domingo, 27 de septiembre de 2020

LOS DOS MÍSTICOS

Dos figuras amarillas
Benode Behari Mukherjee
(indio,1904-1980)
 

Se trataba de dos amigos con una gran tendencia hacia la mística. Cada uno de ellos consiguió una parcela de terreno donde poder retirarse a meditar tranquilamente.

Uno de ellos tuvo la idea de plantar un rosal y tener rosas, pero enseguida rechazó el propósito, pensando que las rosas le originarían apego y terminarían por encadenarlo. El otro tuvo la misma idea y plantó el rosal.

 Transcurrió el tiempo. El rosal floreció, y el hombre que lo poseía disfrutó de las rosas, meditó a través de ellas y así elevó su espíritu y se sintió unificado con la madre naturaleza. Las rosas le ayudaron a crecer interiormente, a despertar su sensibilidad y, sin embargo, nunca se apegó a ellas.

El amigo empezó a echar de menos el rosal y las hermosas rosas que ya podría tener para deleitar su vista y su olfato. Y así se apegó a las rosas de su mente y, a diferencia de su amigo, creó ataduras.

 

 El misterio de la realidad

 

Rosas en un vaso
Ferdinand Hodler
(suizo,1853-1918)
        El ser místico no está relacionado con una religión. Todas las grandes religiones tienen aspectos místicos pero estos pertenecen a la naturaleza humana sin distinción. La mística no es una especialización, sino una visión integral del ser humano. Abarca todos los niveles de la vida humana: el sensorial, el corporal, el espiritual. El relato nos presenta a dos amigos, que no sabemos si participan o no de alguna tradición religiosa, lo que no es importante para lo que quiere enseñar.

 

La realidad abarca cosas que se ven y cosas que no se ven. Puedo saborear un alimento, puedo ver una planta o un animal, pero el odio o la ternura escapan a mi actividad sensorial, aunque influyen fuertemente en mí a través de gestos, palabras o actitudes que las representan. A medida que caminamos por la vida vamos comprendiendo que hay un mundo invisible con el cual nos comunicamos a través de símbolos, ritos y mitos. Esta relación entre lo invisible y lo visible es el ámbito propio de la vida mística, a la cual todo ser humano puede acceder desde su propia condición, sin excepciones. Para tener una vida mística no son necesarias ni la religión, ni la moral y mucho menos una condición física o etaria determinada: todos podemos acceder, cómo lo hacen los dos amigos del cuento.

 

La vida mística nos proporciona los significados que tiene el universo y el mundo observable en el cual estamos sumergidos y del cual formamos parte. Poco a poco se hace evidente que las cosas y aún nuestro propio cuerpo y condición, significan muchas realidades que llamamos misterios, a los cuales podemos acceder a través de nuestro espíritu.

Abstracción rosa blanca
Georgia O'Keeffe
(norteamericana,1887-1986)



 

Se nos presenta el ejemplo de la flor. Luego de cultivar la planta, esta florece. Es un estado pasajero de la planta, sabemos que las flores no son permanentes. Pero su presencia preanuncia la llegada del fruto. El pasaje de la flor nos lleva al fruto, de donde probablemente salga la semilla que iniciará todo el proceso de la vida. De esta manera la planta simboliza también la vida humana y sus diferentes estadios.

 

La rosa también es un símbolo. Su nombre es prototípico de todas las flores, especialmente para Occidente, como el loto es para Oriente. Es símbolo del amor y la sangre, aparece en el culto a los muertos y también en el culto de la Virgen María, conocida como Rosa Mística. Es un símbolo de pureza y se atribuye a la oración de Santa Teresita el inundar con pétalos de rosas la estancia donde rezaba.

 

Todo hombre es un místico, y depende de cada uno el grado de inmersión en los misterios que quiera alcanzar. Dependerá de cuánto sea el desprendimiento que tengamos de las cosas. Si nos dedicamos a la posesión de las mismas quedaremos atrapados por ellas, pero si prestamos atención a sus significados, en busca del Misterio de la realidad, conservaremos nuestra libertad.


Niñez
             Hilma af Klint
              (sueca,1862-1944)


domingo, 13 de septiembre de 2020

LA BAILARINA Y EL DESEO

  

Danza de la luna llena de otoño
Artista desconocido
(Rajastán, India. Ca. 1900)

Una historia de origen árabe nos presenta a una encantadora bailarina que sabía bailar la más voluptuosa de las danzas, la de los cuatro encantos, a la que ningún hombre se resiste. La cabeza hacia atrás, la boca entreabierta, los brazos extendidos, el cuerpo sabiamente desnudo, había sentido, ante la mirada de príncipes, todos los escalofríos del amor. Al final de la danza, empapada en sudor y respirando de forma entrecortada, se fue de la sala y se desplomó en el jardín, cerca de un estanque donde flotaban rosas, y apoyó su frente caliente contra el mármol.

Un joven que la había seguido, poseído por el deseo de su cuerpo, se acercó a ella en medio de la noche, le hizo un comentario acerca de su perfecta danza y le preguntó en voz baja si le gustaba la voluptuosidad.

—No sé —le contestó ella— lo que significa esta palabra.


 

El motivo de la danza

 

Bailando la danza del águila
Stephen Mopope
(norteamericano kiowa, 1900-1974)

En las culturas y en las civilizaciones, cuando están en su apogeo, todos sus integrantes bailan. En esas épocas brillantes no hay espectadores, gente sentada en lugares supuestamente privilegiados para observar a otros ejecutar una danza. Por eso, podemos situar el cuento en la etapa de decadencia de una cultura. Esta es la razón por la cual la bailarina no entiende la pregunta. La voluptuosidad la puede pensar el que observa, no la que baila. El motivo de la danza es otro.

 

La danza no es un discurso. No enseña, no discute, sólo da pasos y, con estos pasos, saca a la luz lo que está en lo más profundo de todas las cosas. El baile no es voluntad ni poder, no es miedo ni preocupación, ni nada de todo aquello que se pretende imputar a la existencia, a la vida, sino que tiene que ver con lo divino, es lo hermoso. La danza es la verdad de lo viviente.

 

Soñando en Mina Mina
Judy Watson Napagandi
(australiana,1925-2016)

La bailarina, al danzar, expresa su solidaridad con un cosmos habitado por el ritmo, el orden geométrico y el movimiento duradero. Pensemos en el sol moviéndose en la galaxia, en los planetas y en la tierra girando alrededor del astro rey, y en la fiel luna girando permanentemente alrededor de la Tierra sin interrumpir los movimientos de su planeta referente. También podemos pensar en lo más pequeño, en el movimiento de los electrones alrededor del núcleo de su átomo. Todo en realidad está en movimiento y es una danza sincrónica y maravillosamente ordenada. Los bailarines se hacen participes de la ceremonia de la vida y sus leyes. Danzar significa vaciarse, entregarse a este movimiento, lo que implica morir a sí mismo.

 

Toda la realidad danza al son de una misteriosa melodía, interpretada en la distancia por un ejecutante invisible, dice Rumi (persa, 1207-1273). Nada escapa a este movimiento, aunque algunos quieran ignorarlo. Por esta razón es que en el apogeo de las civilizaciones todos bailan. Cuando algunos se sientan a contemplar el espectáculo comienza la decadencia, que será irreversible.

 

La bailarina, a diferencia del espectador, no habla el dialecto de la culpa. Para ella danzar es unión: unión del hombre consigo mismo, con el resto de seres humanos, con el cosmos y, al final, con el misterio de lo divino.

 

Ritmo color
Sonia Delaunay
(ucraniana,1885-1979)