jueves, 31 de enero de 2013

EL AGUA DE LA VIDA

Un cuento panameño.

La República de Panamá alcanzó su independencia en 1903. Hasta ese entonces había estado anexada a Colombia, porque se había comprometido con el pacto bolivariano en 1821. Es muy famosa por el canal construído por el hombre, que une los Océanos Pacífico y Atlántico. Este país está en un itsmo, que surgió geológicamente hace tres millones de años, uniendo los continentes ya existentes conocidos después como América del Norte y América del Sur.
PendienteChiriquí, Panamá
(s. XI - XVI).

Es uno de los países étnicamente más diversos del mundo. Su población está compuesta por mestizos, mulatos, negros, blancos e indígenas de varios orígenes. Se encuentran en su territorio gente provenientes de muchas naciones: chinos, hindúes, españoles, judíos, italianos, colombianos, griegos, árabes, costarricenses. El 68% de los panameños son mestizos, el 15% blancos, el 10% negros, el 6% indígenas y el 1% asiáticos, estos últimos en su mayoría de ascendencia china.

El cuento que se presenta a continuación está arraigado en la tradición panameña, en una versión muy antigua y anterior a otras, como la del cuento homónimo de los Hermanos Grimm.


El agua de la vida.

Era una vez que una humilde anciana vivía con sus tres hijos. Eran muy felices, hasta cuando cayó enferma la señora, y ya se estaba muriendo, pues, todos los curanderos del pueblo habían venido a airarla, pero ninguno le quitó el mal.

Uno de los hijos hizo venir a una vieja curandera, casi olvidada por el pueblo. Esta, al llegar y ver a la señora, le dijo a sus hijos:
-Esta señora le queda muy pocos días de vida y con lo único que se puede curar es bebiendo el agua de la vida.
El mayor de los hijos de la señora, dijo:
-Yo seré el que iré a buscar ese remedio.
La vieja curandera le dijo que estaba bien, que ella le iba a decir dónde quedaba esa fuente del agua de la vida. Le dijo:
-Tienes que cruzar muchas montañas, derribar muchos dragones. También le aconsejó que si lo llamaran, que no volviera para atrás la mirada, y que si se encontrara con alguno, que no lo rechazara el hacer favores si se lo pidiese.

Así fue, y el día siguiente se fue el mayor que se llamaba Juan. Al llegar a una quebrada, una anciana estaba llorando y al ver a Juan, le dice:
Caras
Iglesia de S. Fco. de la Montaña
Veragua, Panamá (1630)
-Buen muchacho, ¿llevas prisa? Hazme el favor de cruzarme a la otra orilla.
Al verla Juan, le dijo:
-¿Qué crees, vieja, que estoy hecho para cargarte?
Y siguió su camino; la vieja, disgustada, lo maldijo.

Llegó la noche y Juan todavía seguía su camino. Ya había cruzado la montaña de oro y la de plata. A la mañana siguiente, llegando al monte del dragón, oyó que le llamaban. Este Juan, no queriendo obedecer los consejos de la vieja curandera, volvió a ver hacia atrás; en ese momento se convirtió en una piedra.

Pasaron dos días y no volvía Juan, y entonces Miguel dijo:
-Yo voy a buscar esa agua.
Y al día siguiente partía, pero le sucedió lo mismo que a Juan. Pasó otros dos días más y Pedro, viendo que no venía Miguel ni Juan, decidió irse. La vieja curandera le dio los mismos consejos.

Al día siguiente, muy temprano, partió Pedro. Al llegar a la quebrada, vio a la anciana llorando y le dijo:
-Buen muchacho, ¿llevas prisa? Hazme el favor de cruzarme a la otra orilla.
Al ver este pedido, Pedro le dijo:
-Llevo prisa, señora, pero le haré el favor de cruzarla al otro lado de la quebrada.
Así lo hizo.
Al llegar a la otra orilla, Pedro bajó a la señora y ésta le preguntó: -¿No te duele la espalda?
El muchacho le dijo:
-Sí, señora. Mire como está mi espalda toda cortada y derramando sangre. Fíjese como tengo la ropa. Pero no importa, ya le hice ese favor, que me gusta habérselo hecho.
La señora lo llamó y le dio una piedra para que ella le otorgara favores. Pedro agradeció a la señora y se fue. Cruzó el monte de oro y el de plata y llegando al del dragón, sintió que le llamaban y acordándose de los consejos de la vieja curandera, no volvió su vista atrás.

Del Clásico Napakanti
Guillermo Trujillo
(panameño, n. en 1927)
Siguió su camino; al llegar al monte del dragón, se le apareció uno y vio que se le venía encima. Se acordó Pedro de la piedra y le pidió que cortara las siete cabezas del dragón y así sucedió. Pedro cruzó el monte y al llegar al otro lado oía una bulla inmensa: era el agua de la vida, y le pidió a la piedra que le concediera el deseo de poder llegar hasta donde se encontraba el agua, y así fue. Al llegar al arroyo, se encontró con un águila, que le dijo:
-Pedro, agarra esta jarra que está en el rincón, toma de esa agua y bebe. Llévate si quieres, y al ir en tu camino riega gotas de agua por donde pases, y no vuelvas a mirar atrás hasta que hayas llegado a tu casa.
Y así lo hizo Pedro, y por su camino regaba las gotas de agua.

Faltaba una hora para que la mamá de Pedro muriera si no bebía del agua esa, y cuando llegaba Pedro le faltaba medio minuto. Al entrar en la casa, dice la vieja curandera:
-Ya era tiempo, muchacho, le falta muy poco tiempo de vida a tu madre; busca un vaso y sal de aquí.
Pedro fue en busca del vaso y se lo dio a la vieja curandera.
Esta le dio el agua, pronunciando unas palabras raras y la anciana recuperó vida; estaba como nueva.

Luego le dice la vieja curandera a Pedro:
- Dios te compensará, dándote bienes y fortuna. Asómate a la puerta y ya verás algo. Al mirar Pedro, vio una multitud de gente, y entre ellos, Juan y Miguel, porque él les había dado vida, regando gotas del agua de la vida.

Después de un tiempo, Pedro se casó, siendo muy feliz, cumpliéndose las palabras de la vieja curandera.


Andando con el héroe.

Muchos cuentos de la humanidad se refieren a pequeños o grandes héroes que, ante situaciones graves, tienen que emprender un viaje para encontrar algo que sea la salvación. El camino que siguen siempre tiene obstáculos que ponen a prueba a los que se atreven a transitarlo. Algunos sucumben, como los hermanos de Pedro, hasta que finalmente el héroe logra el cometido.
Meditación
Alfredo Sinclair
(panameño, nac. en  1915)

En el cuento panameño el punto de partida es la enfermedad de la humilde anciana. La vejez es símbolo de lo sagrado, pues la persona en esta etapa de la vida muestra una conexión con las fuerzas que están más allá del tiempo. Que un ser haya resistido al desgaste del tiempo se siente como una prueba de solidez, de verdad. El anciano sugiere la fuente del río de la vida, y es por eso que muchas veces se lo asimila con los niños.

