domingo, 14 de septiembre de 2014

EL ARPA SIN CUERDAS

Naturaleza muerta con arpa y violin
George Braque
(francés, 1882-1963)


Esta es una historia de un ermitaño de gran reputación e incomparables poderes que vivía retirado en el desierto.

Un día, mientras permanecía inmóvil como siempre en el mismo sitio, el maestro vio aparecer en el horizonte una especie de bola de polvo. Aquella bola se hizo más y más grande y el ermitaño pronto reconoció a un hombre que se le acercaba corriendo y levantaba una enorme polvareda.

El hombre, que era joven, llegó hasta el maestro y se postró ante él. Jadeaba.  El ermitaño dejó que se recuperara y luego le preguntó:
- ¿Qué quieres?

El joven le contestó:
- Maestro, he venido a oírte tocar el arpa sin cuerdas.

- Como quieras – le dijo el maestro.

Armonía con opuestos
Víctor Pasmore
(británico, 1908-1998)
El santo hombre no varió su postura lo más mínimo. No agarró ningún instrumento, no hizo nada. El maestro y el ferviente discípulo permanecieron inmóviles el uno frente al otro durante “un cierto tiempo” y, ese cierto tiempo, dependiendo del humor o de la formación de los narradores, duró algunas horas, algunos días o algunos años. De hecho, tiene poca importancia.

Tras ese “cierto tiempo”, el joven dejó percibir, quizá por un gesto, una inclinación o un carraspeo, un incipiente cansancio.

- ¿Qué te pasa? – preguntó el maestro.

El joven dudó un poco. Comenzó a balbucear algunas palabras. No se entendía demasiado bien lo que quería decir. Para poder ayudarlo, el maestro preguntó:
- ¿No has oído nada?

- No – contestó el joven con voz culpable.

- Entonces, ¿por qué no me has pedido que tocase más fuerte?


Los opuestos

Ángel con arpa
Jan Mateyko
(polaco, 1838-1893)
         El universo está dominado por los opuestos, y la vida humana no escapa a esta realidad.  Noche y día, figura y fondo, alegría y tristeza, varón y mujer, sonido y silencio, son algunos opuestos que, apenas los pronunciamos, provocan una enormidad de enunciados: salud y enfermedad, lado derecho y lado izquierdo, dulce y salado, cerca y lejos, y muchos más.  Estos pares de opuestos tienen una característica que salta a la vista inmediatamente: están relacionados.  Más aún, son relativos el uno al otro.

         ¿Cómo saber que es la salud si no conocemos la enfermedad? ¿Cómo sabemos que hay luz si no conocemos la oscuridad?  Cuando decimos que algo está cerca, es porque sabemos qué es estar lejos.  Reconocemos una figura recortada contra un fondo; si no hubiese un fondo, la figura sería imperceptible e inexistente.

         Como tantos relatos tradicionales, el cuento nos presenta un juego de opuestos.  Al principio está el ermitaño, el hombre solo y aislado, en contraste con el ser humano que habita en comunidad.  Sin explicar nada, estimula a nuestra imaginación a asumir el contraste, y sacar conclusiones rápidas, aunque no las formulemos.  En seguida el contraste del horizonte con la bola de polvo, y no necesitamos mucho más para saber varias cosas sobre el paisaje en el que se va a desarrollar la escena.  Luego, la oposición entre la bola de polvo y el único que la genera, un joven ansioso. No es una banda, ni un grupo, sino un hombre solo y una gran nube.  Con gran destreza el narrador dice simplemente: “jadeaba”.
Armonía en azul y verde
Natalia Goncharova
(rusa, 1881-1962)

         En este relato en particular, el núcleo está planteado en el instrumento musical que no tiene cuerdas.  El arpa es un instrumento antiquísimo, que se opone a los instrumentos de viento o los de percusión.  En la tradición se dice que los dioses o sus mensajeros tocan en el arpa “el modo del sueño”, que adormece irresistiblemente a quienes lo oyen, con el riesgo de hacerles pasar a veces al más allá.

         Como símbolo, el arpa ata el cielo y la tierra.  Es la representación de las tensiones entre los instintos terrenos, puestos en el cuadro de madera y en las cuerdas, y en las aspiraciones espirituales, figuradas por las vibraciones de esas cuerdas.  Es una guía de almas, por eso en civilizaciones precristianas se enterraban a los difuntos con un arpa a su costado.  De aquí, ya en el mundo cristiano, vemos las pinturas de ángeles y seres celestiales con este instrumento musical.

         Este es el contraste entre la búsqueda ansiosa y desordenada del joven, representada en la polvareda que levanta, señal de lo vacío y superficial, y la música que “toca” el maestro, un ermitaño pacífico, sabio y gracioso.  Éste último sabe cómo vivir con paz, con profundo entusiasmo, lejos de la tristeza que causa dolor. 


         El cuento nos invita a buscar a los ermitaños que tocan el arpa sin cuerdas, que no son pocos. Están a cada paso de nuestra vida, especialmente cuando nos sentimos envueltos en la bola de polvo de la búsqueda, de la ansiedad por la paz.  Son varones, mujeres, niños, ancianos, de distintos oficios y condiciones.  Al verlos, no nos enfrasquemos en nuestros balbuceos, sino que claramente pidamos que toquen más fuerte.

Armonía opacaRichard Pousette-Dart
(norteamricano, 1916-1992)