse con una serie de símbolos, inscripciones o deidades.  Así tenían una carga mágica que protegía al usuario.

Apoyacabezas
(Egipto, ca. 2600 a.C.)
            Más allá del material usado para su confección, la almohada representa un umbral entre la vigilia y el sueño.  Allí se apoya la cabeza, que es el centro del hombre y el símbolo del universo entero.  Allí dejamos el camino del razonamiento lógico, propio del estar despiertos, para entrar en el mundo de la intuición y de la fantasía, propio de los sueños.

            Cuando se dice “consultar con la almohada”, es buscar la verdad al dormir y soñar.  No es una mera reflexión en silencio.  Es apagar la luz, dejar que se caigan las defensas concientes, y sumergirnos en las sugestiones y símbolos que se manifestarán en el sueño.  Es lo que le sucede al labrador del cuento.


Fecundación de la tierra.

            El labrador del cuento siente que su trabajo está lejos de la dignidad humana.  Su túnica corta lo aleja de aquellas posiciones que considera importantes: general, cortesano u hombre rico.  El sueño le muestra la degradación que encierran esas situaciones.

            Universalmente se considera que la labranza es un acto sagrado, y sobre todo un acto de fecundación de la tierra.  En ese oficio el hombre es un ser trascendente, intermediario entre el cielo y la tierra. 

            En la antigua China, la autoridad invocaba la lluvia antes de iniciar la labranza.  El agua caída se consideraba la simiente del cielo.  Luego la primer labranza la realizaba la pareja, y que muchas veces culminaba la tarea con la unión sexual.  El arado representa al varón y el surco a la mujer.  En aquellas regiones, el fruto de la penetración de la tierra es el embrión de lo inmortal.

            En toda la tradición, la labranza es una tarea que simboliza el esfuerzo espiritual, de donde saldrá el fruto que no muere nunca, la unión con Dios.  También la Biblia se hace eco de esta interpretación, cuando San Pablo dice: “Porque nosotros somos cooperadores de Dios, y ustedes son el campo de Dios” (Primera carta a los Corintios, capítulo 3, versículo 9).

            El silencio final del labrador, y el agradecimiento al anciano, muestran que entendió el sentido sagrado de su tarea.  A la vez, nos invita a descubrir el sentido de nuestra propia existencia que a lo mejor la encontraremos al consultarlo con la almohada.


Recuerdos secretos
Seund Ja Rhee (coreano, 1918-2009)

viernes, 22 de junio de 2012

HEREDARÁS EXPERIENCIA


             “Me parece, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la experiencia misma, madre de todas las ciencias”. Así le decía don Quijote de la Mancha a Sancho, su escudero, quien siempre tenía algún dicho a flor de labios. 

            El relato tradicional “El próspero comerciante y su hijo”, tomado de una recopilación de cuentos de Medio Oriente, nos muestra aspectos valiosos de la experiencia.

“En cierta oportunidad, un rico y acaudalado comerciante de telas de la ciudad de Babilonia, hallándose muy próximo el momento de transmitirle a su hijo toda su fortuna, lo condujo a una aldea muy pobre con el objeto de que el contacto con aquellos menesterosos seres le hiciera comprender el valor de la inmensa fortuna que muy pronto recibiría de su padre.  De este modo, el rico comerciante, confiando en que la visión de la pobreza era una instrucción más valiosa que la prédica o el consejo, emprende junto a su hijo el viaje hacia una de las aldeas más pobres.
Escena de aldea
Manuel García Moia
(nicaragüense, nacido en 1936)

En el camino hablaban animadamente y el padre le decía:

- Debes saber, hijo, que en el atesorar la riqueza también reside el preservarla.  De nada valen los bienes que heredes sino te los apropias luego y no puedes retenerlos.  Y para ello, debes conocer lo que te aguarda si no prevalece en ti la prudencia.

Tan pronto como llegaron, el padre le ofrece a uno de los aldeanos una paga suficiente para que los albergue en su casa a él y a su hijo durante una semana, pero éste la rechaza aduciendo que era un honor el recibirlos.  Sin embargo, no evitó que el sorprendido aldeano le preguntara al rico comerciante:

-¿Por qué un señor como tú y tu hijo quieren permanecer aquí durante una semana?

-Noble aldeano, replicó el padre, estoy instruyendo a mi hijo.

Padre e hijo se instalaron en la humilde choza del aldeano y convivieron con él durante una semana.  Durmieron en su lecho, comieron en su mesa, bebieron de su agua, aliviaron el frío con su fuego y gozaron de la infinita hospitalidad del aldeano.

Luego de transcurrida una semana, padre e hijo partieron rumbo a su casa.  En el camino, el padre le pide a su hijo que le transmita lo que había aprendido de aquella experiencia:

-¡Fue una experiencia reveladora!

-Has conocido los rigores de la pobreza y sus privaciones, y eso te ayudará a no caer en ella.  ¿No es así?

-Así es, padre.  Sin embargo, he podido ver que aún necesitado de dinero, aquel hombre no aceptó tu paga y dijo que era un honor recibirnos, a ti y a mí.  Por lo demás, en nuestro palacio hay una piscina de fino y pulido mármol, sin embargo aquel pobre aldeano tenía todo el caudaloso río para sí mismo.  Nosotros iluminamos nuestra casa con lujosos candiles y velas, y en cambio el aldeano ilumina su choza con todas las estrellas del cielo.  En nuestras espaciosas salas se esparce la fragancia de inciensos, pero en la choza del aldeano cunden todas las exquisitas fragancias del valle.  En nuestro palacio hay músicos que ejecutan bellas melodías, pero el aldeano puede escuchar todos los días la bella sinfonía de los bosques, el arrullo de las aves, y el canto de las luciérnagas.  Nuestro palacio es muy grande, pero el aldeano tiene toda la extensión de las montañas y de los valles.  Nosotros debemos ir al mercado para adquirir nuestras provisiones, el aldeano dispone de ellas en todo momento.  Y cuando termina su jornada hay siempre una sonrisa en su boca, mientras que tú vives preocupado por tu trabajo y ya no sonríes.

