domingo, 24 de marzo de 2019

EL SEÑOR YE AMABA LOS DRAGONES

Un dragón músico
Manuscrito ca. 1415


Al señor Ye le gustaban tanto los dragones que los tenía pintados o tallados por toda la casa. Cuando se enteró el verdadero dragón de los cielos, voló a la tierra y metió su cabeza por la puerta de la casa del señor Ye y su cola por una de las ventanas. Cuando el señor Ye lo vio, huyó asustado, casi se volvió loco.

Esto demuestra que el señor Ye, en realidad, no amaba tanto a los dragones. Sólo le gustaba aquello que se le parecía, pero en ningún caso el auténtico dragón.


El animal interior
El dragón
Elena Polenova
(rusa, 1850-1898)

El dragón es un animal que vive en cuevas o bajo tierra, con pulmones de fuego, alas de ave, y escamas de pez. Resume en sí los cuatro elementos que, según los griegos, conformaban toda la realidad: tierra, fuego, aire, agua. Es un símbolo ambivalente, por eso en muchos casos se los coloca de a dos, como en el caduceo, mostrando los aspectos positivos y negativos enfrentados, pero no separados.

Sigamos la historia de la palabra dragón. Viene de la raíz de un verbo griego qué significa fijar la mirada o mirar con mirada fija y penetrante. En el origen, entonces, esta palabra significa que mira con la vista fija y hace referencia a los ojos de las serpientes y otros reptiles que carecen de párpados y siempre parecen mirar fijamente. También se le aplica a los guardianes o vigilantes.

Este último sentido se le aplicó cómo sobrenombre a un griego que recopiló por escrito las leyes imperantes en su tiempo para evitar que los poderosos aplicaran las mismas a su antojo, porque los preceptos eran solamente orales hasta ese momento. El sobrenombre que recibió fue Dracón (ateniense, siglo VII a.C), de dónde viene la expresión leyes draconianas, especialmente severas para los gobernantes y jueces, que a lo largo de la historia han tenido la tentación de seguir su capricho.
 
El dragón azul
Arthur Wesley Dow
(estadounidense, 1857-1922)
Siglos después nuestra palabra nos lleva a mirar con atención la organización militar del Imperio Romano. Entre los varios grupos había un cuerpo de caballería pesada, donde el jinete iba muy armado y blindado con piezas de armadura, y de la misma manera se protegía al caballo especialmente en la cabeza y en otros puntos vitales. Este cuerpo llevaba estandartes a los que se les llamaba draco. Consistían en una especie de aro con forma de boca o cabeza de dragón, con un cuerpo de tela que ondeaba con el viento y que seguramente producía un silbido inquietante. De este cuerpo nacerán en la Edad Media las órdenes de caballería, sus estandartes y su heráldica.

Antes de la Edad Media nuestra palabra se entrevera con la Biblia. En el texto sagrado el dragón se asimila a la serpiente, y todos los reptiles, voladores, acuáticos o terrestres quedan fuertemente vinculados al mal y a lo dañino. Por eso los caballeros medievales son presentados como luchadores contra los dragones, como el caso representativo de San Jorge. Así la civilización humana se olvidó que los verdaderos dragones son los caballeros, es decir, los creyentes.

Tal fue el susto que se pegó el señor Ye al ver un dragón, que probablemente todavía siga disparando. Lo mismo le sucede a algún creyente que al dedicarse a su vida interior se da cuenta que el corazón es siempre como un dragón, inmenso, con aspectos de bien y de mal, y sale corriendo hacia la superficialidad que anestesia.

Pelea con el dragón
Nicholas Roerich
(ruso, 1874-1947)