En la historia que estamos viendo, la enfermedad pone en peligro la fuente de la vida, lo más sagrado del héroe. Ante el fracaso de los hermanos, el menor, Pedro, tiene que iniciar la marcha. Por ser el más chico es el más débil físicamente, aunque va a demostrar que aún lo más pequeño es capaz de grandezas inauditas.

En el viaje está acompañado por los consejos sabios de la curandera, la que conoce el remedio para la enfermedad de la anciana madre, y también sabe dar las señales necesarias para vencer todos los obstáculos. Dos son las recomendaciones. La primera se refiere al ejercicio de la generosidad con el que encuentre en el camino, y la segunda es la concentración en la tarea, no mirar atrás ante cualquiera que quiera distraerlo de su camino.

El agua de la vida, que es la salvación para su madre, está más allá de las montañas de oro y de plata, pasando por lejos todos los bienes materiales. También hay que vencer los miedos, para lo cual nuestro héroe cuenta con la piedra que le ha sido dada en recompensa por su generosidad.

El objetivo es el agua, que en la tradición tiene tres significados principales. Es un elemento que da vida, es un medio para limpiarse o purificarse, y finalmente es un centro de regeneración, pues la gestación humana se hace en un medio acuoso en el vientre de la madre. Como dice un poema del antiguo oriente:

Vosotras, las Aguas, que reconfortan,
¡tráigannos la fuerza,
la grandeza, la alegría, la visión!

Soberanas de las maravillas,
regentes de los pueblos, ¡las Aguas!
yo les pido remedio.

Ustedes las aguas, llévense esto,
ese pecado cualquiera que sea, por mí cometido,
ese entuerto que perpetré contra quien fuere,
ese juramento falaz por mí prestado.

El cuento presentado reconoce en Pedro a todo ser humano. Pues nadie está libre de hacer, alguna vez en la vida, un camino semejante para encontrar paz, reconciliación y nueva vida. Todos somos héroes de nuestro destino, en un largo camino para el cual no hay excusas de pequeñez, de anonimato. El relato nos alienta a seguir adelante con la vida, teniendo en cuenta los dos consejos de la sabia curandera: ser generosos con quienes nos necesitan y no mirar atrás a las culpas que nos estancan, pues el agua de la vida nos purifica y nos hace nacer de nuevo.

Larga espera
Olga Sánchez Borbón
(panameña, nac. en 1921)

lunes, 14 de enero de 2013

EL ÁRBOL QUE HABLABA


El origen de la humanidad.

Pintura Rupestre
Tassili N´Ajjer, Argelia
(ca. 5000 aC)
Es todavía motivo de discusión en qué lugar apareció el primer hombre con las características modernas. Las mayoría de las teorías admiten que el homo sapiens sapiens, tal la denominación del hombre moderno, estuvo sin dudas inicialmente en África, hace alrededor de 200.000 años y de allí se expandió a los otros continentes.

Citar un cuento de origen africano supone acercarse al núcleo de nuestro origen. Además, que el relato citado haga referencia al lenguaje, nos pone ante la más importante creación del hombre primitivo. El homo sapiens sapiens estuvo capacitado para la comunicación sonora desde sus comienzos, incluso heredó una cierta lengua de sus antepasados. Pero hace 50.000 fue capaz de los grafismos de símbolos, y hace unos 7.000 años empezamos a escribir.


El árbol que hablaba

Había un lobo en la selva. Un día, cuando estaba afuera paseando, encontró a un árbol que tenía unas hojas que parecían caras de personas. Escuchó atentamente y pudo oír al árbol hablar.
El lobo se asustó y dijo:
-Hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante.

Tan pronto como hubo dicho estas palabras, alguna cosa que no pudo ver lo golpeó y lo dejó inconsciente. No sabía durante cuánto tiempo había estado allí tendido en el suelo, pero cuando despertó estaba demasiado asustado para hablar. Se levantó inmediatamente y empezó a correr.

El lobo estuvo pensando acerca de lo que le había ocurrido y se dio cuenta de que podía usar el árbol para su provecho. Se fue paseando de nuevo y se encontró a un antílope. Le contó lo del árbol que hablaba, pero el antílope no le creyó.
Figuras femenina y masculina
Congo (siglos XVIII-XIX)

-Ven y lo verás tu mismo -dijo el lobo- pero cuando llegues delante del árbol asegúrate de decir estas palabras: "Hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante". Si no las dices, morirás.

El lobo y el antílope se acercaron hasta el árbol que hablaba. El antílope dijo:
-Has dicho la verdad, lobo, hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante.

Tan pronto como dijo esto alguna cosa lo golpeó y lo dejó inconsciente. El lobo cargó con él a su espalda y se lo llevó a casa para comérselo. "Este árbol que habla solucionará todos mis problemas", pensó el lobo. "Si soy inteligente nunca más volveré a pasar hambre."

Al día siguiente el lobo estaba paseando como de costumbre. Al cabo de un rato se encontró con una tortuga. Le contó la misma historia que le había contado al antílope, y la llevó hasta el lugar. La tortuga se sorprendió cuando vio al árbol hablante.

-No creía que esto fuera posible -dijo- hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante.

Inmediatamente fue golpeada por algo que no pudo ver y cayó inconsciente. El lobo la arrastró hasta su casa y la puso en una olla. Pensó en hacer una estupenda sopa.

El lobo estaba orgulloso de sí mismo. Después del antílope y la tortuga cazó un ave, un jabalí, y un ciervo. Nunca antes había comido mejor. Siempre usaba la misma estrategia. Contaba a sus presas que debían decir que nunca antes habían visto a un árbol hablar y que si no lo decían morirían.

Todos ellos hicieron lo que el lobo les dijo y todos ellos quedaron inconscientes. Luego el lobo cargaba con ellos hasta su casa. Era un plan perfecto, él lo creía simple e infalible, y agradecía a las estrellas el hecho de haber encontrado a ese árbol. Esperaba comer como un rey durante el resto de su vida.

Un día, que se sentía con algo de hambre, el lobo fue a pasear de nuevo. Esta vez se encontró con una liebre. El lobo le dijo:
-Hermana liebre, he visto algo que tú no has visto desde el tiempo de tus antepasados.
-Hermano mayor, ¿qué puede ser? -preguntó la liebre.
-He visto un árbol que habla en la selva -dijo el lobo.
Contó la misma historia de siempre a la liebre y se ofreció para llevarla a ver ese árbol hablante.

Fueron juntos hasta el lugar. Cuando se acercaban al árbol el lobo le dijo:
-No olvides lo que te he contado.
-¿Qué me contaste? -preguntó la liebre.
-Lo que debes decir cuando llegues junto al árbol, o si no, morirás -dijo el lobo.
-¡Oh!, sí -dijo la liebre-.
Y empezó a hablar con el árbol.