Así es, padre.  Gracias a ti, he aprendido lo rico que puedo ser.”


La vida en la tierra.

            La vida humana se manifiesta en la tierra que, como bien dice el hijo del comerciante, encierra una inmensidad de belleza y de beneficios para el aldeano. 

            Repasando la enumeración del joven, vemos el caudaloso río, la luz de las estrellas, las fragancias del valle, la melodía del bosque y animales, la extensión del espacio que circunda la choza.  Son imágenes de la tierra que hablan de firmeza duradera.  Nada de lo que la tierra provee se acaba pronto.  Está presente en cada momento, y nos imaginamos que también estuvo con los antepasados del aldeano como lo estará con su descendencia.

            La tierra es suave para el hombre, protege su vida.  Por ejemplo, pone a disposición del aldeano las provisiones que necesita en todo momento.   

            La palabra “humildad” está ligada al humus, tierra.  El aldeano está marcado por esta virtud, y nos recuerda que el hombre fue moldeado de barro, como se relata en el libro del Génesis de la Biblia, y en muchos relatos de los pueblos antiguos.  Esto es lo que la tierra le ha enseñado, a ser humilde, de donde surge la capacidad de anfitrión generoso como también la alegría que se nota en su sonrisa al final de cada día.

            La respuesta del hijo va mucho más lejos que la pregunta de su padre.  Describe la condición fundamental de la vida humana, que es estar unida a toda la naturaleza.  El hombre alcanza su sentido cuando percibe esta unión indisoluble.


Actitudes positivas.

            Las tres personas que intervienen en el cuento tienen actitudes valiosas o, como se las denomina en nuestro tiempo, positivas.

Leyendas de San Francisco
Giotto di Bondone
(italiano, 1267-1337)
            Empecemos con el padre, en quien la intencionalidad que manifiesta en el comienzo del cuento oscurece su acción.  Pero al final, el hijo le agradece su intervención.  La virtud del padre está en respetar los resultados de la experiencia, aunque no sean los esperados.  Se interesa por las conclusiones que tiene su hijo, pero no le impone ninguna interpretación previa.  El pedagogo tiene la función de acompañar en la experiencia, dejando que el aprendiz entienda la realidad desde su propia visión. 

            El caso del hijo es más claro, pues se da cuenta de la vinculación que tenemos todos con la naturaleza, una relación de vida.  Su mirada nos recuerda a San Francisco de Asís (italiano, 1182-1226), quien también tenía un padre comerciante en telas, pero menos benevolente que el del cuento.  Este santo puso de manifiesto una cosmovisión llena de agradecimiento a Dios y de admiración por la obra de sus manos.  La mirada de San Francisco fue una importante influencia en toda la cultura occidental.  Es una fuente de paz y alegría, y al mismo tiempo de incisiva denuncia a lo más oscuro de nuestro tiempo.

            La situación del aldeano es la de la mayoría de los seres humanos.  Son los que viven toda su vida en un mismo lugar y hacen de la naturaleza su hogar.  Pueden estar en sencillas aldeas o en los centros urbanos, pero en todas las situaciones encuentran los caminos de vinculación con la creación.  Como el aldeano, son humildes y prácticos, arraigados a su tierra.  Más que grandes razonadores, encontraremos en ellos una actitud mística ante el universo.

            Una síntesis de las actitudes mencionadas es el Cántico de las Criaturas, un poema de San Francisco de Asís, del cual reproducimos algunas estrofas.


“Alabado seas, mi Señor,
en todas tus criaturas,
especialmente en el Señor hermano sol,
por quien nos das el día y nos iluminas.

Y es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.

Alabado seas, mi Señor,
por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento
y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo,
por todos ellos a tus criaturas das sustento.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual iluminas la noche,
y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

Alabado seas, mi Señor,
por la hermana nuestra madre tierra,
la cual nos sostiene y gobierna
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.”

Paisaje con árboles
Georges Rouault (francés, 1871-1958)

miércoles, 13 de junio de 2012

LA INCONSTANTE OPINIÓN


            Entre las circunstancias favoritas de los cuentos se encuentran los viajes.  Suponemos que esto se debe a que en toda la tradición humana la vida del hombre es considerada como una travesía, un peregrinaje.  Al ser humano contemporáneo se lo llama a la vez homo sapiens y homo viator.

Sin título.
Henri Micheaux (belga, 1899-1984)
            Tomamos un cuento de viaje de la región conocida como el Magreb.  Es en el norte de África. “La inconstante opinión” es la versión de la recopilación de cuentos sufis hecha por Guido Tavani, un antropólogo italiano fallecido en 2003.  

            “En cierta oportunidad, Hasam y su hijo emprendieron un viaje.  Y dado que el viaje era extenso, prefirió que su hijo viajara montado en el burro mientras que él haría el trayecto a pie.  Al pasar por una aldea, alguien dijo:

-  ¡Miren a ese niño joven y fuerte! Así es la juventud de hoy en día.  Ya no respeta a los mayores. En lugar de cederle el burro a su padre, lo hace caminar bajo este sol abrasador. 

            Cuando se alejaron, su hijo se sintió muy avergonzado y le pidió a su padre que montara sobre el burro y el niño caminaría a su lado.

            A los pocos minutos, pasaron frente a otra aldea y alguien dijo:

-  ¡Miren eso!  Aquel pobre niño tiene que caminar mientras que su padre se encuentra tan cómodo montado sobre el burro.

            Luego de alejarse de esta última aldea, Hasam le dijo a su hijo:

-  Será mejor que ambos caminemos y así nadie volverá a quejarse cuando nos vean pasar. 

