domingo, 8 de mayo de 2016

LA PROMESA MANTENIDA



La promesa beneficiosa
Rene Magritte
(belga, 1898-1967)

El joven hijo de Nasrudin obtuvo un día una calificación muy buena de sus maestros. Su padre se puso contento y le dijo: 
—Pídeme lo que quieras y te lo daré. 

El niño, muy emocionado pues conocía la pobreza de su padre, le dijo: 
—Te lo agradezco de todo corazón. ¿Puedes darme tiempo hasta mañana? Tengo que pensar. 

—Muy bien —dijo Nasrudin—. Hasta mañana. 

Al día siguiente, el hijo fue a ver a su padre y le pidió un burrito. 

—Ah no —le contestó Nasrudin—. No tendrás el burrito. 

—¡Pero me habías prometido darme lo que quisiese! 

—¿Y no he mantenido mi palabra? ¡Me pediste tiempo y te lo he dado!


La mejor promesa.

         Nasrudin otorga a su hijo algo muy preciado: tiempo.  Su hijo no se da cuenta, y por eso parece que se queja.  Piensa que un burrito es más valioso que lo que su padre le ha dado.
 

Ignorantes del tiempo
Ramon Oviedo 
(dominicano, n. en 1924)  
         La palabra “tiempo” es de origen latino, y tiene varios sentidos: tiempo, momento, ocasión propicia, estado temporal en un momento determinado.  Implica una noción instantánea o de fracción, considerada en la línea temporal, frente a los vocablos latinos como “aevus” o “aetas” que remiten al tiempo en su extensión durativa, “era” o “edad”. Puede tener el valor de estación del año, momento, época, y su noción acaba relacionándose incluso con el estado atmosférico de un momento en un determinado lugar.

         El “tiempo” que el protagonista del cuento le da a su hijo, es que pueda vivir con intensidad el presente, que pueda ingresar a fondo en la acción concreta, que “piense”.  Eso es lo que el hijo había pedido, y fue atentamente concedido por su progenitor.  El pasado, las calificaciones, ya está fuera del presente, del regalo que hace Nasrudin.  Y el futuro no importa, pues más trascendental de lo que pueda pedir en segunda instancia, es tener tiempo para el ejercicio, concreto y único, del pensamiento.

         Esta manera de valorar el presente es conocido como “secular”, es decir, propio del tiempo o del siglo. Es vivir concentrados en el presente, en la acción concreta.  Es una actitud valiente y audaz.  No hay especulación para más adelante, sino que el momento se vive con intensidad.  

Tiempo salvando la Verdad
 de la Falsedad y la Envidia
François Lemoyne
(francés, 1688-1737)

         Algunas veces en la historia se puso en oposición lo secular y lo sagrado, ignorando que vivir con intensidad el presente tiene dimensiones de trascendencia.  Esa manera de ver los dos aspectos como contradictorios es desafortunada.  La realidad es como un árbol que da un fruto misterioso, que por fuera es tiempo y por dentro, su pulpa, es eternidad.  La concentración en el presente, en la acción concreta, es morder lo trascendente, es alimentarse de eternidad.  Por eso la humanidad quiere mucho a sus héroes, porque en sus acciones alcanzan para sí y para otros la trascendencia, lo celestial.

         La vida humana tiene momentos de felicidad, que son la fuente de las celebraciones y las fiestas.  Pero la felicidad del momento se percibe después, en contraste con tiempos posteriores más apacibles.  Por eso el pasado sirve para aprender algunas cosas, pero también puede ser un atractivo que me distraiga del presente.  Para vivir con intensidad los momentos tengo que desprenderme del pasado, evitar la nostalgia.

         Y para alimentarme de la realidad, para morder el fruto de la eternidad envuelto en la piel del tiempo, tengo que estar libre de las ansiedades, de lo que pueda suceder en el futuro, que es un tiempo irreal.