-¡Oh!, árbol, ¡oh!, árbol -dijo-. Eres un árbol precioso.
.No, esto no -dijo el lobo.
-Perdona -dijo la liebre. Entonces habló de nuevo-. Árbol, ¡oh!, árbol, nunca pensé que pudieras ser tan maravilloso.
-¡No, no! -dijo el lobo- no un árbol precioso, un árbol hablante. Te dije que tenías que decir que nunca habías visto antes a un árbol hablante.
Tan pronto como hubo dicho estas palabras, el lobo cayó inconsciente. La liebre se fue andando y mirando hacia el árbol y el lobo. Luego sonrió:
-Entonces, este era el plan del señor Lobo -dijo-. Se pensaba que este lugar era un comedero y yo su comida.

La liebre se marchó y contó a todos los animales de la selva el secreto del árbol que hablaba. El plan del lobo fue descubierto, y el árbol, sin herir a nadie, continuó hablando solo.


La comunicación simbólica.

La comunicación usa los símbolos como los elementos que pueden ser comprendidos por todos. Es un mecanismo sencillo, aunque toma mucho tiempo elaborarlo, pues se necesitan varias generaciones para que cumpla sus funciones.

El árbol de la vida
Talla Makonde
Tanzania.
Los símbolos se basan en la observación de la realidad, y en vincular cosas evidentes con otras menos evidentes o invisibles. No nos es evidente la ira, se nos hace clara a través de la expresión del rostro. No podemos tocar la tristeza, sino que se manifiesta a través de las lágrimas. No podemos agarrar la alegría, pero todos sabemos que la risa es su símbolo universal.

Hay vinculaciones que son evidentes para todos. Hay otros símbolos que son propios de ciertos grupos humanos. También los hay personales, esto quiere decir que solamente el propio individuo los puede comprender. Por ejemplo, muchas cosas que soñamos tienen sentido solamente para cada uno de nosotros y nadie puede acceder a su mensaje secreto si no los interpretamos individualmente.

En nuestro tiempo, los símbolos se están modificando mucho, como si se estuviese produciendo un gran cambio más allá de nuestra comprensión. Es algo que escapa a cualquier planificación y dominio. Nadie sabe hacia donde va. Pero, sea que entremos en una nueva etapa o permanezcamos en la misma, nos viene bien ir recorriendo con serenidad los símbolos que se han elaborado hasta hoy.

Símbolos en el cuento.

El cuento presenta hay varios temas dominantes. Uno es el árbol, que pone en comunicación los tres niveles del cosmos. Con sus raíces, se alcanza lo subterráneo; el tronco y las primeras ramas se desenvuelven en la superficie de la Tierra, y con su copa, atraída por la luz del cielo, se llega a las alturas. El otro es el lobo, un engañador, alguien que transforma su experiencia negativa de ser desmayado por el golpe del árbol, en un beneficio exclusivo para sí mismo, lo que se denomina un “ventajero”.

Cortina
Tribu Fulani, Ghana
(Siglo XIX)
El contraste lo da la liebre que, con aparente ingenuidad, pone en evidencia la maldad de su oponente. Lejos de esconder su aprendizaje, el cuento termina cuando este animalito se comunica con el resto de los animales de la selva para compartir el secreto del árbol que hablaba, y de esta manera derrotar definitivamente al enemigo devorador.

La liebre y el conejo su equivalente, son animales relacionados con la luna, el astro de la noche, pues se dice que los conejos duermen de día y saltan de noche. La observación humana se ha dado cuenta que la liebre, como la luna, aparece y desaparece con silencio y en la sombra. Además, son tan prolíficos, que han sido usados para ilustrar la relación de la luna con el ciclo de la vida. Esto se ve en las tradiciones africanas, en las del continente americano, y también en India y China.

Otro aspecto de la liebre es que es un animal que alienta la vida de los seres humanos y es mediador con la divinidad más importante. El conejo es considerado un héroe mítico, manso como el cordero, e inofensivo. Estas características aparecen también Jesucristo, según las tradiciones antiguas.

Hay otros aspectos del símbolo en las distintas civilizaciones. Pero lo importante del cuento pasa por la comunicación. No es solamente hablar, como lo hace el árbol o los mismos animales. La comunicación es una actitud de transmitir lo que beneficie a los otros, es contar los secretos para nadie caiga en las trampas de los devoradores. Es tener la actitud de la liebre, una alegre admiración por las cosas extraordinarias con expresión propia, sin repetir lo que dicen los malvados.

Umuhimuwa matunda
George Lilanga
(Tanzania, 1934-2005)



viernes, 7 de diciembre de 2012

LA CAMISA DEL HOMBRE CONTENTO


Un cuento esloveno.

El vagabundo
László Mednyánszky
(esloveno, 1852-1919)
Había una vez un rey muy enfermo. Tenía noventa y nueve enfermedades. Los médicos eran de la opinión de que ya no se podía hacer nada por él y que se iba a morir al cabo de un año y un día. Uno de ellos, sin embargo, dijo:
-Si se encontrase a un hombre siempre contento con todo y con todos, y el rey pudiese ponerse la camisa de este hombre contento, desaparecerían sus noventa y nueve enfermedades y se curaría en un santiamén.

Los mensajeros del rey acudieron a los cuatro extremos de la tierra a buscar a un hombre siempre contento con todo y con todos. Buscaron, buscaron, pero no había forma de encontrarlo.

Por fin, uno de los mensajeros llegó a un extenso prado y encontró a un hombre andrajoso, con la barba hasta los pies, que dormía en paz y durante el sueño sonreía.
-Éste podría ser un hombre contento -se dijo el mensajero y lo despertó. Eh, tú, ¿eres o no un hombre contento?
-Claro que lo soy.
-¿Nunca te has sentido descontento con nada?
-Ni siquiera una vez. ¿Y por qué iba a lamentarme?
-Ven, pues, a conocer a nuestro rey.
-¿Para qué?
-Ven, que el rey te cubrirá de oro.
El vagabundo se dejó, por fin, convencer y siguió al mensajero hasta el palacio real.

Cuando el rey lo vio, se alegró muchísimo y exclamó:
-Pronto, dame tu camisa.
-¿Mi camisa?
-Vamos, no hagas preguntas: quítate el abrigo, quítate la camisa y dámela. A cambio, yo te daré un montón de oro.
El hombre contento se quitó el abrigo y, en ese momento, todos vieron que debajo del abrigo no tenía camisa ni nada. El pobre rey lo miró, exhaló un profundo suspiro y se murió. Y el vagabundo recogió su abrigo y se fue, contento como antes.


Mirada del despojado

Hombre
Anton Azbe
(esloveno, 1862-1905)
            Una de las imágenes más representativas de la condición del hombre en el mundo es la del vagabundo.  Se mira al ser humano como alguien que no tiene hogar definitivo es esta tierra y recorre el camino de la vida sin poder aferrarse a nada.  El itinerario que realiza es errante, sin un rumbo claro.  El término vagabundo está relacionado con “estar vacío” y también con “estar libre”.
           
La actitud de vagabundo es la de andar los caminos.  Quien se mueve, percibe que el paisaje cambia permanentemente. La modificación a veces es muy lenta, pero nunca es lo mismo lo que se ve en un lugar determinado y en otro dos pasos más adelante.  Este desplazamiento se produce en los diversos órdenes de la vida, tanto en el biológico como en el afectivo, en el material como en el espiritual. Es evidente que nuestros cuerpos cambian constantemente y algunas veces sorpresivamente.  Lo mismo percibimos en planos más espirituales, tal como dice la expresión “todos los días se aprende algo nuevo”.