            Así, continuaron su viaje, uno a cada lado del burro.  Pero, al pasar frente a otra aldea, alguien dijo:

-  ¡Miren a ese par de tontos! ¡Ambos caminan bajo este sol ardiente y ninguno de ellos lo hace montado sobre el burro!

            Cuando se alejaron, Hasam hizo montar a su hijo en el lomo del burro y le dijo:

-  Nunca te atengas a las opiniones de los otros.”


Hefesto montado en burro.
Alfarería griega (s. V a.C.)
La reflexión de la tradición.

            Comenzaremos por lo que dice la tradición.  Luego desarrollaremos dos símbolos que están contenidos en el cuento, para ayudarnos a descubrir más enseñanzas.

            La tradición sufí dice: “Este breve relato muestra que la opinión de la mayoría no revela sabiduría alguna sino que responde a los apetitos, inclinaciones y ánimo de las circunstancias.  Sin embargo, algo tan cambiante e incierto es adoptado por la mayoría como un criterio de corrección con arreglo al cual mide y modela sus propios juicios.  Por ello, tal como le dijo Hasam a su hijo, no vale la pena atenerse a algo tan cambiante e inestable como la opinión de los otros.

            No permitas pues, que esta opinión te desvíe del camino ni obres en consecuencia con ella.”


El animal de transporte.

            El burro es casi universalmente el emblema de la oscuridad, y a veces de las tendencias satánicas.  Por ejemplo, en Egipto el asno rojo es una de las entidades más peligrosas que encuentra el alma en su viaje después de la muerte.  Se lo suele asociar a una bestia escarlata que aparece en el libro del Apocalipsis.

            Popularmente el burro es asimilado a la ignorancia.  El arte del Renacimiento ha pintado diversos estados anímicos feos con los rasgos del asno.  A veces ilustró el desaliento espiritual, otras veces fue la pereza o la depresión moral.  También significó la estupidez, la incompetencia.  Dentro del marco institucional, el burro simbolizó una obediencia tonta a la autoridad.  Todos estos males, quedan potenciados con el ser terco.

Entrada de Cristo en Jerusalén.
Giotto di Bondone
(italiano, 1267-1337)
            En la tradición cristiana, hay dos situaciones que llaman la atención sobre esta interpretación.  La primera, es la aparición del burro en la escena de la Navidad.  La segunda es cuando Jesús entra en Jerusalén montado en un jumento en la Fiesta de Ramos.

            En cuanto a la Navidad, el burro aparece en contraposición con el buey, es decir, las tendencias maléficas frente a las tendencias benéficas.  Es la presentación de Cristo como resolviendo los opuestos. El bien y el mal, la luz y la oscuridad, el cielo y la tierra, se unen en alguien que supera todo, el príncipe de la paz.  Lo mismo sucede con la entrada en Jerusalén, es el Redentor montado y dominando las fuerzas maléficas.


El dador de leyes

            El segundo símbolo presente en este cuento es la figura del padre.  Este símbolo, en nuestro tiempo, tiene mala reputación.  Es una figura interpretada como inhibidora y, en casos más extremos como castradora.   Tradicionalmente es el símbolo de la posesión, del dominio y del valor.  Representa toda figura de autoridad: jefe, patrón, profesor, protector. Es el que dicta las leyes y funda las instituciones de todo tipo.

            En el cuento sentimos que las opiniones de los pobladores van dirigidas especialmente al padre, que no logra resolver el orden del viaje.  La razón de este sentimiento crítico, propio de nuestro tiempo, es porque se concibe el papel paternal como una influencia que priva, limita, molesta y mantiene en la dependencia. 

            A diferencia de lo que despierta en la mentalidad contemporánea, en los mitos de los orígenes, el padre alcanza grandeza cultural.  Su papel de creador se funde con la imagen del cielo. En la tradición, como también para mucha gente de todos los tiempos, la figura del padre despierta el sentimiento de una ausencia, una falta, que sólo el autor de los días podrá colmar.  Se convierte en un ideal a alcanzar, en lo que queremos llegar a ser. 

            Volviendo al cuento, al mirar los símbolos nos encontramos con una nueva dimensión, junto a la que propone la tradición.  Vemos al ser humano que somos todos, caminando como hijos por la vida.  Las opiniones sobre el sentido de nuestro caminar son inestables y cambiantes. Unos dicen que debemos dominar por completo a los instintos oscuros, representados por el burro. Otros plantean que debemos dejar que las autoridades hagan esta tarea.  Otros que debemos caminar con humildad, sabiendo que hay partes oscuras en nuestra vida y no por eso dejar de andar. 

            Y es Hasam, el padre del relato, que nos invita a escuchar sinceramente lo que nos dicte el corazón, y a obrar en consecuencia, sin depender de las opiniones de los demás.


La feria de Simoca.
Alfredo Gramajo Gutiérrez (argentino, 1893-1961)

lunes, 4 de junio de 2012

EL PEDIDO DE LA ANCIANA


             Los cuentos populares se ocupan de temas que resultan difíciles en otros ámbitos.  Esta habilidad la consiguen con la larga trayectoria que tienen, pasando de boca en boca y recorriendo distintas civilizaciones.  Las narraciones dan un sentido a cosas que parecen muy enredadas.  Al leerlos, sentimos un cierto alivio, aunque no nos curen las heridas de la incertidumbre.

Vieja mesándose los cabellos
Quentin Massys
(flamenco,1466-1530)
            “El peral de la tía Miseria” es un cuento popular español, atribuido a diferentes regiones, como son Murcia, Andalucía o Castilla.  Probablemente estas sean las estaciones del viaje que ha realizado atravesando la vida humana. 