         Dar tiempo es una obra de misericordia.  Darse tiempo es una actitud de madurez.  No significa solamente la soledad, la introspección.  Darse tiempo es morder la pulpa de la eternidad, en el encuentro, en la celebración, en las acciones bellas, es decir, con todo aquello que tiene armonía con la marcha del universo en el tiempo. 


Vine como prometí
Yves Tanguy
(francés, 1900-1955)


domingo, 24 de abril de 2016

EL TRATADO


Ad Parnassum
Paul Klee
(suizo, 1879-1940)


Dos judíos de condición modesta discutían un día en una taberna de Varsovia.

-Hay algo en la lectura de la semana que no entiendo –dijo uno.

-¿Qué?

-Se dijo que nuestro padre Abraham y Abimelej, rey de los filisteos “concluyeron un tratado los dos”. 

-¿Y cuál es el problema?

-¿Por qué está escrito los dos? Es superfluo.

-Buena pregunta.

-¿Tú que piensas?

-Lo que pienso es muy sencillo.  Han concluido un tratado, pero no se han convertido en uno, han seguido siendo dos.

Destino común

         Abraham es un personaje bíblico fundamental, que representa al hombre de fe, el que se aventura en la vida saliendo de una situación estable y previsible para ir en busca del propio destino.  Era un pastor nómade, y como tal va entrar en tierras de Guerar, donde gobernaba Abimelej, cuyo nombre significa “mi padre es rey”.
Abraham y Sara
Marc Chagall
(francés, 1887-1985)

         La primera relación entre Abraham y Abimelej que se relata en la Biblia es conflictiva.  El rey quiere tomar a Sara, la esposa de Abraham, que se había hecho pasar por hermana del patriarca, para preservar la vida de su esposo.  Era un pedido que le había hecho el mismo Abraham viendo que su mujer era muy hermosa.  Gracias a la manifestación divina en un sueño que tiene el rey, la ofensa no se consuma.

         Luego, en el siguiente capítulo del Génesis, el primer libro de la Biblia, se cuenta el tratado que menciona el cuento, por el cual Abraham promete colaborar con la prosperidad de Abimelej.  En esa situación, Abraham reclama los derechos sobre un pozo de agua que él había cavado con su familia, y que gente del lugar le habían arrebatado.  Ese tratado dará nombre a una ciudad que todavía existe, Beerseba, que significa “pozo del juramento”.

Teoría de la tensión
Jacek Yerka
(polaco, n. en 1952)
         Estos relatos hablan de un pacto de no agresión entre los israelitas, representados por Abraham, y los filisteos, siendo Abimelej un rey de ellos.  Estas situaciones ancestrales cobrarán todo su valor cuando finalmente los israelitas se asienten en la Tierra Prometida.

         Es interesante el comentario que hace sobre ellos uno de los protagonistas del cuento citado.  El pacto de no agresión entre el rey y el patriarca es como los innumerables tratados de paz que se han realizado en la historia humana.  Se realizan entre dos pueblos, a través de sus representantes, y el resultado es dos pueblos que siguen su camino.  No se convierten en uno.

         La paz, el fruto deseable de toda alianza, implica una comunidad de destino.  Un tratado de paz duradero debe incluir las condiciones de una vida común, es decir, compartir las búsquedas, los sueños y la ayuda mutua para poder realizarlos.  

         Del mismo modo, la alianza entre el hombre y el ambiente natural que lo rodea parte de la comprensión de la comunidad de destino, sabiendo que no alcanza con un tratado de no agresión.  

         De la misma manera, el espíritu del hombre busca alcanzar la plenitud, la trascendencia, el Absoluto, el Amor eterno, Dios, o los nombres que se le quieran poner al Misterio deseado.  Esto no estará logrado solamente con un pacto de no agresión con el Misterio, sino que la paz la tendremos cuando nos demos cuenta que el destino común y final es la unión con el Misterio de la verdad, la bondad y la belleza.  


Reino pacífico
Edward Hicks
(norteamericano, 1780-1849)