El errante del cuento es definido como “el hombre contento”.  Es el que duerme en paz y con una sonrisa.  Está en un extenso prado, dice el cuento, como si fuese un lugar bello, idílico. Una situación propia de la felicidad en la vida.

            Sorprende que este hombre feliz no tenga camisa, que es un símbolo de protección.  Como dice una tradición: “Toda piel que lleve camisa a su alrededor no puede ser alcanzada por ninguna enfermedad”.  Falta la protección, sea de un lugar material, de un grupo o de un amor.

            Pero se debe tener en cuenta otro aspecto de la vestimenta.  “Dar hasta la camisa” es el gesto de una generosidad sin límites.  En la medida en que la camisa es una segunda piel, es darse a sí mismo, es compartir la propia intimidad.

            El vagabundo del cuento es un ser transformado por la generosidad, por compartir todo.  No hay ninguna tristeza por perder la propuesta del rey de un montón de oro, él sigue tan contento como antes.


Otra perspectiva

            Prestemos atención al rey.  Si el cuento hubiese indicado que el rey estaba enfermo, la conclusión sería el contraste entre el hombre contento y el soberano.  Pero la enumeración de las enfermedades y el pronóstico de los médicos pueden estar señalando otra cosa.

Montaña negra
Zoran Mušič
(esloveno,1909 - 2005)
            Las noventa y nueve enfermedades que padece el rey invitan a considerar con atención al número nueve.  Es el último de la serie de las cifras, anuncia a su vez un fin y un nuevo comienzo, es decir, una transposición a un nuevo plano.  Se encuentra en esto la idea de nacimiento y germinación, y al mismo señala la muerte.

            Los números nos sirven para contar las cosas que existen, que están manifiestas.  El nueve, al ser el último, es la máxima de las manifestaciones.  Con él se cierra un ciclo, pero abre una nueva fase.  Si nos fijamos en la representación gráfica del nueve “9”, es un anillo que se cierra y de allí nace como una pequeña punta que se quiere transformar en raíz de un nuevo nacimiento.

            Esto coincide con el pronóstico de los médicos. Decían que se iba a morir en un año y un día.  La palabra año tiene origen en el latín “annus”, que se acerca a la idea de  ciclo, como un anillo.  El anuncio de los facultativos de que “le queda un año y un día”, es como un nueve, es decir, un anillo y un nuevo día, un día que pertenecerá a otro ciclo.

            Los cuentos no nos dan crónicas de acontecimientos, detalles de cosas que ya sucedieron.  En realidad, inventan relatos para hacer comprender la situación actual de los que escuchan. 

            El mensaje es que somos reyes y vagabundos al mismo tiempo.  Nuestra realeza está en nuestra capacidad de razonar, de organizar nuestro entorno, de dar sentido a lo que nos toca vivir.  Se expresa en lo que decimos y hacemos, y especialmente en lo que elegimos hacer.

El sentido errante se manifiesta en nuestra libertad, cada vez que nos entregamos a la realidad del presente.  El vagabundo no se deja influir por el pasado, no tiene rencores ni deja que las enseñanzas de las propias culpas se conviertan en miedos y complejos ante la actualidad de su vida. Tampoco se somete a las inquietudes imaginarias del futuro, aunque pinten prometedoras.  Vive a fondo la enseñanza que dice: “a cada día le basta su afán”.

 El cuento nos señala que la generosidad permite que cada vez que se termine un ciclo de la vida, podamos renacer a otro.  Los innumerables estancamientos, los rencores, las culpas y los miedos, se vencen mediante el altruismo, la longanimidad, la benevolencia y la compasión que se manifiestan en la generosidad.  Este es el hombre contento, que duerme en paz con una sonrisa en este mundo y en todos los que le toque transitar.

El humanista
Jože Ciuha
(esloveno, nac. en 1924)


sábado, 17 de noviembre de 2012

LO MEJOR Y LO PEOR

El místico del ángel
Víctor P. Landaluze
(español y cubano,1830-1889)

          
            Las tradiciones buscan interpretar experiencias, con el fin de transmitir consejos a las personas no que han participado de esas situaciones.  Lo que buscan es que las siguientes generaciones, o personas de lugares distintos al propio, tengan la posibilidad de obrar con libertad.

            El siguiente cuento popular fue registrado en Cuba.  Por los nombres que se usan, es de claro origen africano.  Pero si le cambiamos los nombres de los dos protagonistas, lo podemos adaptar a cualquier región del mundo, porque la experiencia que narra es universal. 


Lo mejor y lo peor del mundo

Un buen día, el gran Señor del Mundo, Obatalá, decidió delegar en otra persona la responsabilidad del gobierno del universo. El primero en quien pensó fue en su fiel ayudante, Orula. Pero Orula era aún muy joven y Obatalá temía que no tuviese suficiente experiencia para una tarea tan complicada. Por ello, decidió poner a prueba su sabiduría. Llamó a Orula y le ordenó que preparase la mejor comida que pudiera imaginar.

Obatalá
(imagen devocional - sin datos)
Orula obedeció y fue al mercado. Miró a su alrededor para ver qué podía comprar y, al fin, eligió una lengua de vaca. De vuelta a casa, la cocinó, la condimentó y, después, se la llevó al gran soberano. Obatalá probó la lengua y se quedó satisfecho. Jamás había comido nada tan bueno.

Al terminar, llenó de elogios a Orula y le preguntó:
-Dime, Orula, ¿por qué elegiste la lengua cuando fuiste al mercado?

-Gran Señor -replicó Orula, la lengua es algo muy importante. Con la lengua se puede elogiar un buen trabajo y agradecer a quien hace una buena acción. Con la lengua puedes dar buenas noticias y guiar a los pueblos por el camino justo. Y, por fin, con la lengua puedes promover a un hombre y hacer de él un jefe.

-Todo lo que has dicho es verdad -observó Obatalá y pensó: «Realmente Orula es un hombre de gran sabiduría».

Pero el Gran Señor decidió que pondría a prueba a Orula una vez más y le dijo:
-Me has preparado la mejor comida del mundo. Ahora quiero que me prepares lo peor que puedas imaginar.

Orula fue de nuevo al mercado. Miró a su alrededor para ver qué había y acabó comprando de nuevo una lengua. La llevó a casa, la cocinó, la condimentó y se la sirvió a Obatalá.

Cuando el Gran Señor vio que de nuevo había una lengua en su plato, se sintió muy sorprendido y exclamó:
-La primera vez me trajiste la lengua como lo mejor del mundo. Ahora me la traes como lo peor. ¿Quieres explicarme por qué?
-Gran Señor -replicó Orula, la lengua es algo muy importante. Con la lengua puedes desacreditar el trabajo de un hombre y destruir su reputación. Con la lengua puedes llevar a un pueblo a la destrucción y privarlo del sustento. Con la lengua puedes traicionar a tu país y llevar a la patria a la esclavitud.