La tía Miseria era una pobre anciana que vivía de limosnas. Tenía un hijo, llamado Ambrosio (el Hambre), que andaba por el mundo, también pidiendo. Y poseía un perro mil razas, que la acompañaba en la pequeña choza en que habitaba. Junto a la misma tenía un peral, del que obtenía poco fruto, pues los chicos del pueblo le robaban las peras apenas maduraban.

Un día llegó a la puerta de su casa un hombre pobre y, como helaba fuera, la tía Miseria lo acogió en la choza. Compartió con él lo poco que tenía para cenar y le fabricó un rudimentario jergón para que pudiera dormir. Al despertar, por la mañana, también le ofreció un humilde desayuno.

El pobre, agradecido, se dirigió entonces a Miseria diciéndole:
-En vista de tu noble corazón, voy a concederte un deseo pues, aunque me veas vestido como un pobre, en realidad soy un ángel del cielo.

Aunque Miseria no quería nada, el santo insistió y, entonces, se acordó la anciana del peral:
-Éste es mi deseo -dijo-: que cuando alguien suba al peral, no pueda bajar sin mi permiso.

Al instante le fue concedido el deseo, y fue la idea tan definitiva que, al cabo de poco tiempo, tras algunos palos de bastón y no pocos jirones en sus ropas, no volvió a acercarse al peral un solo zagal.

Así pasaron largos años, hasta que un hombre alto y seco, con una guadaña, se acercó a la puerta de la choza y comenzó a llamar a la tía Miseria:
-Vamos, Miseria, que es hora.

Miseria, que reconoció rápidamente a la Muerte, no pareció estar muy de acuerdo:
–¡Hombre, ahora que empezaba a disfrutar algo de la vida! –le dijo–. ¿Por qué no me haces el favor de juntarme esas cuatro peras del árbol, mientras yo me preparo para el viaje?

La Muerte, ingenua, se dispuso a agarrar las peras y, como estaban en todo lo alto, no tuvo más remedio que subir al árbol. En ese momento escuchó la carcajada de Miseria que, asomada a la ventana, le decía:
-¡Muerte fiera, ahí te quedarás hasta que yo quiera!
Y quiso Miseria que allí se quedara, hiciera calor o helara, durante muchos años. Tantos que en el mundo empezó a sentirse la falta de la Muerte. Nadie moría, ni en las guerras, ni por enfermedad, ni por vejez. Había ancianos de más de trescientos años, en estado tan penoso que ellos mismos buscaban poner fin a su vida.

Algunos se tiraban por los precipicios, otros al mar, otros se arrojaban a las vías del tren, pero ninguno lograba su propósito y los hospitales se llenaban, sin poder atenderlos a todos.

Así hasta que la Muerte vio pasar por allí cerca a un médico, antiguo conocido y amigo de ella:
– ¡Eh, viejo amigo, acércate y observa mi estado! ¡Duélete de mi situación! ¡Avisa a las gentes del pueblo y venid a cortar este maldito árbol!

Al poco llegaron los vecinos, armados con sus mejores hachas, pero, aunque lo intentaron por todos los medios, no lograron hacer la mínima mella en el tronco del peral. Y todos los que quisieron bajar de allí a la Muerte, sólo consiguieron quedarse colgados con ella. Entonces empezaron a rogar a la vieja Miseria que se apiadase de ellos, de los que tanto sufrían y que permitiera bajar del peral a la Muerte y a sus acompañantes. Tanto insistieron que al fin cedió la tía Miseria, aunque le puso una condición a la Muerte:
–Que no te acuerdes de mí ni de mi hijo Ambrosio hasta que te llame por tres veces.

Accedió la Muerte, y bajó, y comenzó a cumplir con todo el trabajo que tenía pendiente, lo que la tuvo ocupada durante muchas semanas. Todos los que debieran haber muerto, veían llegar su hora. Todos menos la anciana y su hijo, que por eso viven todavía la miseria y el hambre.


El peral atrapante

            El origen español del cuento ayuda a entender que el árbol frutal sea un peral.  Es un cultivo común en esas regiones.  En un pueblo de Huelva, hay una devoción a la Virgen de la Peña, que es una Madre con Niño. Éste tiene en la mano una pera, puesto que esta fruta es un símbolo antiguo de la encarnación de Cristo.
Pera común
Atlas de las plantas de Francia
(1891)

            Esta fruta fue cultivada desde tiempos remotos por egipcios, griegos y romanos. Desde muy antiguo se ha considerado la flor del peral como símbolo del carácter efímero de la existencia, pues dura muy poco.  Es una delicada ironía que allí quede atrapada la Muerte. 

            Cuando la pera aparece en los sueños, es un símbolo típicamente erótico, lleno de sensualidad. Esto se debe probablemente al sabor dulce y al abundante jugo.  En algunos casos también se relaciona su forma con la evocación de la forma femenina.

            Los relatos populares suelen presentar relaciones simbólicas constantes, como las que se dan en este caso.  El cuento es sencillo, breve, y sin embargo encierra una sabiduría profunda, expresada con recursos poéticos muy valiosos.


Parecen personas

            Una herramienta poética es la personificación de cosas, animales o de aspectos de la vida humana.  Cuando este recurso tiene mucha complejidad, cuando simboliza cuestiones profundas de la vida humana, se lo llama con un término específico: alegoría.  En el cuento citado, la tía Miseria como la Muerte son dos claras alegorías.  También lo es el mendigo alojado por la anciana, que luego resulta ser un Ángel.

Virgen y el Niño
Giovanni Bellini
(Italiano, 1424-1516)end_of_the_skype_highlighting
            Es notable que una manera de dar sentido a las cosas sea personificarlas.  Se las hace parecer personas, que hablan, sienten, acarician, se enojan, deciden, o simplemente piensan.  De esta manera, la realidad se vuelve un poco más comprensible.  El ser humano es como la medida del sentido de las cosas.  Cada uno aprende del universo y también cada uno, a su modo, le da sentido.