-Todo lo que has dicho es verdad. A pesar de tu juventud, eres un hombre de gran sabiduría -dijo Obatalá.

Y dejó el gobierno del mundo en sus manos.


En la punta de la lengua.

            La palabra “lengua” tiene origen en un término del latín muy viejo “dingua” que es, a su vez, de procedencia indoeuropea, una de las ramas más importantes del lenguaje antiguo.  De esta última palabra, al cambiar la “d” inicial, surge, por ejemplo, el anglosajón “tunge”, de donde viene la palabra del inglés moderno “tongue”.  En latín cambió la “d” por la “l” por influencia del verbo que define una acción importante de la lengua, “lingere”, que en latín significa “lamer”.

Albert Einstein
al cumplir 72 años.
(Fotografía de 1951)
            La lengua tiene dos grupos importantes de significados.  El primero está referido al órgano que tienen los vertebrados en su cavidad bucal, que usan para deglutir, para saborear y para emitir sonidos.  De esta última función surge el otro grupo de significados, que está relacionado con el ser humano exclusivamente, que es la capacidad de lenguaje, es decir, los sistemas de expresión y comunicación.

            Para comprender mejor este órgano corporal, veamos varias expresiones que se usan en el habla. Por ejemplo “lengua de gato”, que es un bizcocho estrecho y alargado.  La misma referencia morfológica tiene la expresión “lengua de fuego”.

            Referido al lenguaje, tenemos la expresión “lengua madre”, aquella que es origen de otras, como el indoeuropeo.  Parecida, aunque con un sentido más personal, es “lengua materna”, referida a aquel idioma que hablamos primero y que aprendemos de nuestros padres. La que aprendemos tras la materna se llama “segunda lengua”.  Por aquí también se mueve “lengua franca”, que es la mezcla de dos o más, y con la cual se entienden naturales de pueblos distintos.  Por ejemplo, el swajili es la lengua franca de África.  Finalmente, cuando ya no se habla, se la llama “lengua muerta”.

            En el habla cotidiana decimos “darle a la lengua” cuando se charla mucho.  En estas circunstancias a veces aparecen las “malas lenguas”, referido al conjunto de los que murmuran y calumnian a los demás.  Por eso están los que “tiran a uno de la lengua” o los que “nos buscan la lengua”, provocando para que digamos lo que deberíamos callar.

            Los que no caen en estas tentaciones son los que tienen una “lengua de trapo”, la de los niños cuando todavía no hablan bien.  Tampoco hablan mucho los que andan “con la lengua afuera”, muy deprisa y con gran cansancio.
  

Atender la lengua.

            El valor simbólico de la lengua es inmenso.  Es considerada como una llama porque de ella tiene la forma y la movilidad.  Destruye o purifica, como bien lo describe Orula en el cuento.
Serena espera de lo que venga.
José Bedia
(cubano, n. en 1959)

            Según las palabras que profiera puede ser justa o perversa, mentirosa y malvada.  El poderío de la lengua es tan grande, que en su acción puede haber vida o muerte.  Así lo expresa claramente el libro de los Proverbios, en la Biblia: “La muerte y la vida dependen de la lengua, y los que son indulgentes con ella comerán de su fruto.” (capítulo 18, versículo 21).

            Un pueblo de África sostiene que la marcha del cuerpo social depende de cuatro órganos: la lengua, las piernas, la nariz y el sexo.  De la lengua depende el comercio humano; puede ser factor de conflictos y disputas, pero también de fortuna, de riqueza material y espiritual. 

            Saber controlar la lengua significa haber alcanzado la edad de hombre maduro, ser dueño de sí mismo.  Como sucede en el cuento presentado, es el órgano de la palabra, y por tanto del conocimiento.  También es el órgano del gusto, es decir, del discernimiento.  Separa lo mejor de lo peor, zanja.

Cabeza de madera.
Manuel Alfredo Sosabravo
(cubano, nacido en 1930)


domingo, 4 de noviembre de 2012

El dueño del caballo blanco



            Tenemos la tendencia a juzgar los hechos, especialmente los que involucran a otros.  Como afirma un dicho popular: “La justicia, cosa muy buena; pero no en mi casa, en la ajena”.

Maat, diosa egipcia
de la justicia y la verdad
Placa de oro, 1000 a.C.
            Por otro lado, cuando indagamos a la tradición, nos encontramos con una posición unánime frente a este aspecto de la vida humana, en esta ocasión puesta en boca de Jesús de Nazaret: “No juzguen, para no ser juzgados”. Como explicación de este consejo, agrega: “Porque con el criterio con que ustedes juzguen se los juzgará, y la medida con que midan se usará para ustedes.” (Evangelio según San Mateo, capítulo 7, versículos 1 y 2).

            El siguiente cuento, “El juicio”, es utilizado por distintas culturas para orientar a las personas en las situaciones de juicio.  Lo encontramos en la tradición tanto de China como de Europa o América.  Es citado en muchas antologías con muy pequeñas variantes.


En una aldea había un anciano muy pobre, pero hasta los reyes lo envidiaban porque poseía un hermoso caballo blanco.

Los reyes le ofrecieron cantidades fabulosas por el caballo, pero el hombre decía: "Para mí, él no es un caballo, es una persona. ¿Y cómo se puede vender a una persona, a un amigo?" Era un hombre pobre pero nunca vendió su caballo.

Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el establo. Todo el pueblo se reunió diciendo:

-Viejo estúpido. Sabíamos que algún día le robarían su caballo. Hubiera sido mejor que lo vendieras. ¡Qué desgracia!

-No vayan tan lejos -dijo el viejo-. Simplemente digan que el caballo no estaba en el establo. Este es el hecho, todo lo demás es juicio de ustedes. Si es una desgracia o una suerte, yo no lo sé, porque esto apenas es un fragmento. ¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?

La gente se rió del viejo. Ellos siempre habían sabido que estaba un poco loco. Pero después de quince días, una noche el caballo regresó. No había sido robado, se había escapado. Y no sólo eso, sino que trajo consigo una docena de caballos salvajes.

De nuevo se reunió la gente diciendo:

-Tenías razón, viejo. No fue una desgracia sino una verdadera suerte.

-De nuevo están yendo demasiado lejos -dijo el viejo-. Digan sólo que el caballo ha vuelto... ¿quién sabe si es una suerte o no? Es sólo un fragmento. Están leyendo apenas una palabra en una oración. ¿Cómo pueden juzgar el libro entero?

Esta vez la gente no pudo decir mucho más, pero por dentro sabían que estaba equivocado. Habían llegado doce caballos hermosos...

El viejo tenía un hijo que comenzó a entrenar a los caballos. Una semana más tarde se cayó de un caballo y se rompió las dos piernas. La gente volvió a reunirse y a juzgar:

-De nuevo tuviste razón -dijeron-. Era una desgracia. Tu único hijo ha perdido el uso de sus piernas y a tu edad él era tu único sostén. Ahora estás más pobre que nunca.

-Están obsesionados con juzgar -dijo el viejo-. No vayan tan lejos, sólo digan que mi hijo se ha roto las dos piernas. Nadie sabe si es una desgracia o una fortuna. La vida viene en fragmentos y nunca se nos da más que esto.