            Los cuentos usan los recursos poéticos porque quieren que entendamos con emoción. De eso se trata la belleza que encierran las narraciones populares:  de conocimientos y de sentimientos.  No solamente es saber, sino también disfrutar.  Hay razones que solamente el corazón entiende.

            Veamos cómo esta noción  de personificación nos ayuda a sumergirnos más en el siguiente ejemplo. Es un poema de Jorge Luis Borges (argentino, 1899-1986), titulado “Las cosas”:

El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,
un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde
una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.


Armonía
Wassily Kandinski (ruso, 1866-1944)

lunes, 28 de mayo de 2012

CONSIDERACIÓN DEL ESPEJO


Considerar y especular

            La palabra espejo viene del latín speculum, formada de specio (mirar) y el sufijo instrumental culum.  Entonces, significa “instrumento de mirada”.  Como en nuestro idioma es difícil pronunciar la s inicial seguida por consonante, se le agrega la vocal e.  Lo mismo sucede con spiritus, que se dice espíritu, o también stadium, que en castellano es estadio.

            Espejo está relacionado con “especular”, pues ambas tienen la misma raíz indoeuropea spk-, que significa “mirar, observar”.  No es simplemente ver, sino que es una mirada analítica, de estudio, de observación. 

            Hay una relación práctica entre espejo y especular.  Uno de los aspectos más llamativos de la realidad para los hombres de todos los tiempos, fue el cielo con sus astros.  El ser humano trató de encontrar la vinculación entre el espectáculo celestial y lo que le sucedía regularmente en su vida terrenal.  Pero había una dificultad en esta observación, pues le costaba tener puntos de referencia mirando hacia arriba.  Entonces descubrió que podía realizar mediciones sobre la imagen reflejada del cielo, sea en una superficie de agua, sea en un espejo. 
Templo de Zoroastro
Yazd, Irán.

            Especialmente las organizaciones religiosas necesitaban determinar los calendarios de celebraciones, que se fijaban de acuerdo a los astros.  En la entrada a muchos templos antiguos de varias partes del mundo se encontraban piletas redondas de poca profundidad, con marcas en los bordes.  Con el reflejo celestial podían medir los tiempos litúrgicos.

            Agreguemos ahora la palabra “considerar”, que significa, en su principal acepción, pensar, reflexionar sobre algo con atención y cuidado. Proviene del latín considerare, verbo que significa ‘examinar atentamente’. Está formada por el prefijo con- y el sustantivo sidus ‘estrella’ (como en “sideral”). En sus orígenes, significó ‘observar los astros’ en busca de agüeros y otros signos del destino.  Y para observar los astros, y entender sus mensajes, hace falta medirlos con un espejo, de vidrio o de agua.

            Así tenemos que las importantes operaciones intelectuales como son considerar y especular, están vinculadas al espejo, que es el objeto central del cuento popular japonés que se presenta a continuación, según la adaptación que realizó Juan Valera (español, 1824-1905).


El espejo de Matsuyama.

            En Matsuyama, lugar remoto de la provincia japonesa de Echigo, vivía un matrimonio de jóvenes campesinos que tenían a su pequeña hija como centro y alegría de sus vidas. Un día, el marido tuvo que viajar a la capital para resolver unos asuntos y, ante el temor de la mujer por un viaje tan largo y a un mundo tan desconocido, la consoló con la promesa de regresar lo antes posible y de traerle, a ella y a su hijita, hermosos regalos.
            Después de una larga temporada, que a ella se le hizo eterna, vio por fin a su esposo de vuelta a casa y pudo oír de sus labios lo que le había sucedido y las cosas extraordinarias que había visto, mientras que la niña jugaba feliz con los juguetes que su padre le había comprado.

-Para ti -le dijo el marido a su mujer- te he traído un regalo muy extraño que sé que te va a sorprender. Míralo y dime qué ves dentro.
Frente al Espejo
Kitano Tsunetomi
 (japonés, 1880-1947)

Era un objeto redondo, blanco por un lado, con adornos de pájaros y flores, y, por el otro, muy brillante y terso. Al mirarlo, la mujer, que nunca había visto un espejo, quedó fascinada y sorprendida al contemplar a una joven y alegre muchacha a la que no conocía. El marido se echó a reír al ver la cara de sorpresa de su esposa.

-¿Qué ves? -le preguntó con tono de broma.

-Veo a una hermosa joven que me mira y mueve los labios como si quisiera hablarme.

-Querida -le dijo el marido-, lo que ves es tu propia cara reflejada en ese lámina de cristal. Se llama espejo y en la ciudad es un objeto muy corriente.

            La mujer quedó encantada con aquel maravilloso regalo; lo guardó con sumo cuidado en una cajita y sólo, de vez en cuando, lo sacaba para contemplarse.

            Pasó el tiempo y la niña se había convertido en una linda muchacha, buena y cariñosa, que cada vez se parecía más a su madre; pero ella nunca le enseñó ni le habló del espejo para que no se vanagloriase de su propia hermosura. De esta manera, hasta el padre se olvidó de aquel espejo tan bien guardado y escondido.

            Un día, la madre enfermó y, a pesar de los cuidados de padre e hija, fue empeorando de tal manera que ella misma comprendió que la muerte se le acercaba. Entonces, llamó a su hija, le pidió que le trajera la caja en donde guardaba el espejo, y le dijo:
-Hija mía, sé que pronto voy a morir, pero no te entristezcas. Cuando ya no esté con vosotros, prométeme que mirarás en este espejo todos los días. Me verás en él y te darás cuenta de que, aunque desde muy lejos, siempre estaré velando por ti.

            Al morir la madre, la muchacha abrió la caja del espejo y cada día, como se lo había prometido, lo miraba y en él veía la cara de su madre, tan hermosa y sonriente como antes de la enfermedad. Con ella hablaba y a ella le confiaba sus penas y sus alegrías; y, aunque su madre no le decía ni una palabra, siempre le parecía que estaba cercana, atenta y comprensiva.

            Un día el padre la vio delante del espejo, como si conversara con él. Y, ante su sorpresa, la muchacha contestó:
-Padre, todos los días miro en este espejo y veo a mi querida madre y hablo con ella.

            Y le contó el regalo y el ruego que su madre le había hecho antes de morir, lo que ella no había dejado de cumplir ni un solo día.

            El padre quedó tan impresionado y emocionado que nunca se atrevió a decirle que lo que contemplaba todos los días en el espejo era ella misma y que, tal vez por la fuerza del amor, se había convertido en la fiel imagen del hermoso rostro de su madre.


¿Qué refleja el espejo?
           
            El espejo es un instrumento muy valioso en el orden del conocimiento.  Si seguimos con atención el cuento, vemos que el espejo refleja la verdad, la sinceridad, el contenido del corazón y de la conciencia.

Madre y niña
Mary Cassat
(estadounidense, 1844-1926)
            En la tradición de Japón el espejo se lo usa para la revelación de la verdad, y en la misma medida, de la pureza.  Se cuenta que cuando algún dios realiza el juicio del hombre, utiliza un espejo que representa el orden de la realidad.  Si la imagen que allí se refleja es clara, entonces ese ser pasa a una mayor plenitud de vida.

            Aplicado a cada hombre, el espejo es símbolo de la sabiduría y del conocimiento; el espejo cubierto por el polvo es el espíritu oscurecido por la ignorancia.

            Junto a esta idea de reflejar una imagen, aparece otra función del alma humana.  Ella, al convertirse en un perfecto espejo, participa de la imagen y por esta participación sufre una transformación.  Es la hija del cuento, que se va transformando en la imagen de su madre, que lleva en su corazón.

            Hay otras dimensiones en el significado del espejo, que se usan en otros cuentos.  Un ejemplo de esto pueden ser aquellos relatos en los cuales los espejos muestran el futuro, o son testimonios del pasado.  Pero nada de esto está en el cuento que acabamos de citar.

            En esta ocasión toda la intención está puesta en que se pueda entender que nuestro espíritu, como un espejo, no está limitado a reflejar la sabiduría y la belleza, sino a transformarse en ellas.  No nos alcanza con repetir lo que otros saben, sino también ser nosotros mismos sabios, participar de la sabiduría de la realidad.

Joven con espejo
Nicolae Grigorescu (rumano, 1838-1907)
 
            

domingo, 20 de mayo de 2012

ENGAÑO CON HIERRO


             Los cuentos pasan por las civilizaciones, asumiendo detalles propios de cada una de ellas, pero manteniendo el mismo argumento.  Esto muestra que hay muchas cosas en común en los seres humanos de distintas épocas y lugares.  Este pensamiento, unido a otras pruebas, nos llevaría a vislumbrar la unidad de la vida humana. 

Detalle del Tríptico de Mérode.
Robert Campin
(flamenco, 1375-1444)
            Cada uno de nosotros es único, pero no totalmente original. Con nosotros no empieza nada absolutamente nuevo.  Somos como una parte de un único cuerpo humano que nos trasciende, pero que a la vez da sentido a nuestra vida individual.  Así es la realidad, y de aquí nace nuestra responsabilidad con respecto a los demás, a otros seres humanos que siempre son parte de nuestra existencia.

            El cuento que citamos a continuación es del libro “Cuentos y Apologías” de León Tolstoi (ruso, 1828-1910), adaptado por J. de Placencia y publicado en 1949.  El texto, a su vez, es una sencilla adaptación de un cuento que está en la colección llamada “Calila y Dimna” del siglo VI d.C., un texto árabe que a su vez toma relatos del “Panchatantra”, un libro hindú del siglo III a.C.  Siendo esta la historia del texto escrito, imaginemos qué amplia es la historia del relato oral.


Los ratones que comían hierro

Un comerciante en hierros, al ir a emprender un largo viaje dejó sus mercancías en casa de un comerciante rico para que se las guardara. Cuando volvió del viaje se fue a casa de su amigo a recoger las mercancías cuya guarda le había encomendado. Pero, con gran sorpresa suya, el otro dijo al verle:

-Tus mercancías se han estropeado. Nada tengo que entregarte.
La fábula de los ratones
Pierre Lombart
(
francés, 1613-1682)

-¡Cómo!

-Sí, las dejé en el desván y los ratones han roído el hierro. Si no quieres creerme puedes subir a verlo tú mismo.

El comerciante pobre no discutió y dijo sencillamente:
-Puesto que tú lo afirmas es bastante. No hace falta mirar. Desde hoy ya sé que los ratones comen hierro. Adiós.

Y se fue. Ya en la calle vio a un niño, hijo del comerciante rico, que estaba jugando. Le acarició, le tomó en sus brazos, y se lo llevo a su casa.

Al día siguiente el comerciante rico fue a ver al pobre y le contó la desgracia que le agobiaba: le habían robado a su pequeño hijo y pedía consejo a su amigo para poder encontrarlo.

Ayer-repuso el comerciante pobre,-cuando salía de tu casa, vi justamente cómo un gavilán se apoderaba de un niño y se lo llevaba por los aires. Sin duda era tu hijo.

-¿Quieres burlarte de mí?- exclamo el rico lleno de cólera. ¿Cuándo se ha visto que un gavilán se lleve a un niño por los aires?

-No, no me burlo. Poco puede extrañar que un gavilán robe a un niño, en estos tiempos en que los ratones comen hierro. Todo puede suceder...

Reflexionó entonces el rico.
-Tu hierro- dijo al fin- no lo comieron los ratones. Yo lo vendí. Daría el doble de su precio porque el gavilán no se hubiese llevado a mi hijo.