Sucedió que pocas semanas después el país entró en guerra y todos los jóvenes del pueblo eran llevados por la fuerza al ejército. Sólo se salvó el hijo del viejo porque estaba lisiado. El pueblo entero lloraba y se quejaba porque era una guerra perdida de antemano y sabían que la mayoría de los jóvenes no volverían.

-Tenías razón, viejo, era una fortuna. Aunque tullido, tu hijo aún está contigo. Los nuestros se han ido para siempre.

-Siguen juzgando -dijo el viejo-. Nadie sabe. Sólo digan que sus hijos han sido obligados a unirse al ejército y que mi hijo no ha sido obligado. Sólo Dios sabe si es una desgracia o una suerte que así suceda.

            La versión que hemos citado viene acompañada de una conclusión, probablemente pronunciada por algún maestro de vida. 

No juzgues o jamás serás uno con el todo. Te quedarás obsesionado con fragmentos, sacarás conclusiones de pequeñas cosas. Una vez que juzgas, has dejado de crecer.


Elementos de la Justicia.

            La Justicia se representa con una mujer que tiene una venda en los ojos, afirmando aquello que se dice: “La Justicia es ciega”.  Esto significa que actúa de manera equitativa y siempre tratando por igual a todos los ciudadanos con independencia de su raza, sexo, condición sexual u origen. Todos somos iguales ante ella.
Justicia
Maarten van Heemskerck
(Holandés, 1498-1574)

            Sostiene dos atributos: una espada y una balanza.  Según el filósofo Aristóteles (griego, 384 a.C – 322 a.C.) la espada hace referencia a su potencia distributiva.  Se dice que la Justicia da a cada uno lo suyo.  Luego dice que la balanza muestra su misión equilibradora.  A veces percibimos que lo que sucede es desparejo, como desordenado, y entendemos que la Justicia viene a equilibrar el desajuste entre las personas y en el universo.

            Según otros pensadores, también puede significar que para aquellos que usen mal sus poderes, está el rigor de la espada y la condenación.  Para los que la respeten, entonces está la balanza que mantiene el equilibrio riguroso, es decir, la organización del caos en el mundo y en nosotros.

            El hombre justo es aquel que asume la misión equilibradora de la Justicia, el que busca la armonía y la consonancia, como el anciano pobre del cuento.


La acción del justo.

            Según se desprende de las estatuas de la Justicia, su tarea abarca el universo.  Si bien tiene relación con la ley y los tribunales, este es apenas un mínimo aspecto de su horizonte. 

Seres errantes.
Orlando Arias Morales
(Boliviano, n. en 1954)
            La realidad del cosmos y de la vida de los hombres en él está formada por opuestos en relación.  Pensemos en nuestra vida cotidiana, en la que la noche sucede al día, en un ir y venir constante.  A su vez están los contrastes entre el varón y la mujer.  También está el transcurrir de las estaciones anuales que pasan del calor al frío y vuelta al calor incesantemente.  Los sentidos se mueven sobre oposiciones, como el gusto entre lo dulce y lo amargo, o el tacto entre lo suave y lo áspero, para señalar mínimos ejemplos en una inmensidad de contrarios.

            El cosmos se presenta también con opuestos.  Podemos indicar la luz y la oscuridad.  Sin esta última no podríamos ver las estrellas, como sucede cuando el sol alumbra con su potencia.  Otro contraste es el de la distancia, cerca o lejos.  El movimiento de los astros está en relación con la distancia entre ellos.

            Cuando el anciano del cuento pone mesura en el juicio, está dando el lugar que le corresponde a cada cosa.  Es como la balanza, equilibra los platillos.  Está más allá de los contrarios y las oposiciones.  Y de esta manera supera la necesidad de estar juzgando parcialmente, o dando su sentencia sobre fragmentos. Así es un hombre justo.

            Una oposición conocida en cualquier experiencia humana es el contraste entre lo de arriba y lo de abajo.  En lo alto está todo lo celestial, lo que corresponde a la trascendencia.  Lo de abajo es lo que corresponde a lo terrenal, a la vida del hombre en sus circunstancias.  El hombre justo es el que une lo alto y lo bajo.  En la Biblia se lo compara con una columna, que sostiene al mundo (Libro de los Proverbios, capítulo 10, versículo 26).

            El dueño del caballo blanco es un ejemplo del hombre justo.  Es un ser humano que, superando la provocación de juzgar cada fragmento, alcanza una actitud de equilibrio y de bienaventuranza mediante una mirada más amplia de la vida. Nos muestra que no juzgando se alcanza un estado de armonía y felicidad.


El baño del caballo.
Joaquín Sorolla (Español, 1863-1923)


sábado, 20 de octubre de 2012

LA SOPA DEL MONJE


La palabra “monje” viene del griego “monachós” que indica “único”, que proviene a su vez de “monos”, “uno”, que encontramos en palabras como monopatín, monopolio, y monotonía.  La palabra en cuestión es aplicada a personas que se apartan de su grupo social, por variados motivos, para vivir en soledad.


Dama Oferente
 del Cerro de los Santos

(Anónimo, España
Siglo IVa.C.)
            El siguiente cuento es de tradición europea, probablemente de la Península Ibérica.  Tiene paralelos en todo el mundo, aunque sin una fuente común conocida. El modo en que describe personas y acciones es común a los seres humanos de todo el mundo.


La sopa de piedras.

Un monje estaba haciendo la colecta por una región en la que las gentes tenían fama de ser muy tacañas. Llegó a casa de unos campesinos, pero allí no le quisieron dar nada. Así que como era la hora de comer y el monje estaba bastante hambriento dijo:

-Pues me voy a hacer una sopa de piedras riquísima.

Ni corto ni perezoso tomó una piedra del suelo, la limpió y la miró muy bien para comprobar que era la adecuada, la piedra idónea para hacer una sopa. Los campesinos comenzaron a reírse del monje. Decían que estaba loco, que vaya locura más grande.

Sin embargo, el monje les dijo:

-¡Cómo! ¿No me digan que no han comido nunca una sopa de piedra? ¡Pero si es un plato exquisito!

-¡Eso habría que verlo, viejo loco! –dijeron los campesinos.

Precisamente esto último es lo que esperaba oír el astuto monje. Enseguida lavó la piedra con mucho cuidado en la fuente que había delante de la casa y dijo:

-¿Me pueden prestar un caldero? Así podré demostrarles que la sopa de piedra es una comida exquisita.

Los campesinos se reían del fraile, pero le dieron el puchero para ver hasta dónde llegaba su locura. El monje llenó el caldero de agua y les preguntó:

-¿Les importaría dejarme entrar en su casa para poner la olla al fuego?

Los campesinos lo invitaron a entrar y le enseñaron dónde estaba la cocina.

-¡Ay, qué lástima! –dijo el fraile-. Si tuviera un poco de carne de vaca la sopa estaría todavía más rica.

La madre de la familia le dio un trozo de carne ante la rechifla de toda su familia. El viejo la echó en la olla y removió el agua con la carne y la piedra. Al cabo de un ratito probó el caldo:

-Está un poco sosa. Le hace falta sal.