-Yo puedo, en cambio, hacer que recobres a tu hijo, ya que los ratones no se han comido el hierro.

Y se fue a llamar al niño.


Opiniones sobre el cuento.

            Una de las etapas de este cuento es el paso por el libro llamado “Calila y Dimna”.  El título es el nombre de dos lobos, que en el relato conversan entre ellos sobre la relación que tienen con el rey, que en este caso es un león.  Calila le dice a su compañero la historia de los ratones que comían hierro y luego, mediante una conclusión, le hace un  severo reproche.

De un Manuscrito sirio 
de Calila y Dimna.
Ca. 1200-1220
            Dijo Calila a Dimna: “Te he contado este ejemplo para que sepas lo que puedes hacer contra los demás, si te has atrevido a traicionar a tu propio rey.  Ya sé que en ti no hay dignidad alguna, y no sabes que en el mundo no hay nadie peor que aquel que cree en quien no es digno de crédito, quien enseña al que no aprende, quien es generoso con el no agradecido y que quien revela un secreto al que no lo guarda.  No espero que pueda cambiar tu forma de ser, sino que permanecerás en condiciones con que naciste.  ...Sé que no harás caso a mis palabras, porque el mundo nunca dejará de ser como es: los ignorantes detestan a los sabios, los necios a los nobles, los malos a los buenos y los depravados a los rectos”.  Por supuesto, esta fue la última conversación entre ellos. 

            Mauro Yberra (seudónimo común de dos escribidores, Eugenio Díaz Leighton y José Leal, ambos nacidos Chile en 1946) nos da otras pautas para pensar el cuento.  Dice que este libro de cuentos es difícil en sus conclusiones, pues presenta moralizaciones alargadas y confusas, pero no deja nunca de ser encantador.  El mensaje es enmarañado.  Las conclusiones principales pueden ser éstas: hay que ser desconfiados, prudentes y ladinos.  Si nos sorprenden distraídos, estamos perdidos.  Sin embargo, no hay que dejar de ser honestos.  Hay un valor que se salva y es exaltado en distintas circunstancias: la amistad.  Y si alguien es capaz de aprovechar esta suma de consejos contradictorios, se supone que logrará la salvación eterna sin sobresaltos.


El detalle del hierro.

            Como en todos los cuentos, no solamente tenemos que buscar los elementos que hacen a la moral o recta conducta, sino también prestar atención a los símbolos que se utilizan para narrar la historia.  En ellos están presentes indicaciones que nos pueden resultar valiosas para la búsqueda de la felicidad.  Entre los símbolos del cuento, destacamos al hierro que supuestamente comen los ratones.

            El hierro se toma comúnmente como símbolo de robustez, de dureza, de obstinación, de rigor excesivo, de inflexibilidad.  Aunque la vulgaridad de este metal no es una noción constante, prevalece con firmeza su significado negativo.  El hierro es el principio activo que modifica la sustancia inerte, como el arado, el cincel y el cuchillo, pero a la vez es el instrumento satánico de la guerra y la muerte violenta.

            El poeta Hesíodo (griego, siglo VII a.C.) enseña que la humanidad pasará por varias etapas.  La más terrible será caracterizada como el tiempo de la raza de hierro, que simboliza el reino de la materialidad, de la regresión hacia la fuerza brutal de la inconsciencia. Citamos de su libro “Los trabajos y los días”: “Ningún valor se atribuirá ya al juramento, ni a lo justo, ni al bien; sólo se respetará al inicuo y al violento; el único derecho será la fuerza, la conciencia no existirá”.

            En el cuento que nos ocupa no está presente la edad de hierro.  Una señal evidente es que el comerciante que lo trabaja es pobre.  El relato es un preanuncio de lo que ha de venir, de un tiempo en donde el hierro tendrá un lugar importante en la vida diaria.  Probablemente esto era lo que intentaba decirle Calila a Dimna con las expresiones tan duras citadas más arriba.

            Los cuentos nos ayudan a entender el universo, a disfrutar de los buenos tiempos, y a tener presencia de ánimo en las edades oscuras.


Aguila meciendo a un niño.
Walton Ford (estadounidense, n. en 1960)


viernes, 4 de mayo de 2012

LO QUE ESPANTA



El siguiente cuento ha sido tomado de Susana Chertudi, Cuentos Folklóricos de la Argentina (1a. serie). Instituto Nacional de Filología y Folklore, Bs. As., 1960.  Ha arraigado en varios lugares de América Latina, como es en Perú, Chile o Argentina, pero su origen es español.

            Por los estudios hechos por Aurelio Espinosa (padre) (norteamericano, 1880-1958) sabemos que en aquella tierra se lo conoce como Juanito Malastrampas, un artesano pícaro e ingenioso, parecido al sastre del cuento que se presenta.  Hay también algunas versiones en gallego, catalán y portugués.

El sastre, el zapatero y los ladrones.

“Hace ya mucho tiempo había un pobre sastre que debía dinero a todo el mundo. Le debía al carnicero, al panadero, a la tienda, al almacenero, al verdulero, al boticario, al médico y al zapatero. Ganaba con su oficio muy poca plata y eso no le alcanzaba ni siquiera para poder vivir en la forma más modesta. Cada día más amargado por eso, decidió una vez hacerse el muerto, para que todos los vecinos acreedores le perdonen sus deudas.

El sastre del pueblo
Albert Samuel Anker
(suizo, 1831-1910)
Al recibir la noticia, que corrió enseguida de boca en boca, la gente del lugar se sintió conmovida y se olvidó de los reales que tenían que cobrarle al pobre sastre. El único que se negó a perdonar fue el zapatero del pueblo, avaro y testarudo.

–A mí me debe un real y me lo va a pagar por más muerto que esté –dijo–. Me lo va a pagar como que hay un solo Dios verdadero.

De acuerdo a la costumbre de aquella época, los amigos del sastre llevaron a la noche su cadáver para ser velado en la iglesia, hasta que llegara la hora de ir a sepultarlo en el cementerio. El zapatero se fue a la iglesia, se arrimó al cajón donde estaba el sastre y le gritó:

–¡Dame mi real, dame mi real!

En eso estaba, cuando al sentir la llegada de unas cuantas personas, el zapatero se apresuró a esconderse en un confesionario. Los que llegaban eran unos ladrones que venían a repartirse allí el dinero que habían robado en sus andanzas. Lo hicieron en siete montones, uno de más, porque ellos sólo eran seis.

–¿Para quién es el montón de más? –preguntó uno.

–Para el que le dé al muerto una puñalada en la barriga –le respondió el jefe.

Al oírlo, el ladrón que había hecho la pregunta dijo:

–Yo se la daré.

Se acercó así al muerto, y ya le iba a clavar su cuchillo, cuando el muerto se levantó de un gran salto, gritando:

–¡Ayudemén los difuntos!
Puesto de zapatero
remendón, 1737

Libro de P. Lecroix y
A, Duchesne.

–¡Allá vamos todos juntos! –contestó el zapatero desde su escondite del confesionario.

Entonces los bandidos, temblando de miedo, se olvidaron del reparto del dinero y salieron de la iglesia corriendo como avestruces perseguidos.

Mientras tanto el zapatero le decía al sastre:

–Ahora dame mi real, dame mi real.

El sastre, que se había apoderado de todo el dinero de los ladrones, no quería dárselo y el zapatero le repetía con rabia:

–¡Dame mi real, dame mi real!

Uno de los bandidos, el más valiente de todos ellos, se detuvo en su carrera y le dijo a los otros:

–Esperen, esperen aquí. Yo voy a ver qué es lo que pasa allá en la iglesia.

La casualidad quiso que llegara a ella en el mismo instante en que el zapatero le decía al sastre:

–¡Dame mi real, dame mi real!

Entonces el ladrón salió nuevamente a todo escape y llegó y le dijo a sus compañeros, tartamudeando todavía del tremendo susto que se había llevado:

–¡Sigamos, sigamos corriendo, que allá se están repartiendo el dinero todos los difuntos a razón de un real por barba!”


La huída de los ladrones

            El grupo de ladrones representa un aspecto siniestro de la vida social.  Son bandas que no tienen miedo a nada, apoderándose de bienes en forma violenta.  Su lado oscuro está en la violencia que ejercen para lograr esos bienes.  En el cuento esto está claramente plasmado con la oferta que hace el jefe de una parte del botín para aquel que le clave un cuchillo al muerto. 

Okiku
Tsukioka Yoshitoshi
 (japonés, 1839-1892) 
            De pronto, estos seres malévolos encuentran algo mucho más fuerte que ellos, que los hace huir.  La fuente del miedo es el falso muerto que se mueve y grita. Ellos no saben que es falso, creen a pie juntillas en los fantasmas o apariciones.

            En las culturas ancestrales, también las latinoamericanas, se cree que el alma es algo intangible y que puede seguir vivo, en forma de fantasma o espíritu, tras el deceso del cuerpo. Es decir, una vez muerta la persona, su alma puede retirarse a un lugar misterioso o puede quedar condenada a vagar como alma en pena.  Su función es volver al reino de los vivos para vengar ofensas, cobrar a los deudores, castigar a los infieles y espantar a los incautos.

            Las apariciones siempre son en la penumbra, en pozos, parajes solitarios o casas abandonadas.  Un lugar privilegiado es la iglesia, como en el caso del cuento.  Suelen ser luminosas cuando son almas del Purgatorio, y tienen formas grotescas, de bulto negro, cuando son almas condenadas.

            El miedo que sienten los ladrones, acentuado por el equívoco de la segunda escena que llega a ver uno de ellos, revela uno de los temores más tradicionales en la vida humana.  Aunque en este cuento sean presentados como una comedia, hay varias enseñanzas que se vislumbran en el símbolo.

Los fantasmas nos inquietan

            En cualquier discusión sobre las apariciones puede haber variadas opiniones, desde la credulidad hasta el escepticismo, pero no dejan de causar inquietud a los participantes. 

            Los fantasmas nos hablan de nosotros mismos.  Sus apariciones son nuestros propios reflejos.  Nos muestran, de una manera original, cómo hemos elaborado nuestra identidad, y cuál es la imagen del hombre que tiene nuestra civilización.  En los aparecidos se entretejen variables culturales, psicológicas y sociales.  Muestran las concepciones del cuerpo, de la vida y de la muerte que se tienen.

            Los ladrones huyen ante los fantasmas, porque para su mundo materialista la muerte es su peor amenaza.  Son hábiles y audaces en la conquista del propio bienestar de corto alcance, pero muestran una inmensa ignorancia e incapacidad a la hora de ver la vida en toda su plenitud.  En realidad son tristes, porque saben que la amenaza de la muerte se cumple inexorablemente.

            En muchos casos, los fantasmas nos recuerdan el sentido y el deber que los hombres hemos olvidado.  Nos reflejan los problemas existenciales propios de una sociedad que en sus manifestaciones más amplias sólo presta atención a la ostentación y la fastuosidad, olvidándose de la sutil vida humana y de su condición espiritual.

            A la vez que denuncian insatisfactorias concepciones del mundo e inseguridades, los aparecidos son portadores de esperanzas, no del todo creídas.  Son la afirmación de que hay más cosas que lo racional, como son el afecto, el recuerdo o el miedo, y que la vida es siempre mucho más de lo que nos imaginamos.

Espíritu en la caída de agua
Tsukioka Yoshitoshi (japonés, 1839-1892)