Los campesinos le dieron sal. La añadió al agua, probó otra vez la sopa y comentó:

-Desde luego, si tuviéramos un poco de berza los ángeles se chuparían los dedos con esta sopa.

El padre, burlándose del monje, le dijo que esperase un momento, que enseguidita le traía un repollo de la huerta y que para que los ángeles no protestaran por una sopa de piedra tan sosa le traería también una papa y un poco de apio.

-Desde luego que eso mejoraría mi sopa muchísimo -le contestó el monje.

Después de que el campesino le trajera las verduras, el viejo las lavó, troceó y echó dentro del caldero en el que el agua hervía ya a borbotones.

-Un poquito de chorizo y tendré una sopa de piedra digna de un rey.

-Pues toma ya el chorizo, mendigo loco.

Lo echó dentro de la olla y dejó hervir durante un ratito, al cabo del cual sacó de su zurrón un pedacillo de pan que le quedaba del desayuno, se sentó en la mesa de la cocina y se puso a comer la sopa. La familia de campesinos lo miraba, y el fraile comía la carne y las verduras, rebanaba, mojaba su pan en el caldo y al final se lo bebía. No dejó en la olla ni gota de sopa. Bueno. Dejó la piedra. O eso creían los campesinos, porque cuando terminó de comer agarró el pedrusco, lo limpió con agua, secó con un paño de la cocina y se lo guardó en la bolsa.

-Hermano, -le dijo la campesina- ¿para que te guardas la piedra?

-Pues por si tengo que volver a usarla otro día. ¡Dios los guarde, familia!


Un símbolo abarcador.

Diógenes
José de Ribera
(español, 1591-1652)
            En todas las tradiciones religiosas hay seres que viven como monjes.  Los encontramos en Occidente, en la tradición cristiana, pero también los hay en Oriente, por ejemplo en el hinduismo y en el budismo, con una notable presencia.

            La vida como monje no es solamente para ambientes religiosos.  Si observamos con atención, veremos que en nuestra vida cotidiana hay situaciones que se pueden asimilar a la vida monacal.

            La etimología de la palabra nos orienta a todas aquellas realidades que vivimos como únicas, y producen en nuestro interior un sentido de soledad.  Se puede ver “monjes” en muchos oficios, como es el vendedor de diarios, el taxista, el cajero de un banco, el médico en su consultorio.  También, en una situación vital en la que estamos solos en nuestra casa por circunstancias de la vida.  Recordemos a los migrantes dentro de un país, y mucho más a los que cambian de país o de continente, que han hecho de nuestro mundo un espacio intercultural.

            Toda persona, más allá de su oficio y condición, tiene tiempos en los que siente la soledad, como parte de su vida diaria.  Las tareas domésticas, el tiempo de aseo, los momentos antes de dormir, el viaje al trabajo y el regreso al hogar, son ocasiones monacales.  Esto se siente mucho cuando estamos enfermos y percibimos con fuerza nuestra individualidad.

            Dada esta variedad de experiencias, se suele decir que el “monje” es una especie de arquetipo, un modelo con características específicas que pueden aplicarse a la vida humana en sus distintas condiciones.  Las características principales son la ascesis y la generosidad.


Vivir como monjes.

            La palabra “ascesis” significa simplemente ejercitarse.  Tal como lo aplicó ya el poeta Homero (griego, siglo VIII a.C.), puede ser un trabajo artístico o técnico.  La expresión se usa en el ejercicio físico y también se atribuye al ejercicio de la inteligencia y la voluntad.  Ya desde esta perspectiva, si la ascesis es una característica del monje, entonces es un modelo para un amplio espectro de campos humanos.

Criatura Mítica I
Oswaldo Vigas
(venezolano, n. en 1926)
            Cada “monje”, según su entender y el propósito que busque, realiza su actividad.  En muchos aspectos es una repetición paciente de acciones físicas y de patrones de conducta, en los que se trasluce la inteligencia y la voluntad operando juntas.  En toda circunstancia, el fin que se busca es el mismo, y consiste en “soportar con dulzura las dificultades de cada día”, tal como lo expresó San Atanasio de Alejandría (296-373).

            La vida del monje busca la paz, que se expresa en la palabra “dulzura” que usa San Atanasio.  Lejos de tener tensiones constantes, la vida humana tiene el sentido de alcanzar, en la vida cotidiana, esa serenidad de espíritu que permite realizar adecuadamente las acciones más delicadas como las tareas más esforzadas, cualquiera sea la condición de cada uno, en contextos religiosos o seculares.  El resultado será indudablemente la alegría en el vivir.

            La ascesis es un ejercicio para el interior de cada uno, en un sentido muy personal, único.  Pero el arquetipo del monje también se refiere a la relación con lo exterior a cada uno, en relación con los seres humanos que nos rodean y con toda la naturaleza.  Aquí se aplica expresamente la generosidad.

            En el cuento presentado, el monje tiene que vérselas con un grupo de personas tacañas, opuesto a su estilo de vida.  En ese contexto encuentra la manera de despertar la generosidad en los demás, aplicando su ingenio en la manera de cocinar la sopa a partir de la simple piedra.

            El protagonista del cuento muestra cómo el sentido de la soledad se plenifica en la posibilidad de una relación renovada con otros seres humanos y con las cosas.  Su generosidad se muestra en el camino que va haciendo despertando la acción en común y el servicio al necesitado, aunque lo consideren loco o despreciable.

            El símbolo del monje nos ayuda a valorizar a las personas en sus oficios, en su vida cotidiana, y en el respeto que merecen por esa soledad personal que conforma cada personalidad.  Por otro lado, la generosidad que forma parte de la enseñanza monacal, es la herramienta necesaria para que esa soledad que todos tenemos en nuestras condiciones de vida, se pueda vivir con sentido y con una secreta felicidad.


Caras en bolsas de papel
Rafael Ferrer
(puertoriqueño, n. en 1933)


lunes, 8 de octubre de 2012

PIEDRAS EN EL CAMINO


 
Figura
Fu Baoshi
(chino, 1904-1965)
            En la antigua China, como en todo el mundo, los cuentos han desempeñado una tarea educativa y de comunicación que no se puede comparar con nada. 

            Al no tener autores conocidos, se presentan como una sabiduría común a todas las personas que los entienden y los transmiten.  No son parte de ninguna ideología reconocible, ni siquiera de una sola forma de concebir el mundo y las cosas.

            “El picapedrero”, es un relato situado en la construcción de la Gran Muralla China,  una fortificación de más de 6.700 kilómetros de largo.  Recientes estudios han probado que los sectores más antiguos tienen más de 2.500 años de realizados.  Las etapas más recientes de esta impresionante obra datan de los siglos XV y XVI d.C.


Durante la época en que se construía la Gran Muralla, vivió un pobre diablo que trabajaba como picapedrero. Chen Ting-Hua, éste era su nombre, pasaba los días renegando de su existencia, con enormes pesares y amarguras. No había noche que antes de dormirse no pidiese a los dioses el poder cambiar su suerte.

Cierta noche, cuando apenas se había quedado dormido, una gran luz inundó la estancia y una imagen gigantesca se le apareció.

— ¿Eres tú Chen Ting-Hua? –preguntó la aparición.

— Yo soy, humilde siervo y picapedrero –respondió Chen.

— He oído tus pensamientos –dijo la imagen-, ¿de qué te quejas?

— Señor… ¡de mi adversa suerte! –contestó-. No soy feliz, con mi pobre sueldo apenas puedo tener una choza donde malvivir y apenas puedo permitirme el lujo de tomar una taza de té. Mientras que otros…

— ¿Y qué deseas ser… dime? –dijo la aparición.
Barcos entre rocas
Li Keran
(1907-1989)

— Un gran Mandarín –contestó Chen-, ellos viven bien y tienen cuanto desean… Pero, perdonad mi osadía gran señor… ¿quién sois vos y cómo podéis ayudarme?

— Soy el dios de la ambición –respondió-, y he venido hasta aquí para resolver tus problemas. Quedarás pues convertido en un gran Mandarín.

Al instante, Chen se vio rodeado y atendido por gráciles y bellas doncellas y fornidos eunucos. Vestía hermosos ropajes de seda y poseía un gran palacio.

Al día siguiente, Chen salió a dar un paseo por los jardines de su fastuoso palacio. La mañana era maravillosa y el sol lucía en todo su esplendor. Al ver el Sol, Chen pensó: ¡Cómo molesta el Sol!, ¡me abrasa y nada puedo hacer!, ¡quién fuese como él! De pronto se oyó una voz que dijo:

— Ya que ese es tu deseo… ¡conviértete en Sol!

Y así, Chen se convirtió en el Astro Rey del día. Vagaba por el cielo dominándolo con su luz radiante, esplendoroso… Pero una tarde, una densa y plomiza nube se interpuso en su camino, impidiendo que los rayos del sol pasasen a través de ella. Esto irritó enormemente al antiguo picapedrero que pensó: ¿Cómo una indigna nubecilla osa ponerse en mi camino? ¡Quién fuera nube! Y en menos tiempo del que se tarda en decirlo, Chen se transformó en una enorme y negra nube, la cual con un tremendo trueno se descargó en forma de lluvia torrencial cayendo con enorme violencia sobre la tierra y estrellándose contra las rocas. Chen se asustó tanto al chocar que deseó ser como las rocas. Y al instante se convirtió en una de ellas.

Aquello era otra cosa –pensó- ahora se sentía duro y fuerte, podía resistir, la lluvia, el viento, la fuerza de los elementos… Mas de pronto, sintió unos terribles golpes y vio a un hombre que con un pico estaba picando piedras. Un grito surgió de su garganta:

— ¡¡Quiero ser picapedrero!! –y al abrir los ojos vio que todo había sido un sueño.

Desde aquel día Chen Ting-Hua no volvió jamás a quejarse de su suerte, ni a desear ser como los otros.


La transformación del picapedrero

            Podemos representar la vida humana en este mundo como un camino de transformación desde la simple existencia hasta alcanzar a conocer el sentido de la propia vida.  Esto no implica una modificación externa, sino un apasionante cambio de actitud interior. 
Círculo de piedra
Anónimo
Neolítico - III milenio A.C.

            El cuento presenta, en una forma sencilla, lo que sucede realmente en la vida de Chen Ting-hua, el picapedrero desconforme.  Por obra del sueño va a pasar por símbolos llamativos hasta llegar finalmente a la piedra, el eje central de su oficio.  Luego de ser mandarín, sol, nube, lluvia tormentosa y piedra, vuelve a su oficio original, pero ya no es el mismo. 

            De forma parecida, las tradiciones humanas han elaborado ritos que acompañan a los jóvenes en su paso a la vida adulta.  Los hacen pasar por distintas experiencias, dependiendo del entorno en el cual vive cada sociedad, y de las enseñanzas que se quieran transmitir.  Se los denomina “ritos de iniciación”, y están presentes en la historia humana, aún en las civilizaciones más contemporáneas y tecnocráticas.  La ausencia de este tipo de ritos produce en el individuo la impresión de ser despreciado, lo que se convierte en rencor e inadaptabilidad.

            En nuestro cuento, el sentido del oficio del protagonista va a estar puesto en el símbolo de la piedra.  Veamos algunos de sus significados.  A partir de aquí entendamos que cuando se menciona que la piedra tiene “poderes especiales” lo que se quiere decir es que son instrumentos de una fuerza de otro orden, un poder que no reside en ellas.  Las piedras nos indican hacia donde prestar atención.


La vitalidad de las piedras
Piedra viviente (fotografía)
Khaled Hasan
(bangladés, n. en 1981)
            Según explican algunos estudiosos modernos, el planeta tierra que habitamos fue, en su origen, una masa de fuego, venida de otro lado, que se fue enfriando y endureciendo.  Esta manera moderna de entender el planeta, coincide con la forma en que piensa la tradición.  Las piedras son el testimonio, endurecido y permanente, de la masa, originalmente encendida en fuego, que vino del cielo. 

            Perseverando en esta idea, la tradición atiende a las piedras caídas del cielo, como los meteoritos, porque son las mensajeras del origen del mundo.  Todo lo que vino con la masa ígnea original viene en cada piedra que cae del cielo.  Por este motivo, en muchas religiones del mundo, los altares son de piedra o, al menos, tienen una piedra en la base. 

            En otros tiempos, se ponía una piedra para fundar un lugar.  En un relato bíblico, se habla del patriarca Jacob, que apoyó su cabeza sobre una piedra para dormir.  Por el sueño que tuvo, se dio cuenta que esa piedra era el centro de un lugar sagrado, “Beith-el”, la Casa de Dios. 

            En otros casos, como en los Andes peruanos, se hacen amontonamientos con piedras aportadas por cada persona que pasa por ese lugar.  Es un mojón que indica el camino seguro, o el lugar en donde encontrar lo necesario para el viaje.  Allí, como en muchos pueblos africanos, cada piedra representa un alma, y juntas están velando para que los otros puedan hacer su camino en paz.

            Lo que se llaman “piedras preciosas”, añaden, a su origen celestial, la idea de permitir la luz, al ser translúcidas y no opacas.  La tradición considera que estas piedras son símbolos de la transmutación, del cambio profundo.  Por eso se ponían en las coronas de los reyes, como también en muchos pueblos se regalan joyas con piedras preciosas engarzadas, para que protejan a quien las recibe. 

            Es inabarcable la significación de las piedras. En bruto o talladas, naturales o transmutadas, seguirán llenando de enseñanzas la vida del hombre.

            El picapedrero, al comienzo del cuento, estaba triste con su oficio.  Era como una piedra tallada por los hombres, hecho a la medida para construir la Muralla china.  Tenía razón en su queja.  Pero, en el sueño, fue tallado por la divinidad, que lo llevó a conocer el sentido de su vida.  Y termina como una piedra preciosa, una prenda de sabiduría y de paz. 

La Gran Muralla
Wu Guanzhong
(chino, 1919-